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El trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, no es amor, es explotación
De acuerdo con un Informe de la CEPAL y la Organización Panamericana de la Salud, las múltiples tareas realizadas gratuitamente por las mujeres representan un valioso subsidio a la protección social, es decir, contribuye directamente al desarrollo económico y de la vida del país.
Por Waquel Drullard
29 de marzo, 2019
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Hablar de la doble jornada de las mujeres o de aquellas personas construidas como tales, no es un capricho, no es un asunto solo de mujeres ni tampoco una intensidad de los feminismos. Es una cuestión de justicia social, es un clamor de mujeres, feministas, movimientos sociales y de personas, a cambiar las lógicas marginales fijadas para ciertos cuerpos, dentro de las cuales estamos pensando la vida. Es un llamado a revalorizar el trabajo no pagado y no continuar con la explotación laboral de las mujeres, considerándolas cuerpos menos importantes (1). Esta doble jornada o doble carga se conoce como el proceso por el cual, a pesar de que cada día hay más mujeres que trabajan fuera de casa, ellas siguen dedicando gran parte de su tiempo libre a las tareas domésticas y de cuidado, además de encontrarse en la disyuntiva de cómo combinar los roles tradicionales y socialmente construidos que la sociedad les exige: ser buena madre, buena esposa, dedicadas y preocupadas por el bienestar integral de los “suyos”; y a la vez cómo ser buenas profesionales, crecer laboralmente, y a pesar de ello, poder conciliarlo con la vida personal (2).

El trabajo doméstico y de cuidados a pesar que casi siempre no es pagado, es fundamental para la reproducción de la vida. Si hoy paran las mujeres que realizan este tipo de labores, las empresas, escuelas e instituciones del Estado no podrían realizar su trabajo, porque mientras el técnico, empresario, funcionario o estadista (permítanme nombrar estos sujetos en masculino sabiendo que son quienes han protagonizado el espacio público del trabajo remunerado), hay otras personas, en su gran mayoría mujeres, que están cocinando, alimentando,  limpiando, educando y cuidando a personas mayores o con discapacidad. Ese trabajo (en palabras de Silvia Federici) que llamamos amor es trabajo no pagado, que se ha ido profundizando desde la división sexual del trabajo.

La división sexual del trabajo ha sido una estrategia política y económica de opresión sociocultural que enclaustró a las mujeres en el espacio privado configurándolo como su habitad natural y biológica, dada por el “instinto amoroso, maternal y de contención que poseen”. Con esta idea las mujeres se quedan a cargo de las labores de gestación de la vida que permiten la reproducción social, es decir, ellas por “naturaleza y por condiciones inherentes y congénitas a su existencia”, se le asignan las tareas de parir, cuidar y limpiar, garantizándole así al incipiente modelo económico capitalista mano de obra gratuita que alimente de manera dinámica el ideal consumista y posibilite la producción de la economía material. En contraste, el hombre, por su condición “lógica y racional” y por su función social de proveedor y sostén de la familia, se queda fuera de lo privado, monopolizando el espacio público (el remunerado) y en consecuencia las instituciones que crean y recrean el poder social, construyendo una visión del mundo de ciudadanos y no ciudadanas.

Las no ciudadanas en esta lógica del trabajo doméstico y de cuidados han dejado (pensemos que lo han sido en algún momento) de ser mujeres para convertirse en cuerpos de segunda y explotados gratuitamente por el modelo económico – capitalista neoliberal, quien las concibe como las hacedoras originarias e innatas de las tareas domésticas y de cuidados por el hecho de ser mujeres. Lo que quiere decir que el modelo capitalista aliado con el sistema patriarcal expulsó a las mujeres del espacio público, recluyéndola al espacio privado, llevando consigo una carga gigante de atender y limpiar la casa, espacio básico e inicial de la vida familiar donde se genera la vida, cuidar a lxs niñxs, enfermxs y otros sujetos que necesitan de cuidados especiales para vivir. La mujer en su rol de amorosa y por tener el “don natural de proteger, querer y entregarse a los demás” se le delega esta tarea, negándosele el derecho al libre desarrollo de su personalidad, y con ello, condiciones de libertad e igualdad que les permitan vivir su propio proyecto de vida, acotando su trascendencia a través de la vida de ellos: el esposo y los hijos, en el pensamiento de Simone de Beauvoir.

Partiendo de este anacronismo histórico, las mujeres han sido los cuerpos, desde una lógica de valorización y precariedad, quienes han realizado en mayor proporción las tareas domésticas y de cuidado. En el 2017 según estudios del INEGI, el trabajo no remunerado en labores domésticas y de cuidados, representó el 23.3% del Producto Interno Bruto de México, traduciéndose en 5.1 billones de pesos en valor económico, mucho más que otros sectores productivos como el comercio y la industria manufacturera (3), lo que quiere decir que esas múltiples tareas realizadas gratuitamente por las mujeres, según un Informe de la CEPAL y la Organización Panamericana de la Salud, representan un valioso subsidio a la protección social (4), es decir, contribuye directamente al desarrollo económico y de la vida del país.

