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Los riesgos de no usar evidencia: el Programa Sembrando Vida bajo la lupa
Hay aciertos en el diseño actual del Programa Sembrando Vida que sí están basados en evidencia, pero es improbable que estos esfuerzos se traduzcan en mejoras tangibles para el bienestar de los agricultores si no se complementan con un componente de acceso a mercados que garantice la compra continua del producto a precio justo.
Por Oliver Peña-Habib
3 de julio, 2019
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El Programa Sembrando Vida de la Secretaría de Bienestar se ha presentado como uno de los programas insignia de la cuarta transformación. Este programa, enfocado en incrementar la productividad de los agricultores en el México rural, ofrecerá transferencias de 5,000 pesos mensuales a pequeños productores, además de apoyos en especie —como plantas, insumos y herramientas— y capacitación impartida por los técnicos del programa para mejorar las prácticas de cultivo. El monto del apoyo mensual es el más generoso de los programas de transferencias monetarias que ha promocionado la 4T, lo cual revela la importancia que confiere la administración actual a esta intervención.

apoyos mensuales de programas sociales

El objetivo general del programa, según sus lineamientos de operación, es “contribuir al bienestar social e igualdad social y de género mediante ingresos suficientes de los sujetos agrarios en localidades rurales”. Sin embargo, para lograr este objetivo, el diseño del programa parece pasar por alto un elemento crucial: ¿cómo van a vender sus productos los agricultores para realmente poder incrementar su ingreso y así salir de la pobreza?

Incluso si el programa lograra tener un desempeño ejemplar y llegara a mejorar la productividad en el campo, se corre un gran riesgo al no planear quién va a comprar sus productos. Tampoco hay una reflexión sobre si el tipo de cultivos que el programa va a promover realmente son de alta demanda en los mercados para facilitar su comercialización. En otras palabras, el programa propone hacer cambios en la oferta sin considerar la demanda.

Uno de los grandes problemas para los pequeños productores en México es, en efecto, la baja productividad, pero resulta igualmente grave el escaso acceso a mercados que tienen. Muchos no cuentan con los medios ni los contactos para distribuir sus productos ni para venderlos directamente a centrales de abastos o a empresas, ni a los volúmenes de producción que piden los compradores. En consecuencia, frecuentemente terminan vendiendo sus cultivos a intermediarios o “coyotes”, muchos de los cuales compran el producto a precios bajísimos que dejan al productor con un porcentaje muy pequeño del valor final. Sin un componente de vinculación con compradores que paguen precios justos, será muy difícil que este programa logre incrementar el ingreso de los productores.

Durante muchos años, este tipo de programas se han enfocado solamente en incrementar la productividad, pero la evidencia sobre estas intervenciones cada vez insiste más en que no se puede dar por sentado que con darle todo al productor para que cultive mejor se logrará sacarlo de la pobreza. También hay que apoyarlo para volverlo más competitivo e insertarlo en el mercado agrícola para que realice transacciones con compradores, que finalmente es lo que le permitirá aumentar su ingreso.

Un ejemplo de esta evidencia es una evaluación del programa Plataformas de Concertación en Ecuador, que además de ofrecer insumos y tecnología a los productores los conectaba con mercados. La evaluación encontró que este programa incrementó tanto la productividad como las ganancias de los productores. Los vínculos con compradores fueron cruciales para lograr estos resultados positivos. Los evaluadores señalan que “cada vez se reconoce más que las intervenciones tradicionales diseñadas para aumentar la productividad son insuficientes, a menos que se acompañen de acciones que atiendan otras partes de la cadena de producción, distribución y venta”.

Hay importantes aciertos en el diseño actual del Programa Sembrando Vida que sí están basados en evidencia, como la entrega de insumos de producción de calidad, la priorización de prácticas agronómicas sustentables y un sólido enfoque de género. Pero es improbable que estos esfuerzos se traduzcan en mejoras tangibles para el bienestar de los agricultores si no se complementan con un componente de acceso a mercados que garantice la compra continua del producto a precio justo.

Aunque el programa también busca que parte de la cosecha se destine al autoconsumo, su objetivo último es que los agricultores tengan “ingresos suficientes”, y no la seguridad alimentaria o la disminución del hambre. Un indicador clave para medir el éxito del programa será cuánto ingreso adicional a los $5,000 que el programa ofrece realmente generó para los pequeños productores. Si el programa no hace nada por conectar a estos productores con el mercado, difícilmente logrará poner más dinero en los bolsillos de los agricultores mexicanos.

* Oliver Peña-Habib (@OliverPH) es director de Evaluación y Análisis en @CLEAR_LAC y profesor asociado del @CIDE_MX.

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