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Tlahuelilpan: qué pasó después de la explosión
Tras la explosión en Tlahuelilpan, los servicios de emergencia no instalaron un sistema de comando de incidente en el sitio de la emergencia, el hospital general de Tula continuó operando con su estructura establecida en lugar de suspenderla, y faltaron ambulancias con capacidad de traslado de pacientes en estado crítico e insumos adecuados en ambulancias terrestres y aéreas.
Por Blog Invitado
25 de enero, 2019
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Por: René Palacios González (@cuervo_133)

La explosión en Tlahuelilpan ocurrió cerca de las 7 de la noche. Todos los servicios de emergencias escuchábamos, por la radio, cómo se desarrollaba la situación. Desde primera hora ya se avecinaba que sería una tragedia de magnitud considerable. Esa noche me encontraba trabajando con tres compañeros en una ambulancia en la Ciudad de México.

Alrededor de las 11:30 de la noche recibimos instrucciones de dirigirnos al Hospital General de Tula. Nos sorprendió un poco la orden, pues nos encontrábamos al menos a dos horas de camino de dicho hospital. Mientras nos acercábamos al sitio, a toda velocidad, ya nos imaginábamos por qué nos habían llamado. Probablemente necesitarían trasladar a algún paciente en estado crítico, afortunadamente nuestra ambulancia cuenta con todo el equipo necesario. Nos imaginábamos lo anterior pues estábamos bastante lejos, cerca de la delegación Álvaro Obregón, y ya habían transcurrido 4 horas desde el incidente.

Al llegar a la caseta México-Querétaro la magnitud de la situación comenzaba a hacerse clara. En la caseta se había establecido una zona de contacto y transferencia de pacientes, y también se había delimitado una zona que serviría de helipuerto. Cinco ambulancias de diferentes organizaciones esperaban allí para hacer relevo a los vehículos de emergencia que venían de los diferentes hospitales. A las ambulancias se les sumaba un cambión de bomberos y alrededor de 10 patrullas de la policía.

La distancia entre el sitio de la explosión y los principales hospitales de la Ciudad de México es de aproximadamente 150 km. Esto te hace preguntarte: por qué tendría que haber relevos de ambulancias (donde a un paciente, posiblemente en estado crítico, se le cambia de un vehículo a otro). La respuesta a esta pregunta tiene dos partes. La primera: desgraciadamente no todas las ambulancias tienen el tanque de gasolina lleno cuando inician sus operaciones. Los recursos de los municipios y organizaciones que proveen atención prehospitalaria son muy limitados, y esto llega a impactar el traslado de los pacientes cuando ello implica grandes distancias. La segunda: la mayoría de los pacientes que han estado en incendios y explosiones requieren de oxígeno suplementario debido a que la vía aérea (es decir, las estructuras por donde pasa el aíre cuando respiramos) también se quema en este tipo de incidentes; el oxígeno que tienen las ambulancias también es limitado.

Después de pasar la caseta continuamos por una carretera semivacía. Mentiría si dijera que conocía dónde se encontraba este pequeño hospital, que como tantos hospitales generales ocupa un pequeño edificio al pie de un camino casi olvidado. En ese momento en ese pequeño hospital se libraba una férrea batalla, y ya podíamos ver su rastro. A unas cuadras, antes de él, había filas de coches estacionados, con gente alrededor comentando la situación. Conforme nos acercamos más pudimos ver por lo menos 10 ambulancias esperando ingresar al hospital. Todas ellas estaban ahí para trasladar a las víctimas de la explosión, de ese hospital a otro. Adentro del estacionamiento había más ambulancias y más paramédicos esperando instrucciones. Cuando por fin sorteamos todas esas ambulancias estacionadas y pudimos entrar al hospital nos encontramos con que en el área de espera de urgencias se aglutinaban al menos 200 personas. Todas ellas esperando informes de lo que sucedía con sus familiares.

El olor dentro de la sala de urgencias era difícil de describir, era una combinación entre gasolina y carne quemada. Ese es un olor que no te abandona fácilmente. Hicimos contacto con el médico encargado del área de urgencias, y con un médico enviado por la secretaría de salud. Nos dijeron, como era de esperarse, que estaban haciendo todo lo que podían con los recursos que tenían. Hasta ese momento de la noche 14 pacientes de urgencias ya habían sido tratados y trasladados a la Ciudad de México, y 16 pacientes más esperaban ser trasladados. Nos contaron que en el lapso de unas horas, contando desde el momento de la explosión, habían llegado 30 pacientes graves. Los recursos humanos y físicos del hospital se vieron rebasados por la cantidad de pacientes, pero ellos continuaban a marchas forzadas dándoles atención médica. Quirófanos llenos, urgencias a reventar, médicos, enfermeras y personal administrativo trabajaban arduamente.

