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Francia en llamas: los neoliberales no entienden
Lo que Francia vive es la contradicción occidental contemporánea entre un proyecto universal de derechos (anclados en un liberalismo político) de las élites tecnócratas y cosmopolitas, frente a los supuestos ideológicos del neoliberalismo económico (que distan mucho de las condiciones de existencia de la gran mayoría de individuos).
Por Blog Invitado
12 de diciembre, 2018
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Por: Víctor Hugo Ramírez García

El viernes 7 de diciembre, la imagen de decenas de estudiantes de secundaria sometidos —de rodillas, con manos en la nuca, y contra la pared— por las fuerzas policiales francesas causaron sorpresa e indignación tanto a nivel nacional como internacional. Tal escena se produjo en la comunidad de Maintes-La-Jolie, y muestra una de las decenas de manifestaciones —en su mayoría pacíficas—, que miles de estudiantes han llevado a cabo en protesta por una serie de reformas al sistema educativo francés. Estas manifestaciones en el sector educativo son solo una de las caras de un escenario político cada vez más complejo.

Sin todavía cumplir dos años en el poder, Emmanuel Macron ha enfrentado no pocas protestas de amplios y variados sectores de la población debido a las reformas de corte neoliberal que ha implementado en Francia, tal como anunció en su campaña electoral. El movimiento actual de los llamados “chalecos amarillos” es por tanto solo la punta del iceberg de una serie de manifestaciones que viene arrastrando la clase política francesa desde la lastimosa aprobación de la Reforma a la ley del trabajo en 2016 (un año antes de la llegada de Macron al poder), que le valió al país varios meses de paros, protestas, polarización, y cuyos atropellos a los procesos democráticos mostraron una Francia contradictoria, que defendía los valores democráticos en el exterior, pero que reprimía e imponía sin debate ni diálogo abierto una ley que afectaría a todos sus habitantes.

La mayoría de analistas políticos fija como punto de explosión del movimiento de los chalecos amarillos el alza en los precios de los carburantes, en concreto el aumento en el precio del diesel, que gozaba de un nicho fiscal y que es utilizado en particular en los sectores agrícola, forestal, fluvial o de obras públicas. El gobierno actual decidió poner fin a este beneficio fiscal en octubre de 2018, pero tuvo que anular tal decisión el 4 de diciembre debido a la movilización de los chalecos amarillos. No obstante, lo que Francia está viviendo es la contradicción occidental contemporánea entre un proyecto universal de derechos —anclados en un liberalismo político— de las élites tecnócratas y cosmopolitas, frente a los supuestos ideológicos del neoliberalismo económico —que distan mucho de las condiciones de existencia de la gran mayoría de individuos—.

Si bien el movimiento de los chalecos amarillos ha sorprendido a casi todos los analistas por su espontaneidad y rapidez, los pocos datos que se han recabado desde diferentes fuentes revelan una identidad política compleja, fluida, y sobre todo heterogénea de quienes se han movilizado; según un sondeo reciente, el 36% de los chalecos amarillos habrían votado a Marine Le Pen —del partido ultraderechista antes conocido como Front national— en las elecciones presidenciales de 2017, mientras que un 28% habría votado a Jean-Luc Mélenchon de la izquierda insumisa. No sorprende por tanto que los partidos de extrema derecha y de la izquierda insumisa sean quienes más defienden al movimiento en medios de comunicación y redes sociales, y nadie duda que ellos serían los principales beneficiarios si se convocaran elecciones extraordinarias; y es que las demandas de los chalecos amarillos son muy afines de la izquierda radical: dos tercios de ellas son compatibles con el programa de Jean-Luc Mélenchon, pero otras son compatibles también con la extrema derecha, en particular aquellas sobre la defensa de los servicios locales (tiendas, correos, escuelas) o la renacionalización de infraestructuras como autopistas y aeropuertos.

Movimientos como el de los chalecos amarillos obligan a pensar en el eje de distinción política que desde hace algunos años hace girar los antagonismos en no pocas sociedades occidentales; invitan a analizar esa distinción, esa brecha entre dos extremos, que ya no es inteligible contemplando únicamente izquierda(s) y derecha(s). Tal distinción requiere asumir que los esquemas tradicionales de análisis político, económico y social necesitan repensarse, complejizarse, reformularse. Los dos polos que parecen explicar la movilización política de los chalecos amarillos coinciden con aquellos que se dibujaban ya con la elección francesa de 2017, éstos muestran que las apuestas han cambiado, que el tablero ahora es otro, ya no sólo se trata de obreros contra burgueses, ni socialdemócratas frente a democratacristianos, sino de la distancia creciente entre un conjunto de dualismos: nativismo/cosmopolitismo, pluralismo/comunitarismo, capacidad de acceso a capital simbólico/despojo e inhabilitación de toda forma de capital.

El binarismo entre metrópolis y periferia, entre espacio urbano y rural, desnuda un eje de distinción que sufren muchas sociedades alrededor del mundo, y es que deja al descubierto el abismo entre quienes han abordado el tren de la globalización cosmopolita (con todo lo que conlleva: asimilación cultural, homogeneización de estilos de vida y de consumo, entre otras), y quienes no pueden abordarlo porque carecen de los capitales culturales, sociales y políticos que el mundo posmoderno exige.