Dicho valor económico no es reconocido, ya que es parte de una concepción completamente desigual, discriminatoria y estereotipada, en la cual “no hay que agradecerles a las mujeres por hacer lo que le toca: limpiar y cuidar”. En datos duros eso quiere decir, que mientras las mujeres dedican 8 horas en tareas domésticas y de cuidado no remuneradas, los hombres sólo invierten 2. Este razonamiento machista de la distribución de labores, obliga a que las mujeres dediquen el 76.7% de su tiempo para este tipo de actividades no remuneradas, representando el 75.2% si se habla en términos del valor económico (6).

Esta distinción de trabajos sexualizada, no sólo afecta a las mujeres que experimentan un acercamiento con la pobreza y la desigualdad económica. Sino que las mujeres por el hecho de ser mujeres, de clase media o alta, padecen en menor o mayor medida la doble carga. Por ejemplo, en espacios formales de trabajo remunerado, las mujeres se enfrentan a pisos pegados y techos de cristal, debido a que lastran una mayúscula carga cultural que le atribuye el deber ser “buena madre y esposa”, claramente en una “matriz heterosexual” (en términos de Judith Butler) que conceptualiza a las mujeres como las responsables morales del cuidado y de los oficios domésticos. Es por eso que las mujeres trabajan más que los hombres, porque no sólo tienen que cumplir con su jornada laboral fuera de casa, en el caso de las mujeres que tienen empleos remunerados, sino que antes y después del trabajo, realizan tareas de limpieza y cuidados.

Primero, porque comúnmente no hay nadie más que lo haga, si no es otra mujer (abuela, tía, hermana o empleada doméstica) que generalmente invierte su tiempo de manera gratuita “por amor a la familia” o son remuneradas de manera precaria, o segundo, porque sienten la recta obligación moral de encargarse de estas actividades con el fin de cumplir con el rol de sexo y género que le fue socialmente asignado (súper mujer),  evitándose ser llamadas egoístas, narcisistas o individualistas por considerar su carrera profesional más importante que lavar plazos, planchar camisas y cambiar pañales.

Si traducimos todo lo anterior en números, las mujeres trabajan 18% más que los hombres a la semana, es decir, por cada 10 horas de trabajo, las mujeres dedican 3.28 horas al trabajo remunerado y 6.4 horas a tareas domésticas o de cuidado sin paga, a diferencia de los hombres, quienes por cada 10 horas de trabajo, destinan 2.4 horas a trabajos domésticas y de cuidados, y 7.2 horas al trabajo remunerado. Por eso hoy más que nunca es necesario hablar de la economía de cuidados y del trabajo no remunerado, porque al hacerlo estamos sacando de la invisibilización a miles de mujeres y niñas, las cuales han sido clasificadas como cuerpos pobres y vidas limitadas, ciudadanas de segunda destinadas a ser servidumbre del patriarcado mexicano (en nuestro caso) que instaura un orden valorativo binario, profundamente desemejante, donde ellas limpian lo que ellos tiran.

Es radicalmente urgente ver este asunto como un tema de cosa pública y no una cuestión privada. La frase de la segunda ola del feminismo: “lo personal es político”, hoy es más atinente que nunca. Es radicalmente urgente porque es una cuestión de justicia social y de desigualdad de género. Al respecto existen propuestas. ONU Mujeres en su informe El progreso de las mujeres en América Latina y el Caribe 2017: transformar las economías para realizar los derechos, considerando a la región como una de las más desiguales del mundo, plantea acciones a favor de la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres; como la necesidad de “reconocer, reducir y redistribuir el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, así como avanzar en la construcción de sistemas de protección social universal con enfoque de género y fomentar relaciones de familia igualitarias que reconozcan la diversidad de los hogares en la región y los derechos y deberes de las partes”.

Para reducir la doble carga de las mujeres, hay que dejar de ver y vivir el trabajo de cuidado como un asunto de ellas, y concebirlo como una responsabilidad de Estado, donde se diseñen e implementen programas y políticas públicas como guarderías infantiles de tanta extendidas y centros de cuidados para adultos y/o personas con discapacidad que permitan a las mujeres desarrollar su proyecto de vida;  es necesario contar con licencias paternidad y/o cuidados que fomenten el compromiso de los hombres con estas laborales no remuneradas y distribuir las tareas del hogar de manera equitativa entre quienes viven allí.  Las tareas domésticas y cuidados se tienen que ver como asunto de la sociedad con enfoque multi-actor donde el sector privado, las escuelas, familias e instituciones del Estado participen de manera integral y comprometida con el desarrollo de la vida social, y ellas dejen de ser las esclavas modernas del Estado.  

 

* Waquel Drullard es activista, defensor de derechos humanos y trabaja en en la Dirección de Incidencia en la CNDH.

 

 

1 2002. Butler, J. Cuerpos que importan. Recuperado aquí.

2 2017. Drullard, W. Una deuda que se les debe a las mujeres. United Explanations. Recuperado aquí.

3 2018. INEGI. Cuenta satélite del trabajo no remunerado de los hogares de México, 2017. Recuperado aquí.  

4 2008. CEPAL, OPS y CSIC. La economía invisible y las desigualdades de género: la importancia de medir y valorar el trabajo no remunerado. Recuperado aquí. 

5 2018. INEGI. Cuenta satélite del trabajo no remunerado de los hogares de México, 2017. Recuperado aquí. 

6 2018. INEGI. Cuenta satélite del trabajo no remunerado de los hogares de México, 2017. Recuperado aquí.  

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