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Contra el acoso y la violencia de género, #MeToo
Sigue sin ser suficiente el espacio para hablar de todas las violencias a las que se enfrentan las mujeres en el periodismo. Por eso en este grupo editorial hemos publicado aquí sus historias y testimonios.
Por Blog Invitado
3 de abril, 2019
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Se ha cumplido una semana desde que en redes sociales, bajo el #MeTooPeriodistasMexicanos, aparecieron las primeras denuncias por acoso y violencia en los medios de comunicación del país. Sigue sin ser suficiente el espacio para hablar de todas las violencias a las que se enfrentan las mujeres en el periodismo. Por eso en este grupo editorial hemos publicado aquí sus historias y testimonios.

La vergüenza de decir #MeToo

Yo sí denuncié a mi acosador y no pasó nada

De nada sirvió hablar del acoso que padecí

El acoso por poco me hace desertar del periodismo

Nosotras le creemos a las víctimas y les decimos que no fue su culpa; que juntas trabajaremos para tener protocolos que permitan abrir canales de denuncia, redes de apoyo y métodos de educación en el que todos entendamos qué es el acoso y la violencia de género. Podemos frenarlo y ya estamos trabajando en ello.

***

Marisol Marín, editora en Newsweek México

Trabajé como periodista de nota roja en Chihuahua de 2010 a 2015. Me tocó la “guerra contra el narcotráfico” de Felipe Calderón y vivir en el norte cuando se incrementó la violencia.

Durante ese tiempo, el acoso que viví fue en el entorno de trabajo: fuentes, autoridades, entrevistados, funcionarios públicos, cualquier persona que creía tener cierto poder sobre mí, básicamente.

Los acosos eran parte de mi vida diaria. Al principio me daban miedo, pero luego, poco a poco comienzas a comportarte a la defensiva; mi trabajo era básicamente con hombres armados (oficiales y no), así que tenías que mostrar un temple fuerte.

Algunos acosos que recuerdo (fueron muchísimos):

1) “Y si te doy esa información ¿tú qué me vas a dar?”, me preguntó una vez un policía cuando estaba en una balacera en la sierra y le había pedido unos datos para terminar y entregar mi nota.

2) La primera (y última) vez que denuncié algo en una fiscalía, fue la primera vez que me amenazaron de muerte por el cumplimiento de mi labor como periodista. Cuando estaba con el agente el Ministerio Público, me dijo que “estaba muy guapa para andar en cosas de hombres” (refiriéndose a la cobertura de hechos jurídicos y políticos), y me sugirió que mejor me dedicara a la cobertura de eventos sociales. Ante las otras dos amenazas preferí no hacer nada.

3) Una persona que nosotros identificamos trabajaba para el cártel de El Chapo en Chihuahua y que vi varias veces en la sierra (allá todos se conocen), se la pasaba escribiéndome a mi teléfono celular, diciéndome lo bonita que era y que me quería invitar a Sinaloa a “unas fiestas”. Obviamente nunca le hice caso, solo lo ignoraba o le contestaba con miedo hasta que un día desapareció. También otro una vez me mostró una pistola y me dijo que era “muy bonita” para andar trabajando en esas notas y que me cuidara porque me podía “pasar algo”, luego de eso llegué a mi casa a llorar.

Verónica Santamaría, editora en Animal Político

No recuerdo el nombre de mi agresor, pero fue en un medio local en Texcoco (AlianzaTex). Cuando empecé a trabajar en ese medio tenía que enviar al menos tres notas al día, cada nota publicada valía 50 pesos. No siempre publicaban mis notas, generalmente era una nota al día o a la semana y el pago era en efectivo. Mi “jefe editorial” en ese tiempo me decía que “las mujeres no servían para el periodismo y menos para el periodismo cultural”; denigró mis temas y mis propuestas solo por provenir de una mujer. Todo el tiempo me comparó con uno de los reporteros porque, al ser hombre, él demostraba cómo “debía escribirse una nota”.

Al final insistió en que si quería trabajar con él debía filtrarle información de lo que sucedía en la Universidad de Chapingo, donde mi mamá en ese tiempo era parte del despacho de abogados de esa universidad. Finalmente, decidí salirme de ese medio y “mi jefe” me dijo que nunca sería una buena periodista y menos de cultura porque las mujeres no sirven para escribir crónicas culturales.

Claudia Altamirano, reportera en Animal Político

A lo largo de 16 años de carrera he sido acosada por varios colegas en distintos medios, igual que muchísimas compañeras. En este medio hay muchas relaciones de poder y en medio de eso siempre hay acoso sexual.