En el mundo de las emergencias existe un término especial para esta situación: Incidente Multi-Casualidad. Este término se refiere a una emergencia que rebasa los recursos que existen en determinado lugar para responder adecuadamente a ella. La situación en el Hospital General de Tula era, sin lugar a dudas, un incidente Multi-Casualidad. El Hospital General de Tula es un pequeño hospital que tiene 60 camas censables, y como la mayoría de los hospitales públicos funciona al 100% de su capacidad la mayor parte del tiempo. Lo anterior significa que su capacidad se vio rebasada de forma inmediata con el influjo de estos 30 pacientes. También cabe señalar que ese hospital no tiene una unidad especializada para pacientes quemados, ello hace que ante una situación como esta los pacientes tengan que ser trasladados a un hospital que sí cuente con los recursos especializados.

Imaginen el caos que se vive día a día en un hospital público, lleno de pacientes con necesidades diversas;  ahora multiplíquenlo por dos. Eso era el Hospital General de Tula. Para solucionar de manera eficiente los incidentes multi-casualidad se debe de establecer un centro de comando de incidente, que será el encargado de organizar los muy limitados recursos existentes para poder dar la atención necesaria a todos los afectados. Ello se hace clasificando el nivel de gravedad y tipo de atención que requieren los pacientes, y asignando recursos dependiendo de su estado de salud y pronóstico.

El sistema de comando de incidente tiene una función logística, más que de intervención, y él se instala con personal clave para la resolución de la emergencia. Durante más de tres décadas este sistema de comando se ha utilizado y ha probado ser eficiente. Él puede establecerse para resolver un accidente que involucre 10 lesionados en una carretera, cuando ello rebasa los recursos con los que cuenta el sistema de ambulancias, o para resolver desastres de gran magnitud como terremotos o ataques terroristas. Desafortunadamente este sistema de comando de incidente no fue establecido en el hospital de Tula, se mantuvo la organización con la que ya contaba el hospital y de esta forma se trató de resolver la emergencia.

Al darnos cuenta de lo que pasaba en el hospital decidimos que en lo que podíamos ayudar era en organizar a las ambulancias para el traslado de los pacientes a los diferentes centros hospitalarios de la Ciudad de México. Levantamos un censo de las ambulancias que se encontraban disponibles en el lugar y solicitamos al personal médico información de los pacientes que necesitaban ser trasladados. Después del censo supimos que aun cuando había 28 ambulancias en espera fuera del hospital, solamente 2 de ellas contaban con el equipo necesario para trasladar a pacientes en estado crítico. Esto era un problema sumamente serio. La gran mayoría de las ambulancias que ahí se encontraban no tenían los recursos físicos ni humanos para poder trasladar a los pacientes en estado crítico de forma segura. De acuerdo a la NOM 034 SSA3 2013 existen 4 tipos de ambulancia: de traslado, de urgencias básicas, de urgencias avanzadas, y de cuidados intensivos. En el hospital de Tula se necesitaban ambulancias de urgencias avanzadas o de cuidados intensivos. Dado lo anterior nos coordinamos con el sistema de urgencias del Estado de México y con la Ciudad de México para traer ambulancias equipadas de manera adecuada para trasladar a los pacientes restantes.

Poco a poco fueron llegando las ambulancias, que sí tenían los recursos necesarios, y poco a poco los pacientes fueron trasladados. Claro, no faltó personal de ambulancias problemático que no quería seguir la organización ya establecida. Pero problemas más problemas menos, empezamos a ver como disminuía la cantidad de pacientes que necesitaban trasladarse a hospitales con mayores recursos.

La mayoría de los pacientes fueron llevados a la caseta de la carretera México-Querétaro, y de ahí fueron transportados por helicóptero hacia los principales centros hospitalarios de la Ciudad de México. En cierto momento uno de los operadores de una ambulancia nos preguntó que iba a suceder con el equipo que llevaban los pacientes encima. No entendí su pregunta, pero después me explicó que los helicópteros se estaban llevando, junto con el paciente, el ventilador de transporte (la máquina que se hace cargo de la respiración de un paciente en esas condiciones) y en algunos casos el monitor de signos vitales. Ello estaba sucediendo así pues los helicópteros que se estaban utilizando para trasladar a los pacientes no todos contaban con su propio equipo. Una solución, usar el helicóptero, se convertía en un problema. Al llevarse el helicóptero ese equipo la ambulancia quedaba sin los dispositivos necesarios para realizar otro traslado. Nuestra respuesta fue que se coordinaran con el personal del helicóptero para que les regresara el equipo que se habían llevado. No solo habíamos tenido que hacer que ambulancias vinieran desde puntos lejanos del Estado de México y la Ciudad de México, ahora ellas únicamente podrían hacer un traslado y después quedaban inoperantes al menos por un par de horas.

Aproximadamente a las 3 de la madrugada, horas después de que llegamos al hospital, todos los pacientes que lo necesitaba ya habían sido trasladados. En el hospital de Tula solo quedaron pacientes que se podían manejar con los recursos allí disponibles. Mientras salíamos del hospital nos percatamos que los médicos, enfermeros, y personal administrativo estaban exhaustos, pero sabiendo que su jornada no acababa ahí ponían buena cara y continuaban su labor.

Regresamos a nuestra base de ambulancias en la Ciudad de México, y ya ahí reflexionamos sobre lo sucedido. He aquí una lista de los problemas principales que afectaron la resolución de esta emergencia:

  • No se instaló un sistema de comando de incidente en el sitio de la emergencia.
  • El hospital general de Tula continuó operando con su estructura establecida.
  • La falta de ambulancias con capacidad de traslado de pacientes en estado crítico.
  • La falta de insumos adecuados en ambulancias terrestres y aéreas.

Es obvio que un incidente de este tipo no puede ser planeado con antelación, pero sí pueden y deben de existir planes de acción establecidos para cada uno de los componentes del sistema de salud. Una emergencia así no se resuelve solo en el hospital, se debe de tomar en cuenta la fase prehospitalaria y la interhospitalaria. Como se vio aquí, las emergencias mayores se atienden en principio con los recursos que el sistema ya tiene en ese momento, en este caso los de un pequeño hospital general. Y después, conforme pasa el tiempo, se resuelven con recursos provenientes de otros lugares, o llevando a los pacientes a otro lugar donde sí se les pueda brindar la atención adecuada.

Una de las cosas que nos enseña Tlahuelilpan es que la Secretaría de Salud debe de invertir en la ampliación de la atención de urgencias, y aumentar la cantidad de camas disponibles en sus hospitales generales, para que sobre capacidad de cobertura. Si piensas en un hospital que funciona al 80% de su capacidad sabes que un aumento, de forma súbita, del 40% de pacientes no será un problema infranqueable. En cambio, si el hospital opera al 100% de su capacidad todo el tiempo, te encontrarás con situaciones donde no hay ni siquiera dónde colocar a los pacientes. Y estos quedan muchas veces en sillas, o en el suelo.

Finalmente, es importante recalcar que se debe de invertir de manera substancial en los sistemas de ambulancias. Es gravísimo que la mayoría de las ambulancias públicas que operan en el país sean de atención básica, y también que las ambulancias de urgencias avanzadas o cuidados intensivos no cuenten con el equipo necesario, como lo dicta la norma. Lo mismo aplica a los helicópteros que se utilizan como ambulancia. De la mano de esta inversión deben de establecerse mecanismos de inspección constante, para que se verifique que se cumplan los apartados de la norma oficial. No es raro que un municipio que compra una ambulancia no cuente con los recursos físicos y humanos necesarios para operarla. Y al final, recordemos que para que un incidente como el de Tlahuelilpan se solucione de manera adecuada se necesita organización y acción. Si no existe una organización adecuada para la solución de la emergencia, de poco servirán las acciones heroicas que se llevan a cabo en estos pequeños hospitales.

 

* René Palacios González es técnico profesional en urgencias médicas. Se ha desempeñado en organizaciones públicas y privadas como paramédico, y educador, durante los últimos 15 años. Actualmente es medico pasante de servicio social en la UNAM. Formó parte del equipo que atendió la emergencia tras la explosión en Tlahuelilpan.

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