El COVID-19 como una lección de vida
Leo, 32 años

Hace un año, por temas laborales, bebía y celebraba en un lujoso hotel de Miami. Hoy, en cambio, estoy en casa con mis padres, en Ecatepec, Estado de México y sin un empleo.

El COVID-19 me dio un duro golpe, que no solo me quitó un estilo de vida al que ya estaba muy acostumbrado, sino que me regresó a una realidad que olvidé que existía.

Lloré, me enojé y maldije cuando pasé a formar parte de las millones de personas que se han quedado sin trabajo, pero ahora empiezo a creer que esta pandemia ha sido un parteaguas positivo en mi vida. 

Desde pequeño viví carencias, por eso es que hoy disfrutaba como nadie de mi mejor momento económico y profesional, el cual comenzó desde hace un par de años. Fue bueno mientras duró. 

Trabajaba en el ramo de los consumibles para mayoristas, quizá los millones de pesos que vendía mensualmente para la empresa me impidieron creer que un virus proveniente de China afectaría a México y en particular a mi economía.

Lo acepto, mi buen momento me cegó y no le di importancia al tema, mucho menos me preocupe por ahorrar (de hecho eso nunca le he practicado), preferí seguir disfrutando el día a día. 

Pero la pandemia nos alcanzó y en tan solo un mes me bajaron el sueldo, luego me cambiaron de puesto y al final me corrieron. Solo hasta ese momento me percate del poder del virus. 

Ese día regresé a mi casa con una rara mezcla de sentimientos, en las que predominaba la vulnerabilidad. Por primera vez en mucho años, no era la persona segura y hasta soberbia, sino que me sentí indefenso y con miedo de no saber que vendría para mi. 

Llegué a casa, platiqué con mis padres y mis hermanos. Me tranquilicé, había olvidado lo que es el apoyo familiar. Me sentí cobijado y comencé a redescubrirlos. 

Ya son tres semanas de encierro con ellos y muy al contrario de lo que pensaba, puedo decir que esta situación ha sido para bien. 

Nuestra relación ha mejorado, somos más unidos, he dejado algunos vicios, además de que he aprendido a escucharme y aunque los miedos siguen, estoy seguro de que saldré más fuerte que nunca. 

De no haber sido por esto, por ejemplo, seguiría sin valorar el esfuerzo que hacen mis padres diariamente por sostenerse. Mi mamá vendiendo en varios tianguis de la colonia y mi padre como policía en el Metro de la CDMX. 

Ambos tienen más de 50 años y aunque a veces salen con miedo, les gana la convicción de seguir adelante. Virtudes que había olvidado, gracias papás por ser como son. 

Ahora más que nunca me siento orgulloso de lo que soy y de mis raíces. El desánimo viene y va pero no me detendrá, tengo una maestría por acabar y muchas metas profesionales por cumplir. 

A mis 32 años y por el momento que vivía creo que una caída así era necesaria para replantear mi vida. 

Me gusta pensar que adversidades se presentan como retos para comprobar nuestra fortaleza. 

No me rendiré, iniciaré desde cero y saldré adelante como las millones de personas que se encuentran en mi situación. 

Gracias vida por esta lección. 

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Enfermeras del hospital Juárez
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Migrando a un mundo mejor
Darío, 33 años, defensor de derechos humanos Casa del Migrante Chihuahua. Uno de Siete Migrando A.C.

“Hola, Darío, ¿cómo estás?”, me pregunto todas las mañanas. “¡Dale, hay que arrancar!”.

Un baño que despabile no viene nada mal. Una cumbita. Abro la puerta y estoy en mi lugar, mi lugar de trabajo y mi lugar en el mundo. Saludo a Esteban, Octavio, Eduín, Gustavo, Ashley, William, Horacio, Yolanda y a muchas personas que integran el albergue para personas migrantes.

En esta casa se unen mil historias, mil sueños, mil dilemas, mil enojos, mil alegrías que día a día tenemos que defender para que sigamos sonriendo.

La cocina comunitaria extraña a Carmelita, quien ya casi tiene 70 años y está resguardada en su casa para que después vuelva a desayunar con nosotros. 

Mientras nos organizamos para mantener la sazón, siempre aparece alguien que quiere ponerle un poquito más de azúcar al café. No soy yo, seguramente es Sara, mi amiga colombiana, pero me regañaría si le digo que su café ya tiene mucha.

A las 8 de la mañana ya estamos todos despiertos y debemos armar una rueda para distendernos y comenzar con la dinámica de la casa.

“¿Hoy pasa la basura?”, pregunto.

“No, mañana”, me contestan.

 “¡Buenos días a todos y todas!”, les digo.

Tatatatatatatatatatatata.

Ya no nos saludamos de mano, lo hacemos golpeando los pies contra el piso. Sí, la covid nos modificó el apretón de manos.

“¿Ashley puede decir las reglas del día?” Ella es la niña más pequeña de la casa.

“Paso 1, estornudo en el brazo; paso 2, toso en el otro brazo; paso 3, me lavo las manos, desinfecto y limpio todo para dejar los bichitos del coronavirus afuera de la casa”, responde.

Ahí viene Esteban, el más pequeño de la casa, que recién se despierta y exige hacer ranitas —o ‘Nanitas’, como él les dice—. Yo no puedo hacer diez, pero una o dos, puedo.

Café, tortillas, huevos revueltos y juguito para el desayuno de hoy. Al terminar comenzamos las actividades: los adolescentes se van a hacer su tarea para la escuela virtual. Sí, hasta tarea virtual nos deja la pandemia.

Niños y niñas van al área de niñez porque hoy hay Jenga para construir castillos, caminos y estudiar las letras del abecedario; luego, unos cuentos. 

Por cierto, si alguien puede recomendarnos una película se lo agradeceríamos. Ya vimos las de ‘Toy Story’, ‘El libro de Lila’ y muchas más.  

Por su parte, los adultos debaten en el patio quién va a cocinar; Jesús y Eduín están listos para pintar y terminar de armar el cuarto nuevo para familias.

Ya están los encargados del almuerzo y la cena, solo nos falta elegir quién pondrá la película en la noche. Me repiten que no me dejarán poner la historia de Boca Juniors. Yo les cuento un secreto: aquí todos les vamos al Boca Juniors. 

Al mediodía me apuro porque ya me llegó el mensaje de Andrea, una gran amiga, para entrar al curso virtual. Estamos capacitando en temas de migración; siempre surgen cosas por aprender y compartir. 

No voy a poder terminar el día sin enviarles un mensaje a mi mamá, a mis hermanos, a mi amigo Pato unas cumbias. Ine y Melina saben que les llegará un mensaje con stickers para decirles que las extraño. 

Todo esto debo hacerlo antes de las 8 pm porque en Argentina son tres horas menos. Cuando decidí migrar sabía que esto pasaría, que los extrañaría y que hoy los extraño mucho más. Ellos también están encerrados por la covid, pero todos sabemos que debemos seguir cuidándonos para poder defender nuestros sueños.

Buenas noches y sueñen, que mañana abrazarán a todos aquellos que aman.

Por mi parte seguiré migrando para tener un mundo mejor.

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Ver a un paciente recuperado te llena de fuerza para seguir
Braulio, rescatista del 19s y el primer filtro ante la pandemia

Soy Braulio Mejía y soy rescatista desde hace 18 años. Empezó como una oferta de trabajo cuando tenía 21 años, me lo ofreció una cuñada que trabajaba en eso, pero terminó como pasión. Hay cosas que te marcan como los sismos, pero sacar personas vivas muy lastimadas de un incendio o de un choque, eso también te impacta. No se te olvida nunca.

Estuve en las labores en el multifamiliar de Tlalpan que colapsó el 19 de septiembre de 2017. Rescatamos sobrevivientes, pero también cuerpos sin vida. Fueron jornadas sin parar, sin comer, sin dormir porque lo importante era sacar a la gente que seguía en los escombros. Si ellos resistían con vida, nosotros no podíamos detenernos.

Después de eso muchos recibieron diplomas, medallas, condecoraciones, pero lo que te queda es la satisfacción personal de haber hecho bien tu trabajo y salvar vidas y haber colaborado. Ahora ya no estoy haciendo labores de rescate pero sigo pensando en la posibilidad de volver, pero más preparado, con nuevas formas de aportar, por eso estudio una licenciatura en Recursos Humanos, y ya estoy por terminar. Quiero después hacer una maestría en protección civil.

A la par de ser rescatista también he trabajado en el ISSSTE por 20 años en admisión de pacientes, me toca asignarles cama para hospitalización, es un puesto administrativo y a lo mejor tu labor no se ve, ni es tan exponencial como los compañeros médicos o camilleros, pero formas parte de un grupo multidisciplinario y todos estamos dando todo para rescatar gente, ahora del coronavirus.

Yo trabajo 12 horas en cada turno. Al principio del contagio recibíamos 2 o 3 pacientes con síntomas, ahora tenemos hasta 12 posibles contagiados y sólo teníamos 4 camas para Covid. Una vez que ingresan no sabes qué pasará. De un momento a otro las cosas cambian, y a veces no te da tiempo de avisar a los familiares lo que les pasa en el momento.

A veces la gente no sabe cuál es la situación y piensa que nosotros lastimamos a su paciente o los hacemos sufrir, pero no, son circunstancias de la misma enfermedad. Cuando no sobreviven es triste porque no sólo son ellos sino ahí están sus hijos o hermanos en la sala de espera. Hemos perdido a familias completas, de tres o cuatro integrantes y es muy triste porque los que quedan no volverán a ver a sus familiares y no les puedes ni enseñar el cuerpo.

Después recibimos gritos, quejas o hasta intentos de agresiones porque la gente está muy exaltada, pero a veces te pones en su lugar y dices sí, ‘si fuera mi familiar también estaría desesperado por saber qué pasa’. Tienes que manejar tus emociones para seguirle cada hora, todos los días.

Pero cuando ves salir un paciente recuperado te da alegría y te llena de fuerzas para seguir, porque todos somos seres humanos y tienes miedo de contagiarte, pero te da gusto y satisfacción. Hay quien sale diciendo que le agradece a todos y aunque nunca los volvamos a ver ni sepan tu nombre, verlos irse te da esperanzas de que se puede y que vamos a salir adelante.

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Poner en riesgo tu vida y la de tu familia
Médico de Urgencias en el Hospital General Regional No.1, Dr. Carlos Mac Gregor Sánchez Navarro. 35 años

Sin lugar a dudas esta crisis sanitaria llegó a destapar todas las carencias en un sistema de salud colapsado y sobrepasado que durante años aparentó funcionar, orillándonos a trabajar con los insumos mínimos con los que cuentan los hospitales, mejor conocido entre los trabajadores de la salud como “medicina basada en lo que hay”.

Las autoridades mencionan que la tasa de mortalidad en México es mayor que en otros países y es comprensible cuando en los hospitales te enfrentas a diversas situaciones, entre ellas:

1) No contamos con un equipo de protección personal adecuado, recalcando que la mayoría de nosotros lo ha comprado

2) No se cuenta con los fármacos básicos para la atención de pacientes, mucho menos con ventiladores de calidad y suficientes

3) Bajas en el personal de salud: cada día disminuye el número de médicos y enfermeras para la atención de pacientes, ya que tienen incapacidad por enfermedad COVID-19, permisos durante la contingencia por enfermedad o salen de vacaciones y en consecuencia al menos en el servicio de urgencias, solo se ha contado con uno o dos médicos a cargo de todo el servicio por turno (habitualmente el nocturno), por lo que no nos damos abasto para valorar a todos los pacientes y para tratar de resolver este problema. 

