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Ciudadano Cane
Por Miguel Cane
Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera inin... Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera ininterrumpida ha entrevistado a numerosas personalidades del mundo del cine. Desde niño ha hecho radio, cine y TV. Autor de la novela \\\"Todas las Fiestas de Mañana\\\". A partir de 2007 reside en Gijón, Asturias. Lector voraz, cinéfilo devoto, excéntrico de tiempo completo. En twitter: @AliasCane (Leer más)
Valentine's Day is Over
Miguel Cane reflexiona sobre el peso de la noción impuesta y comercial sobre el amor
Por Miguel Cane
14 de febrero, 2012
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Ayer, en todos los escaparates de las confiterías de mi ciudad, había corazones y Cupidos, anunciando al día de San Valentín.

Ayer, caminando por la playa, frente al mar, no faltaba la pareja joven besándose en público, explícita y arrobadora, donde tampoco faltaba la pareja madura que se tomaba de la mano por la calle.

Ayer, en  twitter postée un poema favorito de Auden (The more loving one) que en cierto modo me identifica. Sí. Usualmente yo soy quien quiere más. Me lo han dicho y yo lo sé. Es angustioso, no puedo negarlo, cuando lo sabes. Cuando estás consciente de ello.

Ayer, uno de mis amigos me llamó por skype, algo preocupado ante el poso de melancolía que le dejó en la boca mi lectura. Hablamos un rato, sobre todo acerca de cómo me irrita esta noción impuesta y comercial sobre el enamoramiento: cómo debe ser, cómo debes soñar que sea. Cómo confundimos, guiados por los mass media, los conceptos de amor y enamoramiento, de cómo si bien es cierto que al estar enamorados amamos, no siempre estamos correspondidos y también que no todo enamoramiento significa amar (deja tú querer). O bien, que el amor tiene muchas facetas y no todas ellas son aparentes o comprendidas de la misma manera.
Yo he amado y he estado enamorado. No significan lo mismo. Eso me queda claro.

Cuando me enamoro, no es necesariamente de una persona: puede ser de una película, de un libro, de una canción que escucho un día — las canciones que componen el soundtrack de mi vida-, de una risa, de un plato específico en un menú, de una ciudad (por eso estoy en Gijón), de una puesta de sol, de un bebé en tus brazos, del abrazo de un amigo, de la ternura infinita de alguien bueno, de un ave al vuelo.

 

Y me enamoro como supongo que se enamoran las colegialas (digo supongo, porque nunca fui una): con sonrojos y brotes exagerados e euforia y mucho pudor después. Y me disgusta verme así a la larga. Me da vergüenza pensar que me veo ridículo, que no sé mantener la gracia. Y tal vez soy duro juzgándome, pero así lo siento. Sobre todo porque enamorarse y amar, dado que no significan lo mismo, tampoco tienen resultados similares.
Es decir, cuando he amado, no he sido amado de vuelta.

Ahora bien, le dije a mi benévolo (y muy paciente) escucha, eso no quiere decir que yo no tenga capacidad para amar, por supuesto, pero en lo del enamoramiento tropiezo desastrosamente, quizá porque mi capacidad de amar no es tan concisa como las de los demás. Yo me enamoro con todo, como ya dije antes, y puedo enamorarme de todo. Soy más selectivo cuando paso del enamoramiento al verdadero amor, aunque a veces — como a tantos antes de mí y tantos que vendrán- algunas veces no distingo la diferencia.

Y cuando amo, amo muchísimo. Y cuando se acaba — se malogra- algo de ti muere con ello. Es un dolor que te consume, te hace trizas. Tú querías algo, a alguien y ese alguien ya estaba con otro alguien, o tenía (tiene) un clóset del tamaño de un edificio de cinco pisos, o simplemente, no te quiere (y el que no te quieran no cambia nada, ¿verdad?).

 

De pronto, ya no hay nada. Y tú te levantas y sigues adelante. Hasta que duele un poco cada vez menos, aunque el corazón siga roto.

Pero, ¿No es maravilloso enamorarse?, me pregunta mi amigo, y yo le digo que sí, que por supuesto: cuando te enamoras es como descubrir un mundo nuevo. Una nueva existencia en la que tú también formas parte.

No me gusta tasar mis afectos. No lo hago. Acaso soy desmedido para todo con todos — pero prefiero que sea así, ser el que quiere más, que mezquinamente contabilizar mis sentimientos. Prefiero dar y darme, aunque no sea digno (y a veces así me siento, que no soy digno) de recibir.

Cuando el enamoramiento se transforma (yo no diría que se acaba del todo), encuentras que hay cosas nuevas, nuevos significados: representa otras posibilidades. Queda la complicidad, la amistad libre, la ciudad a tus pies, el sabor del postre, el sol ocultándose, la melodía conocida que te conforta, el orgullo de ser parte de la vida de alguien, de ser algo.

Cuando el amor se malogra, no.

Pero no me arrepiento de haber amado y de que me pisotearan el corazón en su momento.

Soy humano y necesito ser amado como todos los demás (Morrissey dixit).

Quiero amar (sé que un día lo haré) aún si también sé que no voy a ser correspondido, por lo que no espero. No me desespero. Simplemente no tengo esperanza ni expectativa, que es distinto.

Será por eso que me irrita el Día de San Valentín. Por eso, y porque tengo años con el corazón proverbialmente roto, porque soy inseguro y celoso y vergonzoso y tonto. Porque tengo una constante sensación de abandono. Por que le temo a ese mismo abandono.

Pero lo mismo, quizá algún día, alguien me querrá.

 

Mientras tanto, estoy en la curiosa dicotomía de que si bien siento algo de inevitable envidia al ver pasar una pareja que se abraza, también siento una inmensurable alegría (en algún momento) al poder ser el dueño de mis días. De ser mi propio amo, aún si a veces soy solitario, no pierdo jovialidad, mantengo la amargura a raya. No sé, en cambio, mantener a raya al enamoramiento tonto: siempre me sorprende y del cruel desastre del amor, del cataclismo sin piedad, he quedado maltrecho y damnificado (Hace mucho tiempo que no, pero recuerdo perfectamente. Esa es mi maldición, que recuerdo, recuerdo, recuerdo…).

 

A veces, supongo, estar solo es mejor.

 

Es verdad que no sé qué ocurre cuando el enamoramiento se transforma en amor y el amor no es tsunami, sino valle plácido y armonioso. Cuando despiertas al lado de la persona que te quiere.

 

Pero no me quejo.

No soy feliz, pero no soy infeliz al respecto.

Eso fue ayer.

Ya pasó San Valentín y por la mañana, los depósitos de basura estarán atestados, a punto de desbordarse, de corazones. Rotos.

 

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