Lo curioso es que casi todos ocurrieron hace muchos años, y no creo que esto tenga que ver con que haya sido más atractiva por ser joven, sino porque era más vulnerable. Para muchos eres “la nueva” en el gremio y eso parece ser un gran atractivo para los acosadores, porque no tienes aún una red de apoyo (ellos sí) y aún tienes una carrera por construir, no la vas a arriesgar siendo “conflictiva”. Así es como temes que te vean y consideras que un episodio no vale arruinar el resto de tu carrera. Y para ellos hay una oportunidad gigante: ofrecerte trabajo u oportunidades a cambio de salir con ellos.

Eso es lo más importante que creo que se debe erradicar: la inseguridad con la que las mujeres nos movemos en un campo de trabajo de por sí hostil, y en el que encima tenemos que vivir sorteando acosadores. No, no todas las invitaciones a salir son acoso. Incluso no todas las insinuaciones sexuales lo son: el sexo es natural y no tiene por qué ser ofensiva una propuesta respetuosa. Pero muchos se escudan en esa naturalidad para minimizar las agresiones, el acorralamiento, la innegable ventaja que tienen sobre alguien que no está protegida por una red de poder.

También he visto algunas acusaciones peligrosas en el movimiento #MeTooPeriodistasMexicanos, que sustentan mi rechazo a las acusaciones anónimas, 1) porque creo firmemente en un Estado de Derecho, y 2) porque la víctima, la que sí lo es, nunca debería necesitar el anonimato: quien debería esconderse es el agresor.

Sin embargo, me he sumado a las acusaciones de algunas colegas que han acusado a hombres que también me acosaron a mí, y creo que ese comportamiento sistemático debe parar. Las mujeres trabajamos por necesidad: de comer, pero también de crecer, de desarrollarnos, de construir un patrimonio con independencia. No estamos junto a esos colegas por juego o como una presa disponible para el cazador; estamos trabajando.

Es inaudito que tengamos que trabajar con miedo, teniendo que sonreírle al acosador para conservar el empleo; teniendo que elegir cada día nuestra ropa, no según el clima ni el tipo de evento al que vamos, sino procurando que no se nos note el cuerpo para no provocar. Es inaudito que haya tenido que encerrarme en mi habitación en una cobertura fuera de mi ciudad, sin poder salir ni a comprar una pasta de dientes al mismo hotel, porque en la habitación contigua estaba mi compañero pidiendo acostarse conmigo y amenazando con no moverse de la puerta hasta que le abriera. Como inaudito es que me negaran un empleo porque yo “era mucha tentación”, o que un reportero aprovechara mi borrachera al salir de un bar para besarme a la fuerza, pidiendo con engaños que bajara la ventanilla de mi coche.

No estoy a favor del linchamiento público, pero esto definitivamente tiene que parar.

Eréndira Aquino, editora en Animal Político

La sororidad construida a partir de las experiencias compartidas, del dolor y del coraje de las denuncias del movimiento #MeToo han permitido a muchas mujeres tener el valor suficiente para hablar, para dejar la vergüenza y el miedo de lado y contar lo que han vivido.

Desgraciadamente, el #MeToo también ha visibilizado la falta de sensibilidad y reconocimiento de las violencias de género: la violación se cuestiona, el acoso se asume como exageración y cualquier otro tipo de conducta es considerada como parte de la norma, como algo que pasa y hay que aceptarlo, como los insultos, las insinuaciones o cualquier situación en la que no hay un daño físico.

A esto se suma el hecho de que denunciar es un proceso revictimizante y cansado que difícilmente prospera. Como periodista he escuchado y escrito sobre varios casos de mujeres que han sido víctimas de intento de feminicidio, de violencias en el entorno laboral, acoso y abuso sexual. Desgraciadamente, de ellas solo he podido escribir acerca de las fallas en los procesos contra sus agresores o el maltrato que reciben por parte de las autoridades.

También he sido testigo y he escuchado quienes lo han sido, y puedo reconocer que es necesario que reflexionemos acerca de las violencias, que quedan casi siempre reducidas a cuestionamientos hacia las víctimas y la sospecha de que son mentiras o exageraciones.

Por ello, antes que nada, quiero expresar mi solidaridad con todas aquellas mujeres que han sido víctimas de cualquier violencia, que sepan que no están solas y que en los medios de comunicación y fuera de ellos cada vez se tejen más redes de apoyo.

Asimismo, quisiera plantear, como periodista y como ciudadana, la necesidad de generar protocolos y estar preparadas y preparados para reaccionar ante las denuncias de violencia. Como medio, creo que esta ola de testimonios debe llevarnos a reflexionar sobre nuestras dinámicas informativas, pero también sobre la forma en la que actuaremos en caso de que en nuestro entorno laboral se presente algún caso, porque no estamos exentos.

La violencia de género cruza nuestras vidas de forma transversal: puede ocurrir en cualquier entorno, en cualquier momento e involucrar a cualquier persona. Es necesario que, a partir de ahora, repensemos nuestras propias conductas, que cuestionemos aquello que hoy nos parece irrelevante y nos sumemos a este cambio necesario para una convivencia justa y democrática.

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