En el caso de los médicos, se contrataron médicos generales, quienes no están capacitados para la atención y realización de procedimientos a pacientes graves y de alguna forma su trabajo se limita a la consulta. Existe una mayor carga de trabajo, así como tensión laboral y vendrán semanas más difíciles por lo que la interrogante actual es: ¿quién valorará a los pacientes las próximas semanas si el personal capacitado estará enfermo o en el peor de los casos muerto y todo porque las autoridades jamás dieron ni dan la importancia debida al cuidado del personal de salud?

Urge personal médico especializado suficiente en los hospitales, con equipos de protección personal como lo dictan las normas internacionales, urgen insumos básicos para la atención de pacientes y urge que las autoridades protejan al personal de salud y a los pacientes.

Y ya ni hablar de los problemas personales y familiares que ha ocasionado esta crisis sanitaria, ya no puedes ni salir a la calle por temor a que te agredan, lo peor que te puede suceder es que se den cuenta de que eres médico. Desde mi perspectiva lo más doloroso y difícil de esta crisis es alejarte de tu familia por miedo a contagiarlos, por lo que nos hemos visto obligados a quedarnos aislados en un cuarto, patio o algún rincón de la casa donde no tengamos contacto con nadie.

A final de cuentas tenemos que vivir esta crisis laboral, personal y social sin nuestra familia y es entonces cuando te planteas la posibilidad de renunciar, ¿para qué pones en riesgo tu vida y la de tu familia?, si las condiciones de trabajo no son adecuadas y ni siquiera cuentas con lo mínimo necesario para desempeñarte. 

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Me quedé encerrada, vi un parto de gatitos y fue un acercamiento a la vida
Alejandra Valenciano (@ciclopensante). 30 años. Estudiante de posgrado en desarrollo sustentable, en el Centro Universitario de la Costa, Puerto Vallarta, Jalisco

Karen, llegó la hora de parir… y no te necesito”. 

Eso pareció decir Colorina, la gatita calicó que eligió nuestra casa, en Puerto Vallarta, como espacio seguro para dar a luz.

Entre mi novio Poncho y yo, soy como el papá que dice: “no quiero otro animal”, y tres doritos después ya somos seis gatos, dos perras y dos humanos, pero ¿qué más hacer? Ni modo de dejarla afuera cuando, desde antes del embarazo, ella ya nos había adoptado.

***

Semanas antes Chimuelo, nuestro gato negro de un año, la invitó a pasar. Fue como cuando llega el morro de la secundaria y dice “mamá, traje a unos amigos” e hice lo que habría hecho mi mamá: sacar el pozole para todos.

Tal vez si no le hubiera servido el pozole habría seguido su camino.

Después de eso sus visitas se hicieron frecuentes y la hallamos un par de veces agazapada en las esquinas de la casa. Al verse descubierta huía para después volver.

Sabemos que sus dueños son unos niños de 10 y 8 años que viven en la cuadra, se la llevaron cargando varias veces, pero no es tonta, ningún animal lo es, al llegar a la esquina ella volvía con nosotros.

“Se me hace que está embarazada”, dijo Poncho días después de que le empezamos a servir de comer a diario y la veíamos engordar y engordar. Hablamos sobre llevarla al veterinario, no es una decisión sencilla hacerte responsable de un animal que no es tuyo, pero ella, al buscar un lugar seguro para sus gatitos, ya había resuelto que nosotros seríamos los gestores de su parto.

“¿Qué le reviso? Estos son bebés y en unos siete días nacen”, nos dijeron en la veterinaria “Lady Can” y nos mandaron a casa con las recomendaciones básicas: denle de comer, manténgala hidratada y déjenla entrar a su casa porque los gatos machos suelen matar a los cachorros para que las gatas entren en celo.

No nos lo dijeron dos veces.

Llegamos, acondicionamos el estudio y a esperar el parto.

***

“Hoy van a nacer”, dijo Poncho un sábado por la mañana antes de irse a trabajar. Y tuvo razón. Él quería estar con Colorina, pero chamba es chamba.

Ese día yo estaba medio en depresión de cuarentena y sola en casa, así que me dije: “si te vas a poner a chillar, mínimo que la casa esté limpia”, y ahí andaba yo barriendo y trapeando al ritmo de Ases Falsos, una banda chilena que me gusta mucho.

Entre lagrimita y trapazo, me asomé al estudio y vi que Colorina ya había elegido un petate enrollado que le compré a los vendedores de playa que se quedaron sin clientes y se van a vender casa por casa en la ciudad.

“Esto ya comenzó”, dije y moví un poquito el petate para tomar algunas fotos y verificar cómo iba el parto; en realidad no había nada que hacer más que proveerle un ambiente fresco, le puse agua, cerré la puerta para que no la molestaran las perritas y seguí la limpieza, asomándome de vez en cuando para ver cómo iban.

A la media hora ya había tres gatitos y, de último minuto, nació el cuarto.

No soy mamá, pero creo que se puede equiparar al nacimiento de la vida humana: primero eres una bolita de carne, no sabes nada y ahí está tu mamá, te limpia, te cuida y lo único que sabes es que tienes que mamar una chichi.

En el caso de los gatos, puedes ver cómo evolucionan rápido. En un inicio ni siquiera tienen sus ojos y orejas abiertas, sólo quieren comer y la mamá pasa de estar disponible todas las horas para amamantarlos, a cómo ahora de repente los deja solos y sale a tomar el sol al jardín.

A veces están llorando y maullando y es la broma con ella “ve a atender a tus niños” y ella parece responder “no, que se aguanten”.

Ahora que están más grandes y ya abrieron los ojos empiezan a caminar. Es chistoso porque ya quieren pararse y caminar, son gatitos que gatean.

En la medida que ellos tienen pasos más firmes, la mamá dice “necesito un brake”.

Su relación de hermanos es un poco como la de los humanos: con ellos aprendes un montón de cosas, son los primeros compañeros en todo, se muerden las orejas y exploran su pequeño mundo.

Es bonito ver esta evolución. Van a venir épocas difíciles de cuatro gatos vagos, pero es una gran experiencia para la cuarentena. Como tesista de maestría, mi vida no era muy diferente antes, pero era difícil porque me regía por esta “normalidad productiva”, esa necesidad de sentir que todo el tiempo estás haciendo algo.

Ahora que me quedé encerrada, vi un parto y fue un acercamiento a la vida, uno muy bonito y natural, sin mediadores y ahora tengo una compañera, porque mientras Chimuelo es como un adolescente que duerme todo el día y vaga por las noches, Colorina me acompaña a lavar la ropa, a recoger la casa, a estudiar.

Está ese mito de que los gatos son súper independientes, pero también necesitan un hogar. Como Colorina y sus cuatro gatitos.

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La vida en una misma caja
Julio González, periodista y estudiante de maestría 28 año

Decía mi hermana que su esposo es de esos sujetos que sabía separar perfectamente el trabajo del hogar: cada problema en su cesto; cada pendiente en su cajita; cada batalla en su terreno. Pero resulta que hoy en día el cesto, la cajita y el terreno durante el asilamiento es el mismo pero desordenado… al menos el mío, no sé si el de mi cuñado.

Escribo estas líneas a manera de terapia. No importa el tiempo que “pierda” escribiendo una reflexión personalísima, seguro de que más de un puñado de personas pasan ciertos días sin poder concentrarse porque el fantasma del born out anda haciendo travesuras en la cabeza y a veces esas travesuras son necesarias porque pienso que quienes dedicamos los días de la cuarentena extendida a tomar clases de maestría; a trabajar en proyecto; a avanzar en otro encargo laboral; a sacar las tareas que los profesores dejan para casa –ajá– y la convivencia con quienes compartimos el confinamiento finalmente agotamos nuestra cabecita. 

Y, bueno, luego viene la ansiedad. Uy, la ansiedad alimentada de la angustia por no tener todo a tiempo, porque algunos somos obsesivos y no nos gusta incumplir con las tareas o pedir prórroga de entregas, porque este mundo nos ha dado de chicotazos para que no fallemos, para que destaquemos por nuestra productividad… porque no nos permitimos cometer errores o mandar un correo al respecto con una excusa sincera. Qué esperanzas.

¿Cómo separar los problemas, los pendientes y las batallas que antes lográbamos colocarlas en tiempos-espacios distintos cuando los días parecen tan iguales y pasamos sentados tantas horas en un mismo metro cuadrado para lograr todo aquello que nos propusimos antes de que el mundo cambiara? No lo sé… y no pienso desgastarme piense y piense en una respuesta concreta porque esto nutriría el fantasma que baila al ritmo de las guitarras de los Vaccines, mientras escribo, mientas espero sanar con las palabras, mientras el mundo espera una vacuna.

No les robo más de su tiempo. Me voy de aquí, para quedarme en el mismo lugar.

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Nos vamos a levantar
Luis Enrique, 29 años, peluquero

La zona rosa está muerta. Es un desierto ahora mismo: los restaurantes, las plazas comerciales, las tiendas, todo está cerrado. Y, claro, las estéticas y las peluquerías también cerraron, o corrieron a la gente porque no hay clientes a los que atender. 

Yo perdí mi empleo hace algo más de un mes, cuando empezó fuerte la pandemia del coronavirus en la ciudad. Desde entonces, la situación ha sido muy complicada para todos. Aunque para los que dependemos de la clientela, de la gente, creo que ha sido un poco más. 

En mi caso, muchas oficinistas de Reforma iban al salón a peinarse muy temprano. Ya era una rutina de trabajo y un ingreso casi seguro. Pero, ahora, la mayoría de la gente que trabaja en oficinas lo hace desde casa. En jom-ofis. Así que ya perdí esas clientas y ese ingreso. Además, mucha gente prefiere no cortarse el pelo hasta que pase esto del virus. Porque, ahorita mismo, para qué quieren arreglarse si no pueden salir de casa. 

La mera verdad, sí me ha cambiado mucho la vida en poco más de un mes por el mentado virus. Apenas me alcanza para comer y lo justo para ir tirando. Se acabaron los lujos, las ropas, los tenis nuevos. Aunque, pensándolo bien, para qué quieres ropa nueva si tampoco puedes salir a lucirla a ningún sitio, ¿no? 

Ahora sobrevivo con el poco trabajo que me sale para ir a domicilio. Yo me desplazo a donde me digan, no me importa la distancia. Los costos los voy disminuyendo como puedo. Por ejemplo, viajo siempre en metro, en camiones, o hasta en los peseros. Me da igual. Ahí veo cómo le hago. Pero no me puedo dar el lujo en este momento de perder ni un servicio, aunque esté lejos de la chingada. 

¿Miedo? Sí, claro que tengo miedo. Me da mucho temor contagiarme. Por eso siempre llevo puesto el cubrebocas, guantes, y me lavo las manos antes y después de cortar el pelo al cliente. Siempre.

Aunque casi me da más miedo que, en una de esas que voy en el metro o en combi, me asalten. Dicen que ahora, por la misma falta de trabajo y la desesperación de la gente, están robando mucho en el transporte público y en la calle. Eso me preocupa mucho, porque yo voy con mi maleta llena de herramientas de trabajo y de productos químicos de belleza que son muy caros. ¿Te imaginas si me asaltan? Entonces si que no sabría qué hacer.

Cuando esta pesadilla acabe mi idea es volver a trabajar en un salón de belleza. Recuperar mi vida, pues. Espero que todo se restablezca poco a poco, aunque va a estar difícil que todo sea normal, como era antes.  

Pero me gusta pensar que sí. Que cuando por fin volvamos a las calles, va a ser un gran momento para todos, un gran alivio. 

Esta pandemia también nos ha dejado una gran enseñanza y es que los mexicanos, como pasó con el temblor de 2017, no nos quedamos con los brazos cruzados y a ver qué pasa. Nosotros siempre tratamos de buscar alternativas por dónde sea, y sobrevivir. Porque no hay de otra. Tenemos que sobrevivir, levantarnos. Y aunque no será de inmediato, creo que sí lo vamos a lograr.

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Nos dicen todo el tiempo “esa enfermedad no existe, ustedes lo mataron”
E.O., especialista en Medicina de Urgencias

Mi nombre es E.O., especialista en Medicina de Urgencias laborando en un hospital del IMSS.

Ya desde algunas semanas el ambiente de trabajo se percibe tenso. Desde que sales de casa, observando que hay mucha gente en las calles, algunas cascaritas en centros deportivos, se ven sanos, se ven despreocupados... en contraste está la angustia de unos viejos queriendo vender algunos dulces, algunos cigarrillos, se ven desolados, se ven preocupados. 

Inicia la rutina en el hospital. Nos saludamos con la mirada, alguno que otro codazo, con mucha incertidumbre dividimos actividades, hay que vestirnos de la cabeza hasta los pies, entre compañeros solo nos reconocemos por la voz, transcurre el tiempo, es agobiante es agotador.

Van llegando pacientes que médicamente me sorprende que estén de pie. Se pasa al área especial, mi compañera explica al familiar la gravedad del padecimiento y la necesidad de apoyar a su paciente con un ventilador mecánico...la familiar, escéptica, dice que trajo a su paciente solo por tos y que no lo ve grave, que solo necesita un poco de oxígeno. 

Sin más, el paciente se fatiga, su semblante de angustia de desesperación por no poder respirar. 

Culmina en un desmayo. 

Nos movilizamos haciendo equipo logrando conectarlo a un ventilador mecánico. Se solicita una simple placa de rx de tórax, se revisa y es increíble que no haya ningún espacio donde pueda entrar el aire. 

Es decepcionante, porque a pesar de los esfuerzos el paciente muere.

Al notificar al familiar este se muestra molesto, frustrado, refiriendo que seremos demandados porque acabamos de matar a su paciente, “y no me digan que tenía coronavirus, esa enfermedad no existe, ustedes lo mataron“. 

Fuera del estrés, fuera del cansancio físico, fuera del cansancio emocional, lo que realmente es preocupante, lo que realmente hace que se doblen las piernas, es esta parte moral que mi linda patria ha perdido, ya no somos solidarios, ya no somos empáticos, ya no somos humildes, ya no somos respetuosos... Dios, ayúdanos a todos, guíanos y protégenos.

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Pasé de ser una mujer que vivía sola a mediar entre tres hombres
María Hernández, 30 años, periodista feminista

Nunca había vivido rodeada de hombres. Apenas preparaba la casa (y mente, supongo) para vivir con uno, El Novio, y se atravesó una pandemia. Llevaba un mes confinada en mi departamento, con una oficina instalada en el comedor, trabajando a distancia y coordinando a un nuevo equipo cuando mi papá soltó un “¿y si te vienes con nosotros?”.

Tardé un día en platicarlo con El Novio, decidir que sí me iría con mi papá y hermanos, empacar para dos semanas que se convertirían en cinco (y contando), regar las plantas y despedirme de la guarida que recién descubría un mes atrás cuando una fuerte infección en la garganta me sacó de la redacción donde trabajo. Han pasado casi 70 días desde entonces.

Así, en un mes pasé de ser una mujer que vivía sola y estaba al menos 10 horas al día trabajando fuera de casa, a ser editora desde mi comedor, para después convertirme en quien ayuda en las tareas de secundaria a un hermano, inventa estrategias para equilibrar el tiempo dedicado a videojuegos y media entre tres hombres, mientras hace periodismo digital por la misma decena de horas al día y tiene que dormir siempre con pijama porque comparte habitación con un adolescente de 13 años.

Solo había vivido con Fran, mi hermano de ahora 25 años, durante nuestra infancia y mi adolescencia; desconocía la experiencia de cohabitar con hombres y ahora lo hago con tres en etapas de vida totalmente distintas, en otro estado, a cuatro horas de mi casa. Mientras los disfruto y me sorprenden, extraño muchísimo al que yo elegí para compartir vida. El Novio se quedó en la CDMX trabajando, dando clases y enfrentando su Everest: la tesis de maestría. 

Nos hemos ido descubriendo, acomodando los roles en la casa según nuestras necesidades y gustos. Papá nos despierta con el ruido de la caminadora alrededor de las 7 y luego se va a trabajar al IMSS, donde es funcionario; vuelve cada tarde después de las 5 y come en casa. Es diabético y mayor de 60 años, pero “alguien tenía que quedarse en la oficina”. Suele jugar al papá soltero superhéroe, pero estar acá es el modo que hallamos Fran y yo para cuidarlo. Se ejercita mucho, evita carbohidratos y el sabor de la estevia es el único dulce que estimula la punta de su lengua. Tiene miedo. Tenemos. Hace un año y medio casi muere por una peritonitis. Conocemos de cerca la sensación que buscamos evitar a toda costa.

Hay un atomizador con agua clorada en la entrada que luce pares de zapatos junto a la puerta para calmar la imaginación y fantasear con un coronavirus que no entra a casa; cubrebocas de tela para todos cuelgan del llavero sobrecargado; todas las personas que vivimos aquí hemos explotado al menos un par de veces, en público o en privado.

Tomo terapia en línea una vez a la semana. Me empiezan a rebasar la falta de tiempo y espacio solo para mí, el celibato forzado, la creciente carga de trabajo, la preocupación por un equipo que sigue saliendo de su casa para ir a la redacción todos los días y por mis amigas periodistas jugándosela en las necias conferencias presenciales. 

Espero que falte poco para volver a inventarnos una normalidad; mientras tanto, confío en lo reconfortante del reencuentro que nos espera.

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Carta desde el penal de Chiconautla
Lucila, 56 años
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Aceptamos la dura realidad, este año no nos vamos a casar
Ana y Alejandro

Todo comenzó el fin de semana del 14 de marzo. Yo (la novia) había ido a Durango a una despedida de soltera con mis amigas mientras que el novio tenía que trabajar en una espantosa cobertura obligada del Vive Latino. Nuestra boda estaba programada para el 20 de junio en Tepoztlán.

En esos días fue cuando el coronavirus verdaderamente llegó a México, no con casos sino con temor, especulaciones y un panorama menos positivo. También el problema mediático de la irresponsabilidad de llevar a cabo festivales de música y la falta de medidas de seguridad en los aeropuertos. 

Nuestros padres y familiares de México estaban optimistas a que esto no sería tan grave como en Europa, mientras que nuestros hermanos que viven en España fueron más tajantes: cancelen todo que esto va para largo.

Pasamos por todas las etapas del duelo. Nos dijimos que faltaba mucho para junio y que la contingencia iba a terminar pasando Semana de Pascua como decía el Gobierno. Luego nos enojamos y le echamos la culpa al que supuestamente había comido murciélago en Wuhan. Durante la negociación contemplamos mover sólo unas cuantas semanas la boda sin que pasara a mayores. Por último nos pusimos tristes y aceptamos la dura realidad, este año no nos íbamos a casar.

Lo más complicado fue convencer a los proveedores. Ellos no habían pasado por el duelo en sus negocios y estaban convencidos de que el 20 de abril volverían a realizar eventos. Hasta nos dijeron “afortunados” porque “todos se quieren casar en junio y julio” porque todo volverá a la normalidad en esas fechas.

Al final, conseguimos aplazar la boda. Preferimos casarnos con calma, disfrutar el proceso y que ningún familiar ponga su salud en riesgo. No nos importa cuándo el Gobierno levante la cuarentena y sea “legal” tener una fiesta con muchas personas, queremos estar sin preocupaciones y vivir un momento de celebración.

Sólo quedaba lo más molesto: avisarle a todos los invitados, muchos de ellos, que ya tenían vuelo y hotel reservado porque vendrían del norte del país. Pero bendito Facebook que por fin fue útil y con una publicación y una foto pudimos darle carpetazo al tema. Esto nos dejó más tiempo para convivir, sobrellevar la frustración y navegar la pandemia juntos. Curiosamente, los mensajes de apoyo en redes sociales resultaron ser mucho más alentadores de lo que pensábamos y agradecemos a todos los que se han preocupado por nosotros.

Siempre que nos entran las dudas acerca de si fue la mejor decisión, sólo volteamos a ver la preocupación de los novios que se casan en agosto. Eso sí, si llega a haber un nuevo brote el siguiente año, ya estamos mentalizados para una boda con guantes y cubrebocas.

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Un día a la vez. Como nos enseñó mamá
Susana. Social Media Manager, 30 años

Las visitas al Hospital General de México, en la colonia Doctores, comenzaron en noviembre de 2019, cuando mamá fue diagnosticada con cáncer. A pesar del miedo y la incertidumbre, mi familia y yo decidimos ser valientes y apoyarla con todo para seguir el tratamiento, que incluía procedimientos que nos daban mucho miedo: quimioterapias, radioterapias y braquiterapias. Durante enero y febrero, mi hermano y mamá acudieron diario al área de oncología del hospital. Y durante ese par de meses, escuchamos cómo se desarrollaba la narrativa de una pandemia que, en teoría, amenazaba con afectar a todo el mundo. 

Hasta ese momento, el virus existía, sí, pero no en nuestra realidad, no en nuestra mente. No en nuestra historia. 

Recuerdo que uno de esos días, mi hermano comenzó a tener miedo del Covid-19. Y ahora sé que le mentí. “No, Uba, ese virus no nos va a afectar. Además, para esas fechas no vamos a estar en el hospital”, le dije. Pero en ese momento, nunca imaginé que un virus fuera tan peligroso como para detenernos, a nosotros, a nuestra ciudad. Le dije que no teníamos por qué pensar en ese escenario desastroso en el que mamá estuviera en el hospital junto a pacientes infectados. Pero eso fue lo que pasó. 

En teoría, ella terminaría su tratamiento en marzo. Pero las cosas se complicaron. A finales de ese mes la acompañé para que recibiera atención médica de urgencia. Durante 9 horas, mientras esperábamos una habitación en la Torre Quirúrgica, vimos lo que hasta ese momento solo conocíamos por redes sociales. Médicos que corrían, familiares que no sabían qué era lo que sucedía con sus pacientes, personal en trajes blancos que parecían el vestuario de una mala película de ficción. Los pocos que estábamos en esa sala por otras cuestiones nos veíamos, desconcertados. 

Fue cuando decidí avisarle a mis amigos sobre lo que estaba viviendo. Pero no fue fácil. Si bien buscaba un poco de consuelo en mi red de apoyo, nuestras realidades eran muy diferentes. Ellos temían de salir a la tienda y contagiarse. Y yo también tenía miedo, pero estaba en un hospital, salía diario, usaba el transporte público diario, igual que mi papá, igual que mi hermano. Nosotros teníamos miedo de perder a mamá, y aparte, de contraer el virus. 

Entonces, aumentamos todas las medidas de precaución posibles. No nos quitabamos el tapabocas ni para dormir. Desinfectamos todo lo que tocaba mamá. Usamos caretas de todos los materiales posibles. Llegar a casa significaba quitarse toda la ropa, no tocarla, mandarla a la lavadora y bañarnos de inmediato. Y no nos veíamos. Como entraba uno, salía otro. Y de alguna u otra manera, dejamos el virus de lado. No aflojamos ninguna medida pero en poco tiempo nos acostumbramos. Yo acepté que eso estaba pasando. Y cuando lo hice, todo fue un poco más sencillo. Creo que nos dejamos llevar por la incertidumbre y solo luchábamos un día a la vez. Un día a la vez.

Después de un breve descanso, regresamos al hospital a mediados de abril, día y noche. Recuerdo lo impactada que me sentí de regreso a casa en un domingo, después de una noche en unas bancas terribles. Subir al Metrobús y encontrarlo vacío a las 8:00 a.m. Pasar por la Alameda y no ver a ninguna persona andando por la calle. Nunca me había sentido tan sola en esta ciudad. 

Con el paso de algunos días, ver pacientes de Covid-19 en las pasillos del Hospital General ya era algo común. Ya no nos causaban miedo. Tal vez influyó que los médicos y enfermeras trabajaban sin ningún contratiempo. Al contrario. Siempre cuidaron que mi madre estuviera en las mejores condiciones posibles. A pesar de la escasez del personal, sabían organizarse para que todos los especialistas pendientes del caso estuvieran en tiempo y forma. Sabían lo que tenían que hacer y me consta que lo dieron todo.

Mamá se fue el 10 de mayo, a las 10:00 a.m.Y no, no fue por Covid-19. Ella se fue en paz. Sin funerales. Para las personas introvertidas como mi familia y yo, el virus nos ayudó a que todo fuera relajado. Eso sí, no podíamos estar más agradecidos con todos los que nos ayudaron, desde médicos, enfermeras, camilleros, hasta familiares, amigos, compañeros del trabajo. Todos nos hicieron sentir muy afortunados. 

Y después de sentir el vacío inevitable, me di cuenta de la lección. Algo que le importaba a mamá que aprendieramos. La muerte es inevitable. “El peligro de estar vivos”, canta Fito Páez en “A lado del camino”. Y la realidad es compleja. Sismos, virus, crisis climáticas, gobiernos sordos. ¿En verdad existe un momento o un lugar dónde nos encontremos a salvo? ¿Acaso no vivimos en la vulnerabilidad perpetua? Y entonces, ¿cuándo vamos a ser felices? ¿Hasta que podamos salir a bailar? 

¿Y si eso no sucede? ¿Cuándo aceptaremos que todo cambia? Sé que para mi familia y yo, la normalidad nunca va a regresar. Y no somos los únicos que tendrán que pasar por un proceso de duelo. Pero estamos tranquilos. Con botellas de gel y muchos, muchos tapabocas, sabemos que este tiempo pasará. Y mientras tanto, disfrutaremos cada día con lo que tenemos. Un día a la vez. Como nos enseñó mamá. 

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Un encierro que libera
Norma Luz, 34 años, periodista y psicoterapeuta

¿Por qué la gente está comprando papel de baño? Hay que quedarse en casa indefinidamente. Ya despidieron a varios en tu trabajo. (Ay goei). Consume noticias sin parar. Alármate pero no veas los videos donde la gente se desploma o saca a sus muertos a las calles. Siente la presión en el pecho. Come chatarra salada en el día y helado con barquillo por las noches.

Ya sabes cómo se contagia y qué hacer para disminuir el riesgo. Asómate todos los días por la ventana y, entre dientes, miéntale la madre a los transeúntes que siguen muy campantes mientras tú te asfixias en tu cuarto, la sala o el comedor donde trabajas, duermes y comes sin un orden específico.

Ahora vuélvete hiperproductiva. En los siguientes 40 días conviértete en tu mejor versión con dietas, ejercicios, idiomas, huertos en casa, manualidades y tesis acabadas. 

Ay no. Mejor revísate de tus emociones. Frustración, hartazgo y ganas de botar todo lo que te demanda normalidad. Maldice diario. Llora mucho. Pídele a tus diosas que esto acabe ya por favor.  

Mientras lo escribo, revivo la vorágine de sensaciones y pensamientos surgidos durante mis primeros 20 días de cuarentena en los que se me encimaron los soles en las lunas, trabajé como autómata, me hundí y luego di lugar a lo primero que se me ocurrió rescatar de mi rutina: la clase de ritmos africanos modernos transmitida cada miércoles por YouTube.

La primera semana sudé mucho y me cansé más. Me recordé minuto a minuto que eso nos pasa a los que no hacemos ejercicio desde chicos; me culpé por no sonreír y no tener la actitud que profesa Bárbara de Regil. 

La segunda y tercera me propuse hallarle el gusto y no parar. A la cuarta desperté, me metí la ropa deportiva, calenté los músculos con el maestro como guía, bailé la primera coreografía completa sin asfixiarme y con toda la cursilería que esta frase implica, la magia sucedió.

Me habité libre. Valiente. Natural. Divertida. Rítmica. Poderosa. Auténtica.

“Moví el esqueleto”, como dice Manyanga —profesor y bailarín mozambiqueño—, pero también moví el alma. Algo en mi interior se sacudió y me retiró la pesadez de los mandatos masivos de superación y de los estereotipos de belleza inalcanzable. Me miré al espejo y meneé para mí las caderas, las piernas, el pecho, la cabeza. Me encontré diciéndome: ¡Dale hija!

Luego vi que mis compañeros de clase subían sus challenge de baile que se estrenan cada martes a Facebook y me dieron ganas de hacerlo también, pero… No. ¿Qué van a decir de mí? Mejor no. 

Los días siguientes seguí en mi anonimato, pero con algo dentro repitiéndome que nos merecíamos más.

NL 1: Normita Luz has estado practicando como nunca, te mueves, lo gozas, estás viva y sana, ¿qué más da?

NL 2: ¿Sí, verdad? Pero, ¿ya viste cómo bailan los demás?

NL 1: Ajá, lo hacen increíble, ¡y nosotras también!

Y sí, lo hice. Reproduje el video 16 veces antes de publicarlo pues me costó hacer las paces con lo que veía: una mujer de talla y sonrisa grandes que se expondría al crítico mundo de las redes sociales. 

La auto compasión surgió después de cada play y me hallé hermosa; caí en la cuenta de que, mediante la danza africana, mi esencia estaba floreciendo también. “Tu video está listo. Ya puedes verlo en la sección de noticias”. Aspiré; me quedé frente a la computadora y esperé la primera reacción.

En menos de 10 de minutos llovieron los “Me encanta” acompañados de comentarios amorosos y de admirada curiosidad. Lloré otra vez, ahora en signo de rendición y agradecimiento. Reflexiono y veo que las ideas de bailar para no enloquecer y de subir videos para reconciliarme conmigo surgieron en medio de esta situación de aislamiento. Nunca sabré si de otro modo me hubiera animado a hacerlo, supongo que no.

Ya pasó un mes desde aquel día. En cada nueva entrega, la dosis cariñosa y aceptante se incrementa y como lo hice desde la primera, ahora estoy eligiendo la ropa, el maquillaje y los accesorios que quiero para salir a escena por quinta ocasión. Me gusta saber que yo escojo lo que quiero para mí.

Creo que no controlamos el momento exacto para romper nuestros paradigmas, pero sí siento que cuando pasa, se nos cristaliza el poder de decidir si regresamos al cascarón quebrado de lo conocido o si evolucionamos y echamos al viento aquello que nos aprisiona.

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Me despidieron y ahora estoy en modo superviviente
Mario Marlon, 42 años, exempleado

No me malinterpretes. Yo soy un guerrero, toda mi vida lo he sido. Y voy a seguir luchando. Pero esto del coronavirus sí me ha pegado fuerte, para qué te miento. No sé. Estoy deprimido, ¿sabes? Como enojado. Harto. Y ahora, además, estoy en la calle. Literal. Estoy en la pinche calle pidiendo a estas amables señoras que me regalen un taco.

Ojo, tampoco me estoy muriendo de hambre. Tengo todo bajo control. O bueno, eso creo. Pero, por si las dudas, y como aún no sé dónde voy a dormir esta noche, ni si voy a poder comer más al rato, pues aprovecho que una oenegé está repartiendo comida gratis a las sexoservidoras del barrio. Me da pena, pero ni modo. El hambre es canija y ahora estoy en modo superviviente, así que tengo que administrar muy bien mis energías. 

¿Qué cómo me quedé tirado en la calle? Je. Pues por una cadena de contradicciones. 

Básicamente yo lo resumo así: vine de Monterrey a la ciudad a buscar chamba. La encontré en una empresa de cobranzas que está ahí por Reforma, cerca de la Zona Rosa. Como a los tres meses, ¡pum!, la pandemia. La empresa cierra y nos corre a todos, dizque como medida de contingencia por el virus. Resultado: me quedo sin lana y ya no puedo pagar la renta del departamento. Hoy el casero me dice que ya me chingué y que me saque con todo a la calle. Todo. Y pues aquí me tienes. Arrinconado a pedir un taco, a mendigar, y a exponerme más al virus del que, supuestamente, mi empresa me quería proteger. ¿Apoco no es una contradicción?

Acabo de salir de la alcaldía Cuauhtémoc. Fui porque por la zona del Metro Revolución tienen un albergue para la gente en situación de calle. Pero me dijeron que ya está lleno, que no tienen ni una cama. Así que me anotaron en este papel un par de direcciones de otros albergues y voy a probar suerte. 

Desde que llegué estoy solo en la ciudad y tampoco tengo lana para regresar a Monterrey. 

Aquí contaba con un par de cuates, de conocidos, vaya. Aunque entiendo que tienen sus necesidades, sus broncas. Y con la cuarentena, ¿quién quiere meter a un casi extraño a su casa? Así que ni un colchoncito tengo para dormir en el piso. Ni un sofá. 

Por eso, me echo el taco y me voy rápido a buscar el albergue. 

Al menos quiero garantizarme un techo esta noche. Y mañana, ya veré cómo le hago. 

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Superar la pesadilla: la recuperación de un mexicano con COVID-19 en NY
Joan Solís, un músico mexicano radicado en Nueva York.
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El reclusorio Oriente es una bomba
Arnulfo, preso liberado el 15 de abril. 50 años, nacido en Neza

Soy de las primeras personas que liberaron supuestamente por el coronavirus. Pero no es así. Yo había tramitado mi beneficio penitenciario desde hacía un año. El día miércoles, para amanecer jueves, nos mandaron a hablar a 25 del reclusorio Oriente. Resulta que nos dieron nuestra libertad y luego la jefa de Gobierno dijo que nos sacaban por la COVID-19. 

Pero no es cierto. Hace un año que solicité mi remisión parcial, que por cada dos días de trabajo se me quitase uno de cárcel. 

Fui condenado a seis años, llevaba cuatro de trabajo, así que pedí que me quitasen uno. Pero cumplí cinco años y tres meses. Durante todo este tiempo hubo negligencias en los juzgados. Yo puse escritos de protesta, incluso fui a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. 

Me he dedicado al robo de vehículos. Yo era algo especial, ¿sabe? Pero cuando me condenaron a cuatro años me decidí a estudiar y me metí en el programa contra las adicciones. 

El 19 de marzo tenía mi audiencia. Pero la paran el 18, por el coronavirus. Nos dejaron paraditos para pasar la raya. 

Pasó todo este mes y el miércoles nos llaman para la notificación. Nos dicen que hicieron las audiencias a puerta cerrada y hoy tienen su libertad. Así que no es por la COVID-19.

Ahí dentro estaba que ardía. El miércoles 15 había hecho ocho días que sacaron a dos personas sin vida en camillas. Eso no se había visto nunca aquí. Ahí nos quedamos el amigo Tony, el cubano, y yo, paralizados. 

Estas cosas no se ven en este tipo de prisiones. 

Todo empezó cuando llegó un extraditado de Estados Unidos, que venía contagiado. 

Montaron una carpa en el centro, pero no la están usando. 

Llegó Hazael, el subsecretario del sistema penitenciario. Vinieron con un grupo de personas a fumigar. Según ellos estaban sanitizando, pero fumigaban como si fuera para dengue o combatir las chinches. Y eso no sirve. Nos fumigaron como si fuéramos cucarachas. 

Yo ya soy libre. Pero me siento en un compromiso con los amigos y compañeros. Nos hicimos un paro, nos ayudábamos, nos compartíamos una bolsa de papas, una cubeta de rancho. Ahora ellos están expuestos.

Hace poco enfermó Martín, no sé cuál sea su apellido, pero tendrá 55 años. 

Cuando yo estaba lo vi y ya había empezado lo del Covid. Lo saludé, lo abracé, le dije si quería agua. Me dijo que le habían rechazado en hospitales, que no lo querían. 

Han trasladado a los del dormitorio 8, en el que yo estaba. Los pusieron en calzones y los dejaron en pelotas. No les llevaron alimentos ni agua y la gente tuvo que pedir de comer.

No hay medicamentos en el reclusorio oriente, una pastilla de ibuprofeno son diez dólares. No les atienden bien, la comida y el servicio médico son pésimos. 

En el reclusorio Oriente no es como Cuautitlán, son ocho mil presos. Eso es una bomba. 

Ahora en la calle las cosas están difíciles. Mi hermano murió de COVID-19. Te das cuenta exactamente que no nos enfrentamos a un temblor y se cayó un edificio y todos a ayudar. Esto no es un edificio. Esto está en el aire. La única solidaridad es quedarse en casa pero, pues yo estoy en la calle, buscando trabajo, y todos tienen su argumento propio. 

Estoy buscando trabajo. Ahora voy a una de materiales para la construcción. Pero quieren mi constancia de antecedentes no penales. Pero pregunto, ¿para qué si no voy a ser dueño de la empresa?

Me pueden trabar por la edad. Ahorita la que lleva los gastos es mi esposa. Ella es doméstica y la que me está financiando. Trabajaría de lo que fuese, un puesto de café. Pero está todo muy difícil. La gente despidió y no quieren contratar.

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Dejar el sueño de Madrid y volver a México
M. F. Maldonado, 34 años

La mía no es una historia de pobreza como la de muchos que se van de México. Simplemente le dejé de encontrar sentido a vivir en la ciudad en la que había nacido. Soy afortunada y tuve la oportunidad de tener eso que millones de mexicanos que viven en las garras de la pobreza no tienen: la posibilidad de tener un dilema existencial y solucionarlo lanzándose a la aventura y poniendo un océano de por medio.

Tenía mucha ilusión de venir a Madrid, muchas ganas de empezar de nuevo. Madrid para mí era, y es todavía, un lugar muy especial.

Antes de que el SARS-CoV-2 demostrara su verdadera capacidad letal y la gente empezara a morir por miles alrededor del mundo, recorría las calles de Madrid con mi mejor amigo cantando “coronavirus, coronavirus, lávate las manos, háganlo seguido”, esa pegajosa cumbia que tuvo un éxito absurdo al principio de la pandemia.

No tenía miedo al principio y pensaba lo que casi todos, que era como una gripa común. Una amiga queridísima volvió de Italia y la abracé apenas pude verla de nuevo. El 8 de marzo fui a la manifestación del Día de la Mujer. El gobierno español fue tan irresponsable como para permitir que nos congregáramos por miles, aún cuando había tenido acceso a información privilegiada por parte de la Organización Mundial de la Salud que anunciaba el peligro inminente del virus, pero eso no se sabía entonces. Había ya una decena de muertes y casi 500 contagios.

Un par de días después, vino una llamada. Había convivido con una persona que presumiblemente tenía coronavirus. Empecé a tomármelo en serio y decidí aislarme voluntariamente. Los muertos empezaron a aumentar. El miedo también. Decretaron el estado de alarma que nos confinaba a permanecer en casa.

Me sentaba en el sillón a dejar pasar los días, en espera de los síntomas de coronavirus. La incertidumbre de vivir una pandemia histórica me hacía sentir que todos formábamos parte de una película apocalíptica. A veces aún lo pienso. En el pico de la pandemia en España, varios días estuvimos a decenas de llegar a los mil muertos por día. Miembros del ejército entraron a varias residencias de ancianos y encontraron a muertos conviviendo con vivos. Es algo que viene a mi mente todavía de forma recurrente.

Desde el principio de la pandemia intenté alertar a conocidos y a familiares en México sobre lo peligroso que parecía ser el coronavirus para que no les pasara lo que a mí, pero decidí abandonarlo porque me dolía la manera en la gente se burlaba. Me enojaba ver cómo el presidente seguía llamando a la gente a seguir haciendo vida normal y a comer en los “restauran”, en medio de una tragedia que ya se había convertido en mundial. Yo tenía ya muchas semanas de haber dejado de cantar “coronavirus, coronavirus” y estaba recluida en mi casa, esperando.

Voy a volver a México porque si el futuro es sombrío para los españoles que ya están sumidos en una crisis peor que la del 2008, para mí resulta más que insostenible sin un trabajo fijo y en euros. Sobra decir que la decisión fue dolorosa, pero agradezco tener la posibilidad de decidir.

Tengo miedo de subirme al avión de regreso porque todos respiraremos el mismo aire durante las 12 horas que nos llevará cruzar el océano y nos podemos contagiar muy fácilmente. Tengo miedo de encontrar colapsados los hospitales y no encontrar sitio si es necesario. Pero ambos son riesgos que hay que correr para volver.

Tengo miedo de contagiar a mi familia porque forman parte del grupo de riesgo. ¿Cómo podremos relacionarnos sin riesgo a partir de ahora? "Sin riesgo" es algo que no existe ya. 

Quisiera darle un abrazo de despedida a los amigos que dejaré en Madrid y, cuando esté de vuelta en México, uno a mi familia y a mis amigos, pero sé que es imposible.

Todavía no logro imaginarme de nuevo en México, pero en Madrid tampoco. Es una sensación con la que llevo muchos años viviendo, la de no pertenecer a ningún lado. Con todo, volver a México será una bendición y me siento agradecida por tener un lugar seguro al que volver. 

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Estamos aquí, pero no podemos hacerle caso a nuestra hija
Jennifer Ramos, 34 años

Trabajo en una empresa de alimentos procesados y nuestro principal proveedor es China. Desde el principio yo empecé a saber cómo estaba afectando la pandemia porque nos contaban cómo estaba, que no había mascarillas. Pero todavía lo veíamos muy lejos. Hasta que se empezó a ir a Europa, y todavía con el primer caso aquí, como que la gente pensaba que es una gripita y ya. Justo los jefes se habían ido a la India y a Sri Lanka.

Cuando aquí empezó la fase 2, decidieron mandar a home office a mujeres embarazadas y que tienen hijos que no se los pueden cuidar, y los que viven con una persona mayor de 60 años. A mí me tocó porque ya estaba en los últimos meses de embarazo y tengo una hija de dos años y medio.

¿Cuál es el tema? Con el trabajo vas en el tráfico, el ajetreo de dejar a la niña en la guardería, vamos a trabajar, compramos comida para comer ahí en la oficina. Y ahora la nueva realidad es que nos eliminamos las prisas de la mañana, pero ahora nos toca, además de trabajar, hacer limpieza, hacer comida, muchas más cosas. Entonces yo como embarazada, a mí me redujo el estrés, estoy muy a gusto, físicamente me siento mejor, duermo más, pero se tienen que hacer muchas cosas en la casa.

No hay manera de cuidar a Inna; una niña de esa edad requiere atención al 100%, quiere jugar. Entonces recurrimos a los abuelos, tuvimos que hablar con ellos para que se cuidaran, que no se expusieran, por mí y por la niña, y son los que vienen y nos ayudan a cuidarla. Es un poco extraño porque estamos todo el día trabajando nosotros dos en nuestro horario laboral y aunque estemos aquí, no podemos hacerle caso.

El baby shower iba a ser el 21 de marzo y decidimos cancelarlo una semana antes. Como es mi segunda hija ya tengo la mayoría de las cosas, y soy súper planificadora, entonces ya tenía todo organizado, había hasta apartado el hospital. Solo que sí fue de chin, ya no pude hacer algo para compartir con mis amigas y familia.

En el hospital nos han dicho que no vamos a poder tener visitas, solo el papá, pero no sé de aquí a 15 días si pueda cambiar. Por esa parte sí estamos un poquito a la expectativa, y sobre todo él sí está un poco tristecillo, de que sí quiere entrar, ¡es el nacimiento de su hija!

Sentimos feo sobre todo por los abuelos y bisabuelos, que son los que más se ilusionan… aunque la verdad una recién operada y todo mundo entrando en el cuarto, y luego son medio imprudentes. Quizá está mejor.

Y de las visitas en la casa, estamos esperando qué nos dice el pediatra, porque obviamente van a querer venir, pero sí les estamos diciendo: pues si no, les mandamos foto y video, no queremos complicación. Así que vamos viviendo al día, a ver qué es lo que pasa.

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Dos deseos de cumpleaños
Alexandra, 7 años

Mañana cumplo 7 años y es algo triste porque estoy encerrada. 

Estoy pasando la cuarentena con mis papás, mis abuelitos y mi hermana, pero extraño mucho a mis otros abuelitos, a ellos no los he visto. 

Solo hablamos por teléfono, a veces nos escriben por WhatsApp. Lo primero que quiero hacer al salir es verlos. 

Sí me divierto en mi casa, aunque extraño poder salir a refrescarme. 

En la cuarentena aprendí a hacer ropa de muñecas con cosas reciclables. Hay uno que me gusta, es un traje de una heroína como el de la Mujer Maravilla, porque ella es mi favorita.

También me gusta hacer experimentos. Hice uno para suavizar el pelo de mis muñecas con agua y jabón. Lo puse en un frasco de perfume que estaba vacío. ¡Sí funciona y huele muy rico!

 Cuando no juego con mis muñecas me gusta jugar videojuegos. Con mi hermana y mis papás casi siempre jugamos Just Dance o 1-2- Switch, los dos son de competencias muy divertidas. 

Para mi cumpleaños también haremos competencias. Amarraremos donas en un hilo y ganará quien coma más donas sin usar las manos. 

Le dije a mi papá que para mi cumpleaños ponga la alberca inflable; solo caben dos personas pero es buena para refrescarse. 

Quiero eso para mi cumpleaños, pero más, quiero ver a mis abuelitos. A mis otros abuelitos. 

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La maña no perdona ni por el coronavirus
Don Carlos, boleador de zapatos, 58 años

Acá, en la calle, la maña no perdona su mordida ni por el coronavirus, ni por la pandemia, ni por nada. No entiende de explicaciones, vaya. Lo único que entiende es que quiere su dinerito. Viene el malandro y te dice: ‘mira, pinche bolero, no es mi problema si no tienes clientes, quiero mi lana ahorita. Y no es de que puedas, o de que quieras. Acá la onda es que me lo das. Y si no, ya no te pares más por aquí, o atente a las consecuencias, ¿cómo la ves?’.

Ahora todo está más difícil con eso del coronavirus.

Mucho más difícil.

Antes, en un día normal, aquí en el paseo de la Reforma boleaba al día unos 30 zapatos, más lo que le sacaba a la venta de cigarros sueltos, chicles, y alguna que otra chuchería. Pon tú, me venía sacando unos 500 pesos la jornada. Ahora, en total, con todo y los cigarros, apenas saco unos 150 pesos. Y eso, porque vengo desde muy tempranito, a las ocho de la mañana ya estoy montando mi changarrito, y me voy ya hasta por la noche, también a las ocho.

Pero ni así es rentable esto. Solo el puro traslado de ida y vuelta ya son más de 50 pesos de gasto, porque vivo lejos, allá por Chalco; tengo que agarrar combis, metro y camión. Y luego, añádele la comida, mínimo otros 50 pesos. Ya casi me gasté lo del día. Y si encima vienen y me piden de charolazo otros 100 pesos, pues ya me dirá usted de dónde saco. De qué como. De qué vivo. Cómo cubro los gastos de mi casa. No se puede esto, oiga. Es un abuso.

A ciencia cierta, no sabría decirle de dónde llegan los malandros a pasarnos la charola. Unos nos dicen que son gente de la delegación Cuauhtémoc, pero no enseñan nunca nada. Ningún documento, ningún papel. Nada. Por eso le digo que no sabemos.

Lo que sí sabemos es que unos pasan los miércoles y nos cobran 50 pesos a todos, parejito. Y luego, otros pasan los viernes y nos ensartan oooootros 50 pesotes. Nos cobran dos veces. 50 y 50.

Eso sí, hay algunos que ya nos conocen de más tiempo, y que se tientan el corazón, y hasta descuento nos hacen por el coronavirus. Te dicen: ‘sale pues, sé que está dura la situación. Cáete con la mitad’.

Le digo, hay unos que son buena onda. Pero de que te chispan algo, te chispan. No respetan nada.

Yo, a veces, he llegado a hacerme de palabras con ellos, porque no se vale tanta robadera. Pero, la mera verdad, ya estoy mayor para batallar con los malandros.

Ya estoy muy cansado.

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Es como vivir otra vez un postparto
PPC, 35 años, madre de dos

Al convertirme en madre de dos, hace 10 meses, una de las metas que me impuse era seguir siendo “mamá de uno”: que cada uno de mis hijos sintiera que tenía espacio exclusivo para cada uno de ellos y que podía arreglármelas para tener “nuestro tiempo” de madre-hijo / madre-hija; además del tiempo familia y hermanos. 

Habíamos logrado una rutina entre la escuela de M —que tiene 3 años—, el tiempo de juego y las necesidades de E, una bebé tranquila que se iba descubriendo. Tenía mi tiempo perfectamente dividido para que las cosas funcionaran para cada uno de nosotros, en lo individual y lo colectivo; pero llegó la cuarentena y lo perdí todo. 

Ahora no puedo cansarme nunca, no puedo pedir ayuda, si el cuerpo no me da para seguir jugando, para seguirme moviendo, simplemente no hay alternativa. No hay a dónde ir. Suena muy obvio, pero con la cuarentena el trabajo nunca acaba y ellos nunca dejan de exigir y pedir más. 

Y el reto va mucho más allá de un esfuerzo físico. Cada uno de nosotros perdió su espacio. M, por ejemplo,no puede correr en la escuela, no ve a sus amigos, primos o familia, no tiene ya su tiempo a solas con mamá, debió “entender” al primer día que su papá está en el cuarto de a lado, pero no puede jugar todo el tiempo. El tiempo de familia ya no es lo que él veía: estamos todos aquí, pero no compartimos igual.

Se enfrenta de golpe a que tiene una hermana cuyas necesidades no pueden esperar y a quien hay que atender ya: tiene hambre, tiene sueño y en un escenario normal, ese es un proceso lento que platicábamos con él, vivíamos en un ambiente de “te explico” cuyos resultados podían llevar días, semanas; revisábamos las cosas para encontrar juntos la mejor forma de adaptarse. 

Ahorita eso es imposible. Ahorita es “te tienes que callar porque tu hermana está dormida y ya”.

A pesar de que la adora y es super buen hermano también es difícil comprenderlo todo y a veces la aplasta o es brusco con ella porque necesita y exige más de ella. 

En la cuarentena también nos tocó el cambio de edad de E, de bebé bultito ‘me siento y ya’, a bebé gateo, subo las escaleras, necesito explorar. No puedo frenarla, no puedo —ni quiero— quitarle el gusto de convertirse en esa bebé. Pero eso aumentó el grado de complejidad de todo, porque de pronto fueron dos con necesidades muy diferentes, pero igual de demandantes.

A, mi esposo, está aquí en la casa con nosotros y comparte esta responsabilidad, pero también veo como ahora trabaja mucho más, tiene más reuniones, está sometido a mucho más estrés y vive una tensión laboral que lo consume y de la que no se puede desconectar porque todo ocurre en casa, mientras no puede evitar que la vida de M y E cambie y que ni siquiera se los podamos explicar. 

¿Cómo se soluciona? Quizá estableciendo de nuevo rutinas pero, ¿cómo se construye en días lo que llevó años?, ¿cómo se les explica que nuestra manera de entendernos y conocernos, ya debe ser otra? 

Sí, es como vivir otra vez un postparto. Tengo que dividirme y olvidarme de mis necesidades para meterme en sus cabecitas y tratar de satisfacer las de ellos y, al mismo tiempo, tratar de encontrar la forma de seguir cuerda. 

M y E están en etapas totalmente distintas y los dos deben sentir que son igual de importantes que antes, aunque eso implique regresar a no tener tiempo para mi, a no poder parar jamás. Simplemente no hay alternativa. 

Antes de la cuarentena teníamos un equilibrio. El equilibrio de mi casa y de mi vida quizá estaba construido sobre tablitas de Jenga, hacía malabares todos los días, pero tenía el control. Ahora tengo que improvisar todo el día, todo el tiempo, tratando de mantener todo bajo control y dar a mi familia una sensación de seguridad que muchas veces ni siquiera yo misma tengo.

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La pandemia es una oportunidad para que los profesores aprendan
Profesor Gamar, 35 años

Todos me conocen más como el profe Gamar. Tengo 35 años e imparto la asignatura de estadística y probabilidad en el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) plantel Oriente de la UNAM. Este año me tocó impartir a 5 grupos más otros 2 de recursamientos. En total son como 350 alumnos.

Ya voy a cumplir 10 dando clase en el CCH. Mi sueño siempre fue trabajar en la UNAM. La pandemia fue un cambio muy radical para todos los profesores del Colegio y para los alumnos. Desde que empezaba el año comenzamos a leer noticias de lo que ocurría en otros países, principalmente en China, y se esperaba que llegará algo tarde o temprano a nuestro país.

Sinceramente creo que la comunidad académica de todo el país ha sido de las más beneficiadas porque hemos tenido la oportunidad de trabajar desde casa, es algo que la mayoría de las personas no pueden hacer.

Somos de los pocos trabajos que hemos sido muy beneficiados y que se nos permite cuidar de la salud de la comunidad estudiantil, que son lo más importante.

Para mí, el reto más grande en medio de la pandemia es la comunicación. Creo que es fundamental. Yo soy un profesor muy cercano a los alumnos, les doy mucha apertura al diálogo, a que participen, a que pregunten dudas, entonces el trabajar a distancia de un día a otro también es algo complicado.

Ahorita toda la gente piensa que, porque son jóvenes, todos los alumnos saben trabajar con la tecnología y ya tienen los recursos, pero la realidad es totalmente diferente.

Hay muchos alumnos que se han acercado a decirme sinceramente que ellos no cuentan con una computadora, que en su casa no hay internet. Otros muchos que les cuesta trabajo el uso de las tecnologías, que están acostumbrados a puro lápiz y papel. El hecho de dejarles una tarea que involucre diferentes cosas tecnológicas y digitales les cuesta trabajo.

Pero el reto principal es mantener la comunicación, estar atentos a sus dudas, que ellos también puedan sentirse confiados de preguntar lo que no entiendan. Yo siempre les digo que no se queden con el ‘no puedo’. Yo creo que si se tiene una buena comunicación podemos trabajar de diferente forma.

Por ejemplo, ellos pueden mandar sus actividades como mejor lo decidan. Si no tienen una computadora la pueden hacer a mano y mandarme una foto de su tarea por WhatsApp.

Si de plano no tienen ni celular, ni computadora ni internet, esos sin son pocos, pero sí hay quien me han dicho que no cuentan con nada. Esa es una excepción diferente a los demás, con ellos el trato es que trabajemos si es que regresamos de forma presencial en la escuela, que trabajemos con algunas actividades que no pudimos hacer en todo este periodo.

Seguramente muchos maestros tienen el mismo problema que yo, que no pudimos ni siquiera contactar a nuestros alumnos y hay alumnos que no han podido contactar a sus maestros.

De los dos lados hay problemas tanto de tecnología como de comunicación, pero yo creo que ahorita lo importante es que pase todo esto y que los que pudieron y tuvieron la oportunidad de trabajar, sean evaluados. Y los que no pudieron hacer nada por estos problemas de tecnología o por falta de recursos económicos, creo que ya habrá el momento para poderles dar otra oportunidad.

La verdad es que esto de las redes sociales a mí me encanta, los memes describen totalmente la realidad, tal vez de forma graciosa o sarcástica pero han descrito la realidad que pasan los alumnos y que pasamos los maestros, yo sé que han visto los memes de que el maestro mandó un PDF, de las conexiones en zoom que se caen, todo eso es real y la verdad es que muchos maestros no han mostrado empatía hacia este tipo de problemas. 

No sé si soy la voz de muchos profesores, cada uno tienen sus propios problemas y su propia forma de trabajar, pero creo que de forma general a los profesores nos hace falta muchas formas de ser empáticos y comunicarnos con nuestros alumnos, no sé si eso si eso se aprende en un curso, yo creo que se aprende de forma personal.

En la parte técnica también ha habido muchas dificultades porque uno no está preparado para trabajar de forma totalmente a distancia los temas de un curso. Como profesor me he metido un poco más a cómo hacer videos en vivo, videos grabados, pero también tengo que lidiar con los problemas del Internet, la conexión es de las más lenta del mundo. 

Pero las clases a distancia también nos han servido para ver qué debilidades tenemos como maestros. Nos vemos en los videos y ahí vemos que tenemos muchas muletillas, no hablamos claro, no nos expresamos bien.

No tenemos los recursos tecnológicos que pensamos. Nos hace falta mucha capacitación como maestros en la parte de la tecnología. Nuestros hogares no están diseñados para dar una clase, por el ruido, simplemente no tenemos un pizarrón y estamos muy acostumbrados a que todo nos lo dé la institución.

Es una situación que ha sido benéfica también, aparte de que hemos tenido problemas como todos, como siempre, también ha sido muy benéfica porque siento que hemos aprendido de nuestros propios errores y que todo esto sea para mejorar.

En la UNAM somos muy muy afortunados de tener muchos recursos a la mano, pienso que es de las mejores instituciones, aquí los maestros hemos tenido muchos recursos disponibles casi casi de forma inmediata a partir del cierre de las escuelas. Comparadas con lo que viven en otras escuelas, en otros estados de la república en donde hay que decirlo: No tienen ni Internet, ni computadoras ni nada de eso. Tal vez ni luz, ni agua tienen en muchas comunidades. Y la verdad es que aquí estamos en la gloria comparándonos con otras comunidades del país.

A nivel personal nos hace falta mucha concientización, nos hacen falta cursos para aprender a manejar problemas de salud, de estrés, de ansiedad. Nos hemos dado cuenta de que para ser buenas y buenos profesores hay que estar en constante capacitación y creo que esto nos va a ayudar mucho.

Lo que sí creo que me ha pegado mucho es el encierro, el encierro provoca ansiedad, provoca un poco de depresión. El hecho de estar encerrado en la casa y no poder salir ha sido un poco difícil. Sobre todo, como maestro.

Yo soy muy cercano a los alumnos y no poder verlos, convivir con ellos, no poder ayudarlos como antes sí me ha afectado mucho. Espero que todo esto termine pronto, espero poder volver a ver a mis alumnos y convivir con ellos, aunque sea unos días más porque sé que el ciclo escolar de los de último año va a terminar pronto. Se van a la Universidad.

Esta jornada nos va a dejar muchos aprendizajes no solo trabajar de forma virtual con nuestros alumnos, sino de forma personal: el hecho de cuidarnos, de ser empáticos, de fomentar valores, de tener una muy buena comunicación, ser respetuosos, valorar lo que nos brinda nuestro trabajo, el simple hecho de salir a pasear con nuestro perro, de convivir con nuestras familias, con los alumnos, hasta de dar un abrazo. La jornada de sana distancia va a ser una jornada de mucho aprendizaje para muchas personas.

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Eran tiempos felices…y pasajeros
Felipe Mendoza Gómez, 58 años

Pero claro. Allá en La Casa del Pavo se hizo la película de Roma. Estuve yo ahí, pero sólo seleccionaron a algunos compañeros del personal del restorán y yo no tuve la suerte de salir, nada más anduve viendo; como quien dice: de mirón, de lejos. Eran tiempos felices, porque afortunadamente no podíamos quejarnos: poco o mucho, había trabajo; podía uno salir con sus broncas adelante, pero, pues, ahora sí que eso era pasajero, ¿verdad?

Ahí me la vivía yo, en el restorán… Vivía, tiempo pasado, porque ahora estoy en mi casa, la casa de usted. Y tuvo usted suerte de encontrarme aquí, porque yo allá me la vivía; ahora ya llevo cinco o seis semanas aquí, en la casa de usted, desde finales de marzo.

En el restorán estuvimos un rato con ventas a domicilio, pero llegó el momento en que ya era insostenible: vieron los dueños que no había nada de ventas, entonces dijeron que no tenía caso que estuviera abierto y estuviéramos exponiéndonos a infectarnos e infectar a otras personas. Tuvieron que cerrar el restorán y nos quedamos sin empleo 10 trabajadores, todos parejo, sin goce de sueldo. No firmé ninguna renuncia, nada más nos dijeron que iban a cerrar temporalmente mientras pasaba esto. Estamos esperando cuando se pueda regresar, pero, como lo veo, está muy complicado, ¿verdad? Y, la verdad, estamos pasando una situación muy difícil.

Estoy sobreviviendo con lo que pude alcanzar a guardar, pero ya se me acabó. Ya ve que nosotros dependíamos, más que nada, de las propinas y del pequeño sueldo que nos dan, y desgraciadamente ya ni de eso disponemos. Ahorita la que me está haciendo el favor es mi hija, porque ella trabaja, pero tiene una estética y ya pasaron a decirle que tiene que cerrar. Entonces, yo me pregunto: ¿qué vamos a hacer ahora que ya ni ella ni yo podamos trabajar? De mi hija también dependen sus dos hijos y la veo ya preocupada, ya desesperada, porque también a ella ya le quieren cerrar su negocito. ¿Qué vamos a hacer todos aquí, sin dinero?, ¿qué vamos a hacer, qué vamos a comer? Es una situación muy dura, muy difícil.

Yo he querido conseguir trabajo por otro lado, pero definitivamente no lo hay. Mire, yo, en base a lo que he aprendido, en mi experiencia, fui a buscar a algunas taquerías, restoranes y eso, pero no hay, no hay, señor, no hay chamba; al contrario, por la situación, ellos están aguantando a sus gentes, y ahí es cuando viene lo difícil, porque uno dice: caray, aquí están aguantando a sus trabajadores. ¿Y uno? Uno aguantando solo.

Mis patrones quedaron de comunicarse con nosotros, pero hasta ahorita no hemos recibido ni una llamada. Yo, de hecho, le llamé a mi patrón y me dijo que había que aguantar a ver qué pasaba, pero, pues, para ellos es fácil aguantar, ¿pero nosotros, que vivimos al día? Es por eso que yo le marqué. Ya ve que había ofrecido el gobierno unos préstamos; yo le dije: “oye, ¿no habrá modo de que ustedes hagan una solicitud para que les hagan el préstamo y así nos puedan ayudar a nosotros?”. Dijo que iban a ver eso, pero sigo esperando. Le hablé hace 8 o 15 días. Y mire: siguen “viendo”.

Aparentemente conocemos a nuestros patrones, pero ya ve que uno no sabe: en las circunstancias difíciles se ve cuando de veras uno conoce o no conoce a la gente, y ahorita como que ya me estoy sintiendo como desilusionado y defraudado, porque uno con las ganas de chambear y echándole ganas y todo, para que ellos, en estos momentos, no nos apoyen. Es triste, ¿no?, y difícil de aceptar. Yo tengo 24 años ahí trabajando, matándome, como quien dice, señor, yo ahí les hacía desde lavar trastes hasta estar en la plancha, de lonchero, de todo le hago ahí.

Y no entiendo por qué dicen las autoridades que están dando apoyos, yo no he sabido de ningún apoyo, intenté arrimarme a la alcaldía de Iztapalapa a solicitar un apoyo, y pues que no, que ahorita no había servicio, que ahorita no había nada, que estaban apoyando a las gentes mayores que yo, entonces yo, que tengo 58 años, estoy entre los mayores y los menores, y de todos modos no alcanzo nada.

Dicen que a mi edad estoy más en riesgo por la enfermedad, pero yo, con todo ese riesgo, tengo que buscar la forma, y la he buscado, pero no he tenido suerte. Oiga, tiene uno que arriesgarse, ¿no? Dice el gobierno que se quede uno en casa, ¿y qué voy a comer?, ¿qué vamos a comer?

Ojalá Dios quiera que esto mejore. Es la esperanza de todos nosotros: que esto se pase lo más pronto posible y poder regresar cada uno a sus labores normales, porque la situación es muy dura, muy difícil.

Nosotros vamos a seguir sobreviviendo, a ver cómo nos va, y seguiremos buscando la forma.

Mi plan es el mismo: seguir empeñado en lo mismo: buscar el modo.

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Match - noviazgo - cuarentena
Mayra, periodista, 33 años

Lo acepto: esta cotidianidad no hubiera sucedido tan rápido de no ser por la pandemia. Piero y yo llevamos menos de medio año juntos y yo jamás he vivido con ningún novio porque nunca he estado lista. 

En noviembre, los primeros tragos en Jardín Juárez después de hacer match en Bumble; en diciembre, el inicio del noviazgo; y en ¿marzo o abril? la decisión de aislarnos en pareja para protegernos del coronavirus. A estas alturas del aislamiento ya perdimos la cuenta de los días. 

Llegó la pandemia, las recomendaciones de distanciamiento social y la posibilidad de no vernos durante mucho tiempo (quién sabe cuánto, porque en este tipo de situaciones lo que menos tenemos son certezas). 

“¿Qué vamos a hacer?”

“¿Y si lo pasamos juntos?”

Le respondí que lo pensaría. 

Y lo hice. Hasta destiné una sesión de terapia completita para hablar de los dos lados de mi moneda, los miedos y las esperanzas. 

Para mí algo era seguro: quería estar a su lado en estos tiempos difíciles; sabía que sus brazos podrían darme paz en medio de la intranquilidad y, soy honesta, también temía que la distancia pudiera disolver lo poco que habíamos construido hasta el momento.

Al mismo tiempo tenía otro miedo grande: “¿y si tanta cercanía nos quiebra?” 

Porque esto no es normal. Vivir 24/7 y en cuatro paredes con una persona —un perro y un gato— no es normal. Nada de lo que está pasando en el mundo es normal.

Contra todo pronóstico he aprendido a dormir junto a un hombre que de pronto ronca y sueña a todo volumen. Aunque nuestros horarios laborales son muy distintos, todos los días nos damos unos minutos para comer juntos, a veces medio en silencio. Por las noches, Netflix y el helado son nuestros mejores amigos. Y no, ya casi no hablamos sobre el coronavirus. 

Pero es difícil. 

Hay días en que despierto y no puedo levantarme de la cama; días en que ambos tenemos ansiedad y compartimos esa horrible opresión perpetua en el pecho; días en que no soporto más escuchar los ladridos de Pechuga y quiero huir. 

Por supuesto, ya nos peleamos y nos ignoramos un día completo, cosa inédita. 

A veces Piero no habla. A veces siento que soy la única en la relación con este nivel de desesperación por la cuarentena y hasta pienso que seguro ya se arrepintió de compartir su cotidianidad perturbada conmigo. 

No sé ustedes, pero en el confinamiento también necesito mi espacio, por eso salto de habitación en habitación para trabajar, leer o perderme en mi celular como una idiota; paseo a Pechuga dos veces al día y finjo necesitar algo del “Seven” nomás para salir y ver el cielo. 

También pienso en mis padres, en cuánto los extraño y cómo sería el confinamiento con ellos. 

A veces pienso que Piero y yo nos precipitamos al decidir aislarnos juntos y otras siento que no podría soportar una mañana sin sus besos de buenos días y sin sentir sus piecitos a un lado de los míos. 

Una noche antes de traer mis cosas a su departamento, Piero me habló sobre su miedo principal: el futuro de nuestra relación después de la cuarentena. 

Extrañamente, para él no representaba ningún temor convivir 24/7 de esta manera; la amenaza, más bien, era pensar qué pasaría después, cuando yo volviera a mi departamento y a mi vida. Dijo que le daba miedo pensar que quizá daríamos “un paso atrás”. ¡Fue increíble saber que sus miedos eran tan distintos a los míos!

Lo cierto es que, como todos, vamos un día a la vez y, como algunos, cada quién toma terapia a distancia (¡menos mal!) Hoy, él es mi compañero en esta montaña rusa de emociones y se lo agradezco de corazón. 

Mientras escribo este texto lo escucho dormir y lo veo con el celular casi en la cara, como siempre. De pronto se despierta para decirme que soñó que mis padres venían a cenar y se vuelve a dormir. 

Y sí, quiero que algún día, en una realidad más normal, mamá y papá vengan a cenar con nosotros.

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Trabajar en un crucero con COVID-19
Yerussa, Lorena y Yahayra trabajadores en cruceros
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Los humanos de hospital
Carlos Armando Herrera Huerta, residente de 3er año en la especialidad en psiquiatría

Carlos, además de residente de 3er año es miembro del Comité Interinstitucional y Mediático de la Asamblea Nacional de Médicos Residentes, se ha dado a la tarea de juntar testimonios de personal médico y los comparte, con permiso de ellos, con los lectores de Animal Político

Los hospitales encierran entre sus muros las certezas universales a las que podemos aspirar como especie: vida, enfermedad y muerte. En estos recintos, símbolos unívocos de modernidad y progreso, otros seres —humanos también— se encargan de dotarles de sentido y funcionalidad. Estos son los humanos de hospital. Una subespecie no muy antigua. Se adaptan rápidamente al ritmo convulso e indolente de las entrañas nosocomiales. Ven desfilar, en un flujo agotador para la propia existencia, el devenir de cientos, miles de vidas: los sucesos que marcan y moldean la finitud de la existencia. Sus tareas van desde la limpieza de un quirófano, el trámite ordinario de un certificado de defunción o la intervención quirúrgica de urgencia por un apéndice inflamada. No nos confundamos. Los humanos de hospital, espectadores de inmensos torrentes de realidad, tramas repetitivas con mínimas variantes, no dejan —ni por asomo— de renunciar al sufrimiento y asombro. Las voces son múltiples. Entraman testimonios cargados de emociones compartidas que corren con la suerte de la intrascendencia. Solo ecos apagados y apenas inteligibles entre los muros fríos e infectos. No hay otro destino que el anonimato. La secrecía de un sinfín de verdades dolientes. Crónicas que no se cuentan.

I. “¿Por qué lo hago?”

La Dra. J es residente de medicina interna del Hospital General “Dr. Manuel Gea González”. No pasa de los treinta años de edad. Le he pedido que me narre, en un audio, un día típico dentro de la Unidad de Cuidados Intensivos para pacientes con COVID-19. Comienza titubeando. Silencios prolongados y risas breves. Se excusa.

La verdad me es difícil ordenar mis ideas, siento que el tiempo no pasa, es un presente eterno, y lo dice con una voz a punto de quebrarse en llanto.

Le toma casi minuto y medio encontrar un principio para su historia. Comienza en un pasado inmediato.

Desde un día antes, o sea, en la preguardia, uno sufre más porque sabes que tienes que volver. Aunque llegas agotado, y duermes más de doce horas continuas, nunca descansas. Me invaden los sueños, muy vívidos, generalmente pesadillas, veo a mi familia, a los pacientes morir. Despierto segura que ha pasado lo peor.

Hace una pausa, rebusca en su cabeza la secuencia lógica de una realidad trastocada.

Todos mis compañeros han comenzado a beber más alcohol, bueno, ahora con la Ley Seca ya no. Pero antes, todos bebíamos media o una botella de vino, un par de cervezas, para poder conciliar el sueño y no despertar en medio de la madrugada.

Luego, en un ritmo casi frenético, comienza a describirme las vicisitudes de una guardia.

Me despierto alerta, con una energía molesta, ya sabes, en posición de defensa. De inmediato viene a mi mente que una vez más tengo guardia. Deseo que el trayecto se prolongue más, que nunca acabe, nunca llegar al hospital. Pero llego. Antes de entrar tienes que colocarte todo el equipo de protección. Es un ritual minucioso. Te lleva algunos minutos y no dejas de pensar en el ardor de tu piel y los ojos por tantas horas de llevarlo puesto. Te asignan a diez pacientes, la mayoría, intubados. Los que no lo están, los más graves, gritan, piden ayuda porque se sienten asfixiados. Y tú sabes lo que eso significa: que tendrán que ser intubados también. El tiempo no te alcanza, tienes que hacer un montón de cosas. Te sientes impotente, inútil. Un silencio breve, como apertura a un rubro doloroso, una confesión.

Tomo antidepresivos y ansiolíticos, y aún así no tolero la ansiedad ni la tristeza. No le he contado a nadie que lo hago porque tú sabes, la salud mental es un tabú, incluso entre nosotros. Me ve un psiquiatra y un psicólogo. Siento que en cualquier momento me voy a romper. Cada guardia es una lucha por mantenerme firme, de pie.

Retoma su narración de la guardia. Me dice, en un tono que se adivina repleto de frustración y coraje, que los pacientes intubados tienen ese destino indefectible, el de la muerte, una muerte solitaria, rápida pero dolorosa. Insiste en el sufrimiento de estar ahí, dentro del hospital, en medio de un patógeno que arrebata la vida en unos cuantos días, con asfixia, infartos. Describe el ardor de sus ojos y del tabique nasal: los goggles son desinfectados con soluciones cloradas y eso irrita a la conjuntiva; los respiradores N95 lastiman el tabique nasal por el clip metálico que se ajusta y proporciona hermetismo. También experimenta un largo sofoco con el equipo de protección personal, el de toda una jornada, de hasta veinticuatro horas. Así que vive esa empatía con el paciente más allá de lo abstracto: ella también sabe lo que es no poder respirar, sentir que el aire no entra en tus pulmones.

No sé cuánto más vaya a aguantar, la verdad. Por el momento sigo con mis medicamentos. No sabes cuánto deseo que todo esto acabe. Ahora todo es COVID. No hay otra cosa en nuestras mentes. No puedo pensar en algo más. Todo se repite. Y así estamos la mayoría. Los días cada vez son más malos. A veces me pregunto, ¿por qué lo hago? ¿Qué es lo que hago aquí? Creo que es humanismo. Eso nos mantiene de pie y trabajando. No hay otra explicación. La verdad.

La Dra. J da por terminada su narración. Me dice, con un enorme pesar, que tiene que dormir temprano. Mañana es otro día de guardia.

II. “Me la tengo que rifar”

La enfermera K. trabaja en una clínica del IMSS de Tijuana. Le realicé la invitación para participar en la elaboración de crónicas breves del personal sanitario en tiempos de la pandemia. Aceptó. Le doy instrucciones para que realice su relato, también, por audio: narrar un día de trabajo cronológicamente, detallar emociones, pensamientos, describir el entorno. A la mañana siguiente, veo mi celular y me encuentro con seis mensajes de la enfermera K.: son audios de hasta cinco minutos cada uno, media hora de relato. La transcribo textualmente:

Siempre me levanto muy temprano, a las seis de la mañana, porque no puedo dormir. El día anterior fue muy pesado para mí. Termino muy cansada. Tengo hasta quince pacientes asignados. Por ejemplo, ahorita estoy en urgencias. Hay muchos pacientes que entran con síntomas de COVID. Llegamos incluso a atender un servicio de ochenta pacientes solo siete enfermeros. Es mucha ansiedad, mucho trabajo, todos necesitan cuidados. Por eso no puedo dormir: sé que al día siguiente va a estar igual de pesado. Solo duermo cuatro horas. Así me la vivo todos los días.

Mis papás ya me alojaron en otro cuarto de la casa. Lamentablemente, hace unas semanas, mis papás y mi sobrina se enfermaron. Entiendo que se hayan asustado, son personas mayores de edad. Por eso me la tengo que rifar de alguna manera, aunque sea doloroso, separarme de mi familia. A veces no tengo ganas de ir trabajar. Varios conocidos me han pedido pedir informes de familiares, ya que no pueden visitarlos.

Cuando llego a la clínica tengo que checar. Luego nos dan un uniforme quirúrgico; no podemos usar el blanco, el normal. La fila es enorme. Puedes tardar hasta veinte minutos. Te tienes que cambiar en los baños. Hay códigos blancos (significa que tienen que trasladar pacientes a piso de cuidados intensivos). Eso retrasa más la entrada. Ya han pasado más de treinta minutos. A veces no contamos con los equipos de protección personal necesario, y tenemos que esperar que nos lo suministren.

A la hora de entrar, ya que estás listo, entras en el área de tococirugía. Fue adaptada para recibir a los pacientes con COVID y luego pasarlos a piso. He visto a muchos pacientes fallecidos. Los camilleros no se dan abasto para trasladar los cadáveres. No hay certeza que al intubar a un paciente va a mejorar. Puedes ver a un paciente estable, y en unos minutos, comienzan a saturar muy poco oxígeno, no pueden respirar. Son como peces fuera del agua. Hacemos lo más humano posible, con lo poco que tenemos, con los pocos que somos, pero no se puede. No podemos. He salido llorando, sobre todo, cuando veo la angustia de los familiares. Hay impotencia, frustración, miedo.

Los pacientes estables, los que no han requerido intubación, comienzan a deprimirse. Solos, sin visitas de sus familiares. Solos, y viendo a otros pacientes morir. Muchos tratan de escapar, por esa misma tristeza y desesperación. Es sumamente difícil hacer que entienda la gente lo que pasa dentro. Trato de echarles la mano, les pido sus teléfonos para darles informes a través de mensajes, para tranquilizarlos. Pero no puedo con todo. Me gusta escuchar las historias de pacientes que salen de la hospitalización, que se recuperan. Eso me hace pensar que no todo está perdido.

Los audios terminan con una disculpa:

No sé si te lo dije bien, siento que todo está revuelto, mezclado. Nunca había estado tan confundida. Hay sentimientos encontrados.

III. “Salgo hasta el lunes”

M. es guardia de seguridad en el hospital Centro Médico Nacional Siglo XXI. La conocí durante mi guardia de fin de semana, un sábado, después de llenar un certificado de defunción de una paciente alojada en el bloque A para COVID. Es la encargada de vigilar que solo el personal autorizado entre a la zona administrativa. Tengo que esperar unos cuantos minutos, el subdirector médico, el de turno nocturno, se encuentra atareado, respondiendo llamadas, informándose del estado de salud de los pacientes, parece un gran pulpo solucionando infinidad de problemas.

Decido entablar una conversación con M.: ella detrás del mostrador con un cubrebocas quirúrgico, simple, azul; yo, recargado en uno de los pilares, con un respirador N95 y lentes de protección. Le pregunto, para romper el silencio que ya venía imponiéndose desde mi llegada tal vez por esa innoble tarea de ser el emisario burocrático de una muerte, cuándo termina su turno. Me responde, casi en un lamento, que saldrá hasta el día lunes, porque doblará turno. Luego, por cortesía, me hace la misma pregunta: yo salgo mañana, le respondo. Continúa platicándome sobre su familia: tiene hijas y nietas, una madre de la tercera edad que tiene que cuidar; los ingresos, casi en su totalidad, corren por su cuenta. Su salario no es superior a los seis mil pesos mensuales. Como todos, ella tiene miedo. Y agrega, después de haberme quedado mudo por esas revelaciones, que no hay otra opción que la de continuar y salir adelante. Parece que queda inconforme con su mención del miedo. Hace una aclaración: no tengo miedo de contagiarme, sino de contagiarlos, dejarlos solos. La entiendo, le respondo, casi todos tememos más por nuestros familiares que por nosotros mismos.

El subdirector me hace una señal, se ha desocupado de la retahíla de llamadas y deberes administrativos. Necesito su firma, oficializar un deceso, objetivar una muerte con números y letras. Me despido de M., le deseo lo mejor y reitero que fue un placer conocerla. Ella solo sonríe y asienta con la cabeza.

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Todo comenzó con ardor en los ojos
Jimena, mujer recuperada de COVID-19

La primera vez que escuché sobre el coronavirus fue a principios de enero de este año. En las noticias todos los días hablaban de la situación de China. Yo, en aquel momento, lo vi como una situación ajena y lejana, lamentaba que estuvieran pasando por eso. Jamás imaginé que la COVID-19 nos alcanzaría. Mucho menos pensé que yo me infectaría.

Pasaron las semanas y en México nuestra vida transcurría de manera normal. Las actividades seguían como si nada. A finales de febrero, temas laborales me llevaron a París. Por esos días, la situación empezó a complicarse en el norte de Italia, sin embargo, en París la vida seguía con normalidad.

Yo comencé a tomar precauciones, pues pensaba que París no estaba tan lejos del norte de Italia. 

En tan solo unas semanas, sentí que la COVID-19 estaba cerca de mí.

Dejé de usar el transporte público, solo caminaba a donde tenía que ir, no me senté en ningún restaurante a comer, pedí mis alimentos para llevar. El gel antibacterial y yo