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¿Están las redes sociales destruyendo la democracia?
En el ambiente esquizofrénico de las redes sociales no sabemos quién es quién, ni tenemos la certeza de que aquel con el que interactuamos en verdad exista. Las noticias falsas se han superado a sí mismas.
Por Blog Invitado
6 de marzo, 2019
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Por: Jorge Camargo (@jorgecamargoz)

Los interesados en la política se hacen esta pregunta desde hace unos años a la fecha. Y debe responderse con claridad que sí. Seguramente muchos románticos de las redes sociales se enfurecerán, pero aún estamos a tiempo de ser responsables para abrir el debate, desmitificar sus efectos transformadores y democráticos, y darles una dimensión que nos mantenga a salvo en los procesos de la discusión pública.

Lo primero que se estará pensando es en el caso Trump-Rusia o en la intervención de este país en procesos democráticos vitales como las elecciones en Cataluña a través de hackers.

O quizás en la llamada “Primavera Árabe”, como una de las revelaciones del poder de las redes. Respecto de esta última conviene saber que fue igualmente bautizada como la “Revolución de Sofá”, en una ejemplificación de que los llamados a las movilizaciones y el mantenimiento del conflicto se realizaron desde casas, para luego concretarse en las calles.

Sin embargo, el procesamiento de la rebelión, los acuerdos para que transitara el conflicto fue hecho por los políticos, los de siempre. No hubo un cambio de la clase política. Una élite fue expulsada del poder y otra ascendió.

Lo cierto es que tras el escándalo de Cambridge Analytica-Facebook, la manipulación rusa y otras revelaciones, nos quedamos frente a un hecho contundente: no se puede tener la certeza de que todo lo que se diga en Twitter y en las otras redes sociales es real.

Tampoco podemos saber si todos los que se expresan en las redes son reales. Hay bots y hay cuentas llamadas orgánicas, es decir, personas reales que alimentan cuentas falsas y que les construyen una historia, para luego ponerlas al servicio de quien pueda pagar.

Hagamos de cuenta que son especies de granjas de perfiles orgánicos que se ponen en renta. Uno puede ir a una empresa y pedir que le renten 2 mil cuentas, entre bots y orgánicos, para hacer una campaña en contra o a favor de una causa, político o personaje.

Otro gran problema es que la ciencia política y la psicología han demostrado que las elecciones se rigen esencialmente por factores emocionales, como bien puede documentarse en el caso de la intervención rusa en los comicios de Estados Unidos.

Una persona puede recibir información o noticias en las redes que le indignen, la muevan al enojo y que la alienten a tomar una decisión. Ella no va a desconfiar de lo que siente, porque asume que sus sentimientos son una expresión de sí misma. Pero los estímulos, hechos, noticias ¿son reales o fueron diseñados para propiciarle tales emociones?

Si esto es real, entonces está siendo condicionada y no actúa guiada por su libre albedrío, atributo de la persona humana. Esta es una de las tesis del historiador Yuval Noah Harari que debemos conocer, aunque no la única. Invito a revisar los trabajos de Jamie Bartlett y Jaron Lanier, entre otros más.

Muchos periodistas, los de esta casa han sido objeto de ello, son ciber acosados por hordas histéricas de bots y perfiles orgánicos.

En este ambiente esquizofrénico no sabemos quién es quién, ni tenemos la certeza de que aquel con el que interactuamos en verdad exista. Las noticias falsas se han superado a sí mismas. Los algoritmos para distribuir contenidos que generen emociones son imperceptibles.

Esa capacidad de condicionamiento anónimo de nuestras emociones puede ser usada por gobiernos nacionales y extranjeros, políticos, personas y empresas multinacionales, para cualquier fin.

Si reposamos -y la prensa ha cometido un gran error al lanzarse a los brazos de las redes sociales para darle un atributo de “opinión pública”- nuestra reflexión y orientación políticas en las redes sociales, estamos poniendo en riesgo nuestra democracia.

Las redes son usadas para campañas negras, de odio, para inventar conductas delictivas, desprestigiar, presionar a favor o en contra de iniciativas políticas. El problema, deviene cuando el ciudadano no sabe distinguir lo falso de lo verdadero. Para ello se necesita de muchas herramientas.

Por ningún motivo estoy diciendo que las redes sociales como Twitter no puedan ser vehículo útil de demandas sociales o de diálogos y hasta de servicio social. Yo mismo tengo mi cuenta.

Me refiero a que cuando están al servicio de políticos, grupos de interés, gobiernos o empresas, entonces debemos ser sumamente cautos. La discusión política, los procesos de la democracia no son confiables, si pasan por ese filtro.

Ciertamente poca utilidad tendría poner una leyenda que diga “úsese responsablemente” cuando uno abre una cuenta por primera vez. Pero sí otra que diga “sépase, que detrás de un perfil puede haber gente no real y sí, muchos intereses antidemocráticos”.

Sin duda este tema tiene muchas rutas de análisis. Soy un convencido de que debemos seguir discutiéndolo con sus distancias críticas. Sobre todo ahora que pronto conoceremos lo que es el deepfake.

Agradezco a Animal Político la oportunidad de poder expresar estas ideas y plantear reflexiones que a todos ocupan.

 

* Jorge Camargo es experto en comunicación política y manejo de crisis en el sector público y privado. Imparte clases de comunicación estratégica y crisis para gobiernos en México y en el extranjero. Ha sido consultor,  vocero en el Ejecutivo Federal y la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Ha ejercido el periodismo.

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