close
Suscríbete a nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
close
La vergüenza de decir #MeToo
Esos que ahora están preocupados porque las denunciantes tengamos pruebas, ¿las pidieron cuando se rieron al escuchar que una mujer es “facilona”?, ¿las pidieron cuando alguien contó el rumor, que después quizá hasta reprodujeron, de que una mujer está ahí porque salió con uno de los jefes?
Por Itxaro Arteta
28 de marzo, 2019
Comparte

Recuerdo el día que estaba en las oficinas del periódico en el que trabajaba, en ese momento el trabajo de mis sueños, y de repente, ver caer un mail con una foto de mi espalda desnuda, ver que en los destinatarios estaba la cuenta de correo institucional a la que tenía acceso media redacción, y escuchar una risa en el otro pasillo.

Me paralicé. No sólo físicamente, sino que mi cerebro también se apagó. Sólo quería desaparecer. Empezaba el acoso de Saúl Rivera Gil, con el que he vivido por años.

Porque lo primero que sentimos al vernos involucradas en algo sexual, sobre todo las mujeres, es vergüenza.

Una compañera de trabajo y amiga vino a ayudarme a reaccionar. Llamó al jefe (era domingo), que autorizó pedirle directamente a sistemas que bloqueara esa dirección a cualquier correo del servidor de la empresa.

Pero el mundo de internet es inabarcable y en 2012 apenas nos estábamos dando cuenta. Surgieron decenas de correos, perfiles de Twitter y Facebook, y los mensajes empezaron a llegar a razón de dos o tres por semana.

Y entonces tuve que caminar por los pasillos de la redacción cargando a cuestas la vergüenza de saber que todo mundo habría visto alguna foto de mi espalda, de mis piernas, o simplemente fotos con amigos pero que llevaban por título “zorra”, “tu colección de hombres”, y otras mil variedades de ofensas a lo que llamaríamos el honor de una mujer.

Peor aún: la acusación de que me acostaba con un editor con el que me había tocado trabajar algunas veces, de que me ayudaba con mis notas porque lo seducía usando “escote y pantalones pegados”.

Entonces sumé la vergüenza de llorar sin control en la oficina del jefe de información, argumentando que yo ni siquiera usaba escotes y pantalones pegados. Como si eso hubiera justificado algo. Y la vergüenza de que ese editor me reclamara que lo estuvieran metiendo en “mis broncas” y me dejara de hablar.

Afortunadamente, siempre he estado rodeada de gente que me quiere, valora mi trabajo y que es inteligente. La reacción de la mayoría, que es la reacción que tendría que ser normal, fue decir: “qué poca madre lo que te están haciendo”. Sin cuestionarme.

Entonces pude dar un paso delante de la vergüenza y descubrir que lo que había que hacer era justo lo contrario. En lugar de tratar de tapar todo lo que llegaba, que era imposible, hablarlo con todos los que quisieran escuchar y decir: me está pasando esto, me acosan, soy una víctima. Hablarlo con compañeros, con amigos, con exnovios, con mi familia, quizá la parte más difícil de la cadena.

Así me armé de valor para pedir ayuda y poner una demanda legal. La demanda legal que tanto exigen ahora con esta ola de denuncias en internet. Como si no fuéramos periodistas y no supiéramos para qué sirven las demandas en este país con niveles de impunidad arriba del 90 %.

El periódico me mandó con uno de sus abogados y empezó una nueva ruta de vergüenza. Había que llevar al Ministerio Público cualquier evidencia, obviamente, lo que implicó acabarme un paquete de 500 hojas imprimiendo correos con fotos mías en el despacho de los abogados —hombres—, que prometieron no mirar la pantalla ni las hojas que iba metiendo en la carpeta. Llevar esa carpeta al MP, entregársela a otro hombre. Recibir un comentario que pretendió ser empático: “algún exnovio dolido, señorita”.

En ese momento no creía que la mente detrás de todo fuera efectivamente mi expareja, con quien acababa de terminar después de tener la relación más tóxica de mi vida que partió de otro abuso: me enamoró siendo mi jefe, 20 años mayor. Casualmente, antes sólo él recibía mensajes raros insinuando que yo seguía viendo a mi exnovio de la universidad, que le servían para hacerme desplantes, celarme y ponerme en duda. Cuando cortamos, los correos subieron de tono y empezaron a llegar a todo mi entorno. Casualmente.

Cuando ya sospechaba de él, porque era la única pieza que encajaba en todo (era la única persona que había tenido acceso a mi computadora, sabía algunos nombres de mi pasado y de mis nuevos editores), recibí noticias de los abogados. La Policía Cibernética había obtenido direcciones físicas desde donde se mandaban los correos, pero todos eran cibercafés: uno a la vuelta de casa de esa expareja, otro a la vuelta de su trabajo, de casa de sus hijos, y en el pueblo de su mamá, fuera de la ciudad. Ya no me quedó duda.

Además apareció otra foto, esta sí explícita y que yo nunca me di cuenta de cuándo se tomó, que en los metadatos dejaba constancia de haber sido tomada con el modelo de celular que él tenía.

El problema ante la justicia es que nada de eso era delito ni prueba contundente. Así es (y espero no estar dando ideas), pero mandar cientos de correos al trabajo de una persona diciendo que es una zorra, no está tipificado como delito. Sin amenazas, me dijo otra MP (esta sí mujer), no había nada que perseguir.

Tuve que asumir que sólo tenía una opción: seguir adelante con mi vida.

Asumir que los correos seguirían llegando. Guardo en una carpeta 392 mails de 2012 a 2015. Asumir que seguirían las acusaciones de que me acostaba con los jefes. Que habría alguien al fondo que quizá se reiría y creería que era cierto.

Me corrieron del entonces trabajo de mis sueños. En mi siguiente redacción volvieron a llegar mensajes de que estaba ahí por una relación personal —que no existió—. Hubo quien lo creyó. Me fui a vivir a otro país, y perfiles de Twitter y Facebook llenos de fotos me arruinaron un cumpleaños cuando llevaba dos semanas como becaria de otro periódico. Ni a 9 mil kilómetros y cinco años de distancia había logrado liberarme de esa pesadilla.

Pero sí había logrado ser más fuerte y saber que la gente normal tiene una reacción lógica: “qué poca madre lo que te pasó”.

Por eso yo puedo hablar, puedo dar mi nombre y mi cara, porque toda la vergüenza ya me la tragué. Pero entiendo a quienes tienen terror de contarle a sus familias, a sus compañeros y al mundo entero que a ellas las tocaron sin su consentimiento, las embaucaron, que se distrajeron sólo un momento por culpa del alcohol o de la confianza ganada por alguien que en realidad es un depredador sexual, y les pasó algo que a ellas mismas les da vergüenza.

Esos que ahora están preocupados porque las denunciantes tengamos pruebas, ¿las pidieron cuando se rieron al escuchar que una mujer es “facilona”?, ¿las pidieron cuando alguien contó el rumor, que después quizá hasta reprodujeron, de que una mujer está ahí porque salió con uno de los jefes?

A mí me bombardearon de acusaciones sin pruebas. Pero esta semana, que alguien contactó a mi acosador para contrastar mi historia, él se atrevió a decir que yo no tenía pruebas en su contra.

Por eso, yo le creo a las víctimas. Y también las invito a superar la vergüenza y hablar. No fue su culpa, y les vamos a creer.

 

* Itxaro Arteta (@iartetam) es reportera de Animal Político y víctima de acoso y violencia.  Su testimonio ha inspirado a que otras mujeres de este mismo grupo editorial alcemos la voz y exijamos un fin a la violencia.  Nosotras le creemos a Itxaro y le creemos a las víctimas. También creemos en la necesidad de un protocolo, en el que trabajaremos desde ya, para prevenir cualquier situación que pudiera presentarse en una redacción en crecimiento. Esta es solo una de las denuncias que acumulamos y que contaremos en este mismo espacio en los siguientes días. 

¡Gracias por leer! Ayúdanos a seguir con nuestro trabajo. ¿Cómo? Ahora puedes suscribirte a Animal Político en Facebook. Con tu donativo mensual recibirás contenido especial. Entérate cómo suscribirte aquí. Consulta nuestra lista de preguntas frecuentes aquí.
Comparte