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La amnistía del PRD
Todos los partidos de izquierda han experimentado tensiones y crisis en los lindes de las diferencias ideológicas y de línea política: entre el pensamiento y acción. La del PRD es de carácter sistémico; la clave de salida a su recomposición es no otorgar olvido a su corrupción política.
Por Blog Invitado
10 de enero, 2019
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Por: Sergio Leyva Ramírez (@LeyvaSergio)

El PRD parece estar perdido en el mismo laberinto en el que se ha metido López Obrador; y por muy difícil que parezca, en ambos casos la amnistía se ha convertido en un recurso político.

En algo se parecen el proyecto de la Cuarta Transformación de AMLO y los esfuerzos transformadores del Partido de la Revolución Democrática, finalmente sus raíces vienen del mismo sistema político: tienen el grave problema que por muy ambiciosos que se quieran presentar, pueden naufragar si no se genera la suficiente credibilidad de la ruptura con la corrupción. En ambos casos la amnistía se ha convertido en un recurso político. AMLO por un lado cree que mirar por encima del hombro de la corrupción pasada generaría una estabilidad política lo suficiente para echar a andar su proyecto sexenal. Mientras que en el PRD hay un olvido de facto a su evidente corrupción política que, en aras de su reconstrucción, mantendría la marginal unidad interna para intentar una recuperación electoral, sin importar que a nivel nacional y en la mayoría de los estados haya una serie de agravios que tiene en descrédito público al partido y dividida a la militancia.

Si para López Obrador optar por el camino contrario significaría perder tiempo y arriesgarse a cruzar una ruta sinuosa que posiblemente alcanzaría aliados y actores propios, en el PRD consideran que sacudirse bajo procedimientos partidarios a diversos actores y prescindir de sus clientelas, los metería en un atolladero cuando lo más importante es intentar a toda costa a que vuelva a ser electoralmente rentable; convirtiéndose así la amnistía en un recurso político.

El PRD prefiere el olvido a la obligación de responder por una serie de eventos interminables hasta julio de 2018. Del respaldo que les dio el gobernador de Michoacán a Enrique Peña Nieto – entre tantas veces – cuando se supo del uso político del Ramo 23 y a José Antonio Meade en pleno proceso electoral; del desistimiento de la alianza local en Coahuila contra el PRI de Moreira ya registrada con el PAN, el mismo día que el PRD hizo naufragar la del Estado de México contra el grupo Atlacomulco; del apoyo que el partido en Chihuahua le dio a César Duarte durante dos procesos electorales; los votos del grupo parlamentario del PRD en el Estado de México a la iniciativa Ley Atenco de Eruviel Ávila el 17 de marzo de 2016; o la vergonzosa disputa por la coordinación del grupo parlamentario en San Lázaro los últimos dos meses del segundo periodo ordinario del 2018 y por las subvenciones de las que goza de manera opaca, entre muchos otros.

Si en la Cuarta Transformación el olvido es una decisión política hecha pública: dicha en entrevistas de radio o ante el pleno del Congreso de la Unión; en el caso del PRD es sutil: en ningún documento interno desde el primero de julio, por ejemplo, se señala esto y la imposibilidad de conducir políticamente al partido en muchas entidades de la República; sin embargo las facciones restantes han decido dar vuelta a la página, formar una dirección provisional y no hacer más crisis en el partido.

¿Por qué hacer lo contario? Son tiempo de redefiniciones. Dentro de los diversos cambios que trajo el proceso electoral que culminó el primero de julio pasado fueron los códigos de la política, la validación pública de actores y discursos en función de una idea de ética política: cómo deben actuar aquellos vinculados con el poder, su responsabilidad en mantener o transformar sistemas políticos indeseables. La incapacidad de entender esto es lo que tiene al PRD -como al resto de la oposición- perdido en un reaccionario, sin credibilidad, ni ruta política: bien puede un día hablar de los “superdelegados”, otro de la decimonónica idea de bajar el costo de las gasolinas o aumentar el salario mínimo sin que efectivamente le hable a nadie.

Todos los partidos de izquierda han experimentado tensiones y crisis en los lindes de las diferencias ideológicas y de línea política: entre el pensamiento y acción. La del PRD es carácter sistémico, la clave de salida a su recomposición es no otorgar olvido a su corrupción política. Para bien de nuestra democracia sería el primero que lo hiciera, inclusive de AMLO y morena, en el que el segundo será el apéndice electoral de los programas del primero.

¿Qué hacer? Sigo creyendo que la mejor opción del PRD es, pragmáticamente, ser utilizado por una izquierda democrática que sobrevive en periferia política y convertirlo, de nueva cuenta, en un movimiento. El peor error del partido seria mantener las cosas como hasta hoy: la deliberación de su crisis y destino bajo un cálculo, en el hermetismo y con un carácter plutocrático. Eso ahuyentará y no traerá credibilidad, y mucho menos pondrá al partido en la carrera al 2021 que inició hace ya seis meses.

 

* Sergio Leyva Ramírez es consejero nacional del PRD. 

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