No obstante, el andamiaje discursivo del gobierno de Emmanuel Macron está construido por los supuestos ideológicos del neoliberalismo, que son repetidos diariamente en los medios de comunicación; entre ellos la máxima de la competencia, competencia entre las naciones, entre las empresas y entre las personas. Hay que competir, y hay que hacerlo en un espacio desregulado, o más bien, en un espacio regulado de tal forma que pueda ganar el “mejor”, el más “apto”, lo decía Emmanuel Macron este lunes en su parco mensaje de poco más de 10 minutos, se necesita defender “un état de mérite” , y en ese sentido apuntan todas las reformas al sistema educativo.

La meritocracia es uno de los placebos mejor dosificados del sistema económico, pero cuando se combina con la superioridad moral del mercado se transforma en una anestesia social repulsiva; tal superioridad promueve por múltiples vías la creencia de que la competencia es real, es decir, que todos estamos compitiendo contra todos en un tablero horizontal, sin osbtáculos, con las mismas reglas, sin privilegios ni favoritismos. Flaco favor le ha hecho al mundo la sociología francesa, que ha mostrado que las desigualdades se reproducen en todos los campos sociales no porque las reglas sean dispares ni los mecanismos del mercado estén sesgados, sino porque la misma lógica del flujo y acumulación de los capitales —sociales, culturales, políticos y simbólicos— reproduce las distancias entre las personas, entre el más rico y el más pobre.

En la lógica neoliberal no tiene sentido entonces pensar que la pobreza sea un problema de desigualdad histórica, es más bien un problema de adaptabilidad, un problema de gestión; la desigualdad económica —lo establecieron los padres mismos de la economía clásica— “es humanamente imposible de destruir, siempre habrá un pobre y un rico”; el problema para ellos es administrar la desigualdad, no combatirla. A su vez, el dogma de la adaptación al mercado laboral va de la mano de otro dogma, aquel que defiende la inversión de las grandes empresas, ya que son éstas las que crean el empleo, por lo tanto imponerles impuestos a tales empresas “ahuyenta” los grandes capitales. Una de las demandas de los chalecos amarillos es precisamente “proteger la industria francesa impidiendo la deslocalización de las empresas fuera de Francia”; si tal medida se anuncia inviable jurídicamente, es prácticamente imposible en un sistema internacional de libre mercado. Lo cierto es que “hacer más atractiva a Francia” para los capitales extranjeros fue el objetivo de la reforma a la ley de trabajo de 2016.

En el juego de repartir impuestos, la lógica neoliberal es clara: dejar fluir los capitales implica no ponerles barreras —fiscales o de cualquier otra especie—. Relacionado con esto, se encuentra otra demanda de los chalecos amarillos, la restauración del impuesto de solidaridad sobre la riqueza (ISF), impuesto que estaba vigente hasta 2017, y que algunos candidatos durante la campaña electoral (J.-L. Mélenchon, B. Hamon y M. Le Pen) deseaban mantenerlo e incluso endurecerlo; sin embargo, Emmanuel Macron decidió reemplazarlo por un impuesto únicamente sobre bienes inmuebles. Esta demanda de los chalecos amarillos resulta simbólica, pues se trataba de un impuesto que apuntaba directamente a las personas más ricas de Francia —cabe mencionar que en muchas protestas y medios a Emmanuel Macron se le apoda “el presidente de los ricos”—. A pesar de todo, en su mensaje del lunes 10 de diciembre el presidente francés no cedió a esta demanda con la excusa de “atraer a quienes generan más empleos”.

Mientras, el tema migratorio es una mina de oro para la extrema derecha y un suicidio político para las izquierdas, baste mencionar que una de las banderas enarboladas por grupos neo-fascistas y racistas de ciudades como Lyon en meses recientes es la ayuda universal que el Estado otorga a todas las familias —sean francesas o no—, ayuda que tales grupos consideran injusta, pues “debería otorgarse única y prioritariamente a familias de nacionalidad francesa”. Alimentados gracias a este tipo de argumentos, los partidos políticos de extrema derecha ganan terreno poco a poco a través de las urnas en España, Italia, Hungría, Polonia, Alemania, Austria, etc.

En este contexto, los ideólogos neoliberales parecen alinearse en uno de estos extremos, complicando aún más un tablero político que en mayo de 2019 debe enfrentarse a elecciones al Parlamento Europeo, y en las que la extrema derecha amenaza con ocupar más escaños de los deseables. Francia no llegará en calma a estas fechas, pues Emmanuel Macron ya ha declarado un “estado de emergencia económica” este lunes, y ha ofrecido un aumento de 100€ al salario mínimo interprofesional, mientras que las manifestaciones no cesan en cada región y provincia francesas. A pesar de todo esto, el mandatario francés parece no ceder en su agenda, aún le resta una fila de delicadas reformas, entre ellas la del sistema de pensiones, que se anuncian igual o más explosivas que las anteriores.

 

* Víctor Hugo Ramírez García es doctorante en el Centro de Investigaciones del Instituto de Demografía de la Universidad Paris 1 Panthéon-Sorbonne.

 

Fuente disponible aquí.

Fuente disponible aquí.

Fuente disponible aquí.

Firmin Marbeau, Du paupérisme en France et des moyens d’y rémédier au principes d’économie charitable, Paris, 1847.

De acuerdo a varios pliegos petirorios no oficiales del movimiento, disponible aquí.

Aunque algunos candidatos propusieron algunas medidas a tomar en 2017: Marine Le Pen propuso gravar todos los productos de las empresas que trasladaban sus fábricas, Jean-Luc Mélenchon y Benoît Hamon querían crear un derecho de veto del comité de empresa sobre la reubicación de empresas con más de 2,000 empleados, y obligar a quienes deslocalizasen a reembolsar las ayudas públicas que recibiecesen.

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