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La difícil tarea de ser agua en la Ciudad de México
Por inconcebible que parezca, nuestra lluviosa ciudad se seca un poco más cada año, se hunde y esconde unos cuantos centímetros ante los ojos del mundo.
Por Blog Invitado
1 de mayo, 2017
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Por: Andrea Bizberg (@andreabizberg)

Nada mejor que un lugar en las alturas para realmente poder apreciar la inmensidad y monstruosidad de la Ciudad de México. Desde aquí arriba, los millones de edificios deforman la superficie de la tierra. Entre estas líneas, a manera de puntuación y rompiendo con esta severa organización de concreto, surgen algunos puntos verdes, los pulmones de nuestra ciudad, tan inesperados que parecieran estar a punto de desaparecer. Pero no, no están ahí por mera casualidad y año con año siguen resistiendo majestuosamente a la mano del hombre. En medio de todo esto, como una desafortunada rasgadura en el papel, se extiende el Periférico que conecta todos estos mundos. Por estas grandes venas de concreto ya no corre el agua -bueno, si no contamos las intempestivas inundaciones- sino un mar de coches que inunda la ciudad en todos sus resquicios.

Bienvenidos a la Ciudad de México, un engendro de cemento y metal, un monstruo de polvo y agua, una ciudad de muchas ciudades.

Pero la Ciudad de México no siempre fue así y para llegar al meollo de la actual crisis del agua tenemos que volver al pasado.

Imagínense el Valle de México hace 700 años. Por esta cuneta de vegetación corrían 45 ríos que alimentaban los 5 lagos de la región: Chalco, Xochimilco, San Cristóbal, Xaltocan, Zumpango y Texcoco. Este último sirvió de cuna para el nacimiento de la majestuosa Tenochtitlán; los habitantes habiendo surgido de sus aguas aprendieron a vivir surcados de lagos: ampliaron su islote con rellenos de tierra; cultivaron sobre chinampas, los famosos jardines flotantes; pescaron y se desplazaron principalmente en transporte fluvial. De igual manera, recolectaron las lluvias en depósitos subterráneos y dos grandes acueductos, el de río Churubusco y el de Chapultepec les aseguraron importantes suministros de agua potable. Pero no todo era paz, agua y alegría: vivir en una urbanidad acuosa implica un riesgo constante de inundarse. Para controlarlas, se construyó un dique de 16 kilómetros de largo y 4 metros de ancho que logró cabalmente cumplir con su función cerca de 50 años…

Sin sorpresas, y como todo lo bueno siempre tiene un fin, este es el momento en el que aparece un elemento perturbador, ya lo habrán adivinado: la llegada de los españoles.

Así, en 1519 arribaron los colonizadores y se toparon con esta curiosa infraestructura hidráulica que no lograron entender y que “muy acertadamente”, optaron por destruir para conquistar la ciudad. Bye bye la Venecia de los tiempos antiguos… Sin el valioso sistema azteca, las inundaciones se multiplicaron y en 1607, tras otro desbordamiento -considerémoslo literalmente como la gotita que derramó el vaso-, el virrey Luis de Velasco decidió abrir un canal para vaciar el Valle de México de sus aguas, una obra que tomó el nombre de Tajo de Nochistongo. Ya que andaban en estos drásticos cambios, aprovecharon la huida despavorida de las aguas para deshacerse de todas sus inmundicias. ¡Una manera fácil y rápida de tener una ciudad limpia! Estarán de acuerdo conmigo, los ríos cargados de excrementos no son imágenes particularmente agradables y los españoles seguramente llegaron a la misma conclusión porque, poco tiempo después, entubaron los ríos siguiendo la famosa lógica del si no se ve, no existe. El drenaje moderno había nacido. Así, poco a poco, el Valle de México fue perdiendo sus lagos, convertidos en ríos, en ríos contaminados.

Pero bueno, no es porque desterramos los lagos que de repente se nos fue también la vital necesidad de seguir consumiendo agua. Para sobrevivir, desde 1846 empezamos a explotar los acuíferos locales gracias a 168 pozos; pero nuestra población estaba en plena expansión y pronto, este ritmo ya no fue suficiente. 40 años después, ya eran más de 1,000 pozos que chupaban ansiosamente las aguas subterráneas de las venas de la ciudad, provocando un hundimiento hasta de 10 metros en algunas zonas.

Para evitar convertirnos en hombrecillos de los subsuelos, se decidió buscar fuentes más lejanas de abastecimiento y es así como irrumpieron en nuestras vidas los lagos Lerma y Cutzamala. 130 kilómetros de distancia, uno de altura y una cantidad de energía equivalente al consumo de Puebla después, el agua estaba llegando a la Ciudad de México. Líquido demasiado preciado y costoso como para que el 40 % del agua de la red se pierda en fugas y ordeñas, si quieren mi humilde opinión…

Hoy en día, de los cinco lagos sólo nos sobrevive una fracción del de Texcoco y del de Zumpango; el Magdalena es el único río que todavía recorre el Valle de México todo el año, pero un largo tramo lo hace escondido, derrotado bajo su capa metálica. Actualmente dependemos en un 70 % de los más de 2,000 pozos que se encuentran en el subsuelo de la ciudad, el resto viene del sistema Lerma-Cutzamala. Esta agua sería suficiente para llenar en un día tres veces el Estadio Azteca y, sin embargo, ya no nos alcanza: son más de 4 millones de personas que carecen total o parcialmente de agua en sus casas. Esta fracción de la población pertenece mayoritariamente al núcleo más vulnerable de la ciudad y se ve obligada a obtener agua de las pipas, a precios mucho más elevados que los que paga el resto de la sociedad.

Estamos inmersos en una crisis del agua que también deja entrever un grave desequilibrio social, pero hay una buena noticia y es que sí podemos hacer algo. Existen organizaciones, personas, que trabajan para crear un futuro más sustentable, resanar la relación que tenemos con el agua y alinearla con la que sostenían nuestros antepasados. Desde 2009, Isla Urbana instala sistemas de captación de agua de lluvia para que, durante los meses de precipitación, aprovechemos esta agua actualmente menospreciada y desperdiciada. Esto permite que los acuíferos se recarguen y dejemos de depender, al menos por un tiempo, del agua que proviene de la red.

Las lluvias han llegado y desde la comodidad de nuestras casas vemos llorar las ventanas, largas gotas de agua que se deslizan cuesta abajo, juegan entre ellas y terminan por perderse por la coladera para reunirse con las aguas negras. Por inconcebible que parezca, nuestra lluviosa ciudad se seca un poco más cada año, se hunde y esconde unos cuantos centímetros ante los ojos del mundo. Me perdonarán si dejo esta historia incompleta, pero está en nuestras manos escribir el final.

 

* Andrea Bizberg es consultora ambiental. Actualmente trabaja en un proyecto de contaminación del aire en colaboración con el gobierno de la Ciudad de México y la Universidad de Harvard.

 

 Referencias:

Blanca Jiménez Cisneros (2011). Suministro y desalojo del agua de la Ciudad de México: de los aztecas al siglo XXI. Revista Digital Univesitaria. Volumen 12 Número 10. ISSN: 1067-60710.

Conversaciones con Enrique Lomnitz, Director General y Nabani Vera, Director de Comunicación de Isla Urbana.

 

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