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Por La Tlacuila
Margarita Warnholtz Locht (la tlacuila) es etnóloga egresada de la ENAH. Trabajó muchos años c... Margarita Warnholtz Locht (la tlacuila) es etnóloga egresada de la ENAH. Trabajó muchos años con organizaciones indígenas en cuestiones de comunicación, entre otras, coordinó un proyecto de incorporación de organizaciones indígenas a internet a finales de los 90, proyecto con el cual se convirtió en fellow de Ashoka (red internacional de emprendedores sociales). En los últimos años se ha dedicado a difundir información de los pueblos indígenas en la prensa escrita, colaborando con diarios como Excélsior en 2006 y Milenio de 2007 a 2010. (Leer más)
Nos fumigan encima y nadie dice nada
Con frecuencia fumigan adentro de los invernaderos mientras la gente está trabajando y nadie dice nada. No les permiten salir ni les avisan; y cuando el trabajo es en campo abierto, las fumigaciones son con avionetas. Decía que ella quedaba a veces empapada de pesticida.
Por La Tlacuila
19 de agosto, 2016
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Hace unos días me llamó un joven amuzgo de Guerrero, que conozco desde hace muchos años, desde un campo agrícola en Baja California Sur. Se fue para allá porque le ofrecieron un trabajo con buen salario en un lugar que estaba “un poco lejos”, pero lo llevaban para allá sin cobrarle. Dejó a su esposa y a su bebé y se fue en búsqueda de una oportunidad para mejorar las condiciones de vida de su familia.

Llegó y se dio cuenta de que la situación era muy diferente a como se la habían planteado. “Me dijeron que iba a ganar más que en mi casa pero no es cierto, sólo nos pagan 126 pesos diarios y es muy duro el trabajo, allá ganaba yo 180 como albañil… además está muy lejos, hasta cruzamos el mar, y ahora ya no me puedo regresar porque no tengo dinero, cobran 900 pesos sólo por pasar el mar”, me dijo. Ahora tendrá que estar allá alrededor de un año, en lo que le pagan el pasaje de regreso, y será muy poco el dinero que pueda mandar a su familia.

Casualmente, hace poco conocí a una mujer que trabajó como jornalera en un campo agrícola en Sinaloa por muchos años; empezó a los 10 y se salió hace muy poco, a los 33. Me contó su vida y cómo viven los jornaleros allá.

Nació en un pueblo de Oaxaca, y cuando tenía seis años de edad migró con su familia a Sinaloa. Los primeros años asistía a la escuela pero cuando cumplió 10 su padre decidió que ya estaba en edad de trabajar. Así, recorrió diversos campos agrícolas, pues cuando terminaba la cosecha en Sinaloa les ofrecían trabajo en Baja California Sur, en Sonora o en Chihuahua, a donde los llevaban en masa en las cajas de los trailers. Allá dormían en galerones en el piso, no podían salir de la propiedad en la que trabajaban y no les daban su paga completa a tiempo. Pero era mejor eso que quedarse sin trabajo.

En Sinaloa eran privilegiados, pues con el trabajo de toda la familia lograron comprar una casita, entonces vivían mejor que la mayoría de los jornaleros, que tenían que dormir en las instalaciones insalubres de los campos agrícolas o en lugares que llaman cuarterías, que según me los describió “son unos cuartos tan pequeñitos que a veces no tienen ni ventanas y allí vive toda la familia, no hay higiene, el patio está lleno de lodo y allí juegan los niños, y sólo hay un baño como para 20 familias”.

Los que no viven dentro de los campos son contratados por día, se reúnen todas las mañanas en determinado lugar y allí los recogen en camionetas. Les pagan 150 pesos al día, pero los choferes de las camionetas se quedan con 30, no pueden comer sino hasta que terminan la jornada y el trabajo es muy pesado.

Me contaba que con frecuencia fumigan adentro de los invernaderos mientras la gente está trabajando y nadie dice nada. No les permiten salir ni les avisan; y cuando el trabajo es en campo abierto, las fumigaciones son con avionetas. Decía que ella quedaba a veces empapada de pesticida.

Después de muchos años de trabajar así, se dio cuenta del daño que les hacían los químicos, cuando estaba embarazada y sufrió un aborto, cuando un amigo suyo perdió un ojo por el líquido que le cayó en él, y su hermana tuvo un bebé que murió de manera inexplicable a los pocos meses de nacido.  Ella (que mi pidió que no diera su nombre por miedo a represalias) quisiera denunciar eso, pero no se atreve porque su familia podría quedarse sin trabajo.

A todo eso, se suman la discriminación y los malos tratos, particularmente hacia las mujeres. Me decía que algunos capataces abusan sexualmente de las muchachas y que muchas señoras son golpeadas por sus esposos.

Ella vivió parte de eso y presenció otro tanto hasta hace muy poco tiempo cuando, buscando un futuro mejor para sus tres hijos, su esposo (jornalero igual que ella) se fue a trabajar a Estados Unidos y ella, que a pesar de las condiciones en las que vivía continuó con sus estudios en sistema abierto y terminó la secundaria, logró conseguir un mejor trabajo. Ahora dedica parte de su tiempo a un programa de prevención de violencia hacia las mujeres. Sin duda es una persona admirable.

Después de escuchar su historia me acordé que en marzo del año pasado, salió en las noticias que la Secretaría del Trabajo y Previsión Social había “rescatado” a 200 tarahumaras que eran explotados y vivían en condiciones infrahumanas en un campo agrícola en Baja California Sur. Me pregunto si el joven amuzgo que mencioné aquí al inicio tendrá la suerte de ser rescatado, pues al igual que los tarahumaras mencionados, fue llevado allá con engaños y ahora no tiene manera de regresar a casa. No lo creo, seguramente le tocará vivir las mismas penurias que viven los cientos de miles de trabajadores agrícolas migrantes en el norte del país, y lo más probable es que también le fumiguen encima y no pueda denunciarlo.

 

@yotlacuila

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