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¿Cómo salvamos al planeta con lo que comemos?
Para dejar de destruir el planeta tenemos que reducir en más del 50% nuestro consumo de carne roja y azúcar, y cambiar la forma en que producimos nuestros alimentos.
Por Blog Invitado
19 de enero, 2019
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Por: José Luis Chicoma (@joseluischicoma)

Hace tres meses, un grupo de científicos nos dijo que si no cambiamos la manera en la cual tratábamos al planeta, habría efectos irreversibles. En estos días, otro grupo de expertos nos dio más luces sobre cómo lo que comemos está destruyendo el planeta (además de perjudicar nuestra salud), y cómo tenemos que cambiar radicalmente nuestra dieta, reformar drásticamente nuestra agricultura y reducir el desperdicio de alimentos.

Lo que ha llamado más la atención en los medios a nivel global sobre este reporte, es la dieta flexitariana recomendada, que puede sonar alarmante para muchos: cada semana permite una hamburguesa de carne de res, dos porciones de pescado, uno o dos huevos, y un vaso de leche diaria, con muchos más vegetales, frutas, legumbres y nueces. En términos generales, implica una reducción de más 50% en consumo de carne roja y azúcar, y duplicar el de frutas, vegetales, nueces y legumbres. En términos particulares, esta dieta genera mayores cambios en habitantes de las naciones más ricas (¡los norteamericanos tienen que bajar su consumo de carne roja en 84%!), así como los ciudadanos de mayor poder adquisitivo en países en desarrollo. Y estas son recomendaciones; porque según el reporte, lo óptimo en consumo de carne de vaca sería de 0 gramos por día.

Es un cambio radical para muchos. El reto es cómo lo podemos lograr de la noche a la mañana. Gran parte de las decisiones de consumo son individuales, particularmente en segmentos altos de la población en países ricos, y en los consumidores con alto poder adquisitivo en países en desarrollo, quienes cuentan con más información sobre una alimentación sana y sostenible y que fácilmente pueden decidir pagar más por productos saludables.

Sin embargo, ¿cómo cambiamos la dieta de muchos más? Esto sí requiere un esfuerzo sin precedentes en las políticas públicas en los sistemas alimentarios. Lo más fácil van a ser las campañas, guías e información sobre una alimentación saludable, aunque van a tener una gran oposición de la industria de la comida chatarra y la carne, que van a obstaculizar que la población se informe más sobre lo que consume y sus efectos en su salud y en el medio ambiente.

Lo más difícil va a ser tomar acciones fuertes que eliminen las distorsiones que permiten que la carne de vaca sea más barata (subsidios a la ganadería y a los alimentos de las vacas, como al maíz en EE.UU.), evaluando el aumento de los impuestos para estos productos más contaminantes (tomando en cuenta su efecto en los más pobres), y así financiar la producción asequible de productos saludables como plantas, legumbres y nueces. También se requiere una coordinación internacional y nacional, para que las políticas educativas y de salud, y los programas de desarrollo agrario tomen en cuenta esta nueva dieta y su adecuación a las preferencias locales, desde lo que se incentiva producir en el campo, hasta lo que se ofrece en escuelas públicas. Además, la política de salud pública debe ser más proactiva en la prevención de enfermedades relacionadas con la alimentación.

Sin embargo, las recomendaciones de la Comisión EAT-Lancet van mucho más allá de la dieta. El grupo de 37 científicos y expertos líderes de 16 países en varias disciplinas, desde nutrición y salud, hasta agricultura, medio ambiente y ciencia política, también urgen atender la forma en la cual producimos nuestros alimentos y reducir el desperdicio de los mismos.

La agricultura intensiva actual es una de las principales fuentes de contaminación y cambio climático: abusa de fertilizantes químicos y herbicidas, promueve monocultivos que degradan la tierra, hace uso excesivo de agua fresca, disminuye la biodiversidad, entre otros. Surgió cuando la problemática global de alimentación se simplificó en una ecuación: a más población, más alimentos.

La respuesta actual es mucho más compleja. El reporte habla de cerrar brechas de rendimientos, balancear el uso de fertilizantes de nitrógeno y fósforo en el mundo, mejorar el manejo del agua, entre otros. Pero implica cambios radicales en cómo producimos lo que comemos. También pasar de monocultivos (muchos de ellos dirigidos a alimentar ganado), a una oferta mucho más variada, que fomente la sostenibilidad con productos saludables y proteja la biodiversidad, con un cuidado mucho más estricto de la tierra agrícola y los océanos. Esto mediante una política de no expansión en ecosistemas naturales y bosques, con una gobernanza internacional del uso de la tierra, desfasar el uso de ciertos biocombustibles, entre otros.

Y esto implicará políticas más decididas hacia la agroecología, que presenta alternativas sostenibles que se tienen que escalar, y drásticamente cambiar el concepto de agricultura climáticamente inteligente, que muchas veces resulta en agricultura climáticamente estúpida, porque recomienda prácticas que generan problemas con la salud y el planeta.

Este reporte reafirma ciertos argumentos (y cuantifica soluciones) que ya son aceptados desde hace mucho tiempo. Y lo hace con científicos y expertos reconocidos a nivel global. Sin embargo, no hace falta contar hasta tres para escuchar los ataques. Las industrias globales de comida chatarra, carne, biocombustibles y otros, tienen mucho que perder. Pero también mucho dinero para “invertir” en contratar científicos, expertos, organizaciones de lobby y fachada, como ha sucedido con Coca-Cola y el International Life Sciences Institute (ILSI), que influyeron en China sobre funcionarios públicos para evitar regulaciones sobre sus productos nocivos para salud.

Ellos no sólo van a tratar de desacreditar este reporte (ya lo están haciendo con algunos argumentos ridículos). También van a distraer la atención sobre las soluciones. ¿Una dieta más saludable con mucha menos carne y azúcares? “No, mejor hay que ejercitarnos y correr”, van a responder. ¿Menos carne? Ya han comentado que eso puede perjudicar la salud. ¿Una agricultura que dañe menos el medio ambiente? “Hay que invertir en atender el desperdicio de alimentos”, dirán, eludiendo los temas estructurales.

Justamente el reporte también recomienda disminuir el desperdicio de alimentos a la mitad. Y pocos estarán en desacuerdo con eso. Tiene un impacto grande, y no pone en riesgo las utilidades. Hay que seguir atendiendo este problema. Sin embargo, hay que estar atentos porque ya durante muchos años viene siendo utilizado como un caballo de Troya por muchos, que publicitan todo lo que hacen para reducir la pérdida de alimentos, sin asumir las acciones necesarias para cambiar en sus métodos de producción que destruyen el planeta y sus productos nocivos para nuestros cuerpos.

¿Queremos salvar al planeta y prevenir aproximadamente 11 millones de muertes al año (19% a 24% del total de muertes de adultos)? Todos tenemos que hacer algo. Pero principalmente con nuestro voto, para elegir gobernantes que se pongan de lado de nuestra salud y del planeta, y presionando al sector privado para contar con alimentos más saludables y sostenibles.

 

* José Luis Chicoma es director general de Ethos Laboratorio de Políticas Públicas (@ethoslabmx).

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