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Del consumo de popotes y el cambio climático
La solución al cambio climático implica una revolución del paradigma de producción y consumo que ha imperado en las últimas décadas y que conlleva cuestionar qué, cuánto y cómo producimos y consumimos; quiénes consumen y a quiénes afecta este consumo
Por Blog Invitado
14 de marzo, 2019
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Por: Bárbara Pérez Curiel (@bpcuriel)

En julio del año que se fue, mientras terminábamos por agotar nuestra cuota de recursos naturales para los doce meses, Starbucks anunció que para 2020 dejaría de ofrecer popotes de plástico —para sus bebidas en vasos de plástico con tapas de plástico.

Esta medida revivió el eterno debate entre lo político y lo personal: entre la postura que aboga por transformaciones sociales estructurales y la que desdeña la política en favor del cambio en lo individual, esta última mejor conocida por su slogan “El cambio está en uno mismo”. En este nuevo capítulo, unos aplaudieron la iniciativa de Starbucks y enfatizaron la necesidad de aplicar medidas similares en la medida de lo posible, mientras que otros criticaron como ingenua la creencia de que acciones como renunciar a los popotes pueden efectuar transformaciones significativas ante el poder de las grandes empresas de elegir el destino de la producción de plástico, y el de los gobiernos de controlarlas.

Ahora bien, la polémica de los popotes en realidad no es tal cosa; por un lado, porque es difícil no estar de acuerdo con la urgencia de la situación después de ver fotos de tortugas con popotes enterrados en la nariz, pero, sobre todo, porque la solución aparente no podría ser más fácil. Para quienes no los necesitan, el sacrificio de dejar de usar popotes es nulo. En cambio, muchas de nuestras acciones más dañinas se fundamentan en creencias, costumbres y comodidades cuyo desafío se toma como sacrilegio e implica renuncias que ni los más aguerridos proponentes del cambio en uno mismo parecen dispuestos a asumir.

Esto explica en parte por qué en octubre del mismo año la alerta de la ONU sobre el hecho de que nos queda más o menos una década para frenar el avance del cambio climático si queremos evitar catástrofes irreversibles no encendiera el debate como lo hizo el asunto de los popotes. El tema ni siquiera tuvo la cobertura mediática que merecía. En este caso, el planteamiento del problema exige soluciones mucho menos triviales que el sacrificio ridículo de renunciar a popotes innecesarios en Starbucks (a cambio, además, de una tapa con boquilla… de plástico); lo que se necesita, de acuerdo con el informe del IPCC, son “cambios de gran alcance y sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad”; es decir, exactamente el tipo de cambios que no nos gustan.

La solución al cambio climático implica una revolución del paradigma de producción y consumo que ha imperado en las últimas décadas y que conlleva cuestionar qué, cuánto y cómo producimos y consumimos; quiénes consumen y a quiénes afecta este consumo (mientras que el 10% más rico de la población mundial es responsable de la mitad de las emisiones de gases de efecto invernadero, el 50% más pobre lo es sólo del 10%, y es el sector más vulnerable al cambio climático). De la mano de asumir cómo nuestras elecciones personales sostienen a las industrias más dañinas y de implementar los cambios necesarios posibles, es esencial encaminar nuestras decisiones políticas a que esas mismas industrias sean reguladas y limitadas. Es en esa confluencia de lo personal y lo común, en lo privado entendido en su justa dimensión política, que el cambio está en uno: si entendemos la individualidad en el contexto en el que en realidad existe, es decir, conectada con individualidades ajenas en un sistema que privilegia estructuralmente a unos a costa de otros.

Pero irónicamente, reconocer esos privilegios (y renunciar a ellos) es exactamente lo que el cambioenunomismismo busca evitar, y, con ello, busca evitar el cambio mismo. Es cambiar lo mínimo para que nada cambie o para que todo se ajuste mejor dentro de un sistema ya dado: dejar de pedir popotes, pero seguir haciendo todo lo demás igual ahora con la conciencia tranquila; ser buenos ciudadanos y cumplir con deberes elementales como pagar impuestos (sin cuestionar quiénes pagan cuánto y con qué fin); trabajar “duro” (sin preguntarse sobre las condiciones y consecuencias de los distintos trabajos que hacemos, para beneficio de quiénes y en detrimento de quiénes, o qué personas pueden acceder a qué tipos de trabajo y por qué); ser tolerantes (sin cuestionar si muchas veces lo que estamos tolerando es la intolerancia misma y, por lo tanto, no estamos siendo tolerantes sino cómplices). En el mejor de los casos, estas buenas intenciones no sirven de nada si se dejan en la superficie del cumplir por cumplir; en el peor, son mecanismos que contribuyen activamente a mantener incuestionado un estado de las cosas profundamente injusto y cruel, pero bañado en una chapa de civilidad y orden.

La oposición de lo individual y lo social es una falsa dicotomía, y al tercero excluido lo rescatamos recordando que lo personal es político. El cambio está en uno mismo si ese cambio comienza por entender que nuestras condiciones, en todo el rango de privilegios, están vinculadas a un orden más amplio en el que participamos queramos o no. Las fantasías apolíticas del cambio individual conforman una más de las posturas condicionadas dentro de este sistema: querer que nada cambie estructuralmente es tan político como buscar una revolución.

 

* Bárbara Pérez Curiel es editora, escritora y traductora radicada en la Ciudad de México. Ha colaborado con distintos medios nacionales e internacionales, y traducido libros para el Fondo de Cultura Económica.

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