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Lo que nos quieren robar
Las redes sociales están llenas de hechos construidos por algoritmos para hacernos reaccionar de tal o cual forma y el problema más grave es que somos nosotros los que entregamos nuestra información y metemos el micrófono a casa gustosos, sin saber el grave riesgo que corremos.
Por Jorge Camargo
6 de junio, 2019
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Usted seguramente es de las personas que gustan de la innovación tecnológica y ya piensa en comprar, o lo ha hecho, uno de los llamados altavoces inteligentes de moda para colocarlo en su sala y poder dictarle comandos, agendar citas, recordar la lista del súper, abrir las persianas, atenuar la luz, etc.

Se conectan vía internet o bluetooth, y usted puede hacer funcionar muchos otros aparatos de su casa con ellos –lo que llaman el internet de las benditas cosas.

Hasta ahí todo bien, ¿cierto? Pero ¿se ha preguntado si hay alguien detrás de esas bocinas que pudiera estar escuchando fragmentos de sus conversaciones sin que usted se dé cuenta?

Recientemente Bloomberg publicó un material que revelaba que en Europa algunos de esos dispositivos fueron aleatoriamente activados vía remota por empleados de la empresa que los manufacturó, sin que el usuario lo supiera y transcribieron las conversaciones, “con la finalidad de mejorar la experiencia del usuario”. Tal y como las letras pequeñas lo deslizan.

La empresa inglesa de comunicación BBC publicó otro caso de una pareja de Oregon, Estados Unidos, que documentó que su dispositivo Alexa, de Amazon, grabó un fragmento de una charla privada y la envió a uno de sus contactos registrados.

La pareja no estaba enterada hasta que el contacto, un compañero de trabajo, les llamó para informarles que había recibido en su teléfono el fragmento de una charla privada.

Amazon respondió al matrimonio que el dispositivo muy probablemente confundió el sonido de las palabras y no entendió el contexto, pero que trabajarían para que este tipo de casos no ocurrieran de nuevo.

Otro evento más ocurrió en New Hampshire, donde un juez pidió a Amazon entregar las grabaciones de su dispositivo, propiedad del dueño de un departamento en el cual fueron asesinadas dos personas, a lo que informó que solo aceptaría si había una orden judicial formal.

Ambos casos dejaron patente de que el sistema se puede activar automáticamente y vulnerar nuestra privacidad.

Lo alarmante de este tema es que las grandes empresas tecnológicas quieren robarnos “nuestra experiencia humana”, es decir, la forma como reaccionamos, sentimos y pensamos ante hechos, productos o información dirigida. Somos nosotros la mercancía.

Las redes sociales, por ejemplo, están llenas de mentiras, de hechos construidos por algoritmos para hacernos reaccionar de tal o cual forma. Internet no es seguro, no es confiable.

El problema más grave es que somos nosotros los que entregamos nuestra información y metemos el micrófono a casa gustosos, sin saber el grave riesgo que corremos.

Es una invasión a la privacidad del ser humano, a la que todos tenemos derecho. Y no es un gobierno –que puede hacerlo y lo ha hecho-, sino empresas privadas que trafican con nuestras vidas e identidades. Hemos llegado a ello porque la regulación fue más lenta. Sé que existen choques de absolutos cuando en las sociedades se suele sugerir la regulación de internet y que también eso puede ser una ruta para gobiernos autoritarios.

Empero, resulta indudable que no podemos permitir que esto amenace el valor más alto del ser humano, que es la privacidad de su identidad, sentimientos, deseos, toma de decisiones y un largo y sinuoso etcétera.

Lo planteo de esta manera: se está privatizando nuestra identidad emocional, desde donde tomamos decisiones como el comprar un artículo o votar por una opción política.

Somos invadidos en todo momento: abrimos Facebook y los algoritmos corren tras nosotros, colocan una noticia que nos causa impacto, damos “like”, compartimos, y entonces se vuelve un patrón. A partir de eso, somos bombardeados con información similar.

El acoso no termina. Abrimos un buscador y todas sus búsquedas son analizadas y comparadas con las de otro conjunto de personas. Los algoritmos nos clasifican y luego somos vendidos a empresas que venden “x” producto, o a un partido político que busca personas con perfil “x” para mandarle publicidad indirecta.

Los jóvenes y niños son los más vulnerables ante esta ola del “colonialismo digital”.

Tenemos que preguntarnos si este será el futuro en el que habitaremos y si nos sentiremos seguros en él, porque ha venido a modificar todo lo que éramos, incluso nuestros vínculos familiares.

Podemos celebrar que el mundo interconectado enriquece nuestras posibilidades como humanidad, pero también debemos contemplar el costo: ansiedad, peligro y violencia.

Tenemos que poner en el centro de la preocupación el que las empresas están construyendo lo que algunos teóricos ingleses llaman “mercados de comportamiento”.

Si la llamada inteligencia artificial puede aprender ya por sí misma, e incluso puede implantar imágenes o estímulos conociendo nuestra forma de reaccionar, ¿podemos afirmar que no seremos conducidos como autómatas?

Pareciera un tema de ciencia ficción, pero si esto no hubiese ameritado una investigación del Departamento de Justicia de los Estados Unidos por la manipulación del comportamiento de personas para inclinar una elección, creo que debemos sentarnos a meditar a quien le estamos entregando el comando de nuestras voluntades.

* Jorge Camargo (@jorgecamargoz) es experto en comunicación política y manejo de crisis en el sector público y privado. Imparte clases de comunicación estratégica y crisis para gobiernos en México y en el extranjero. Ha sido consultor,  vocero en el Ejecutivo Federal y la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Ha ejercido el periodismo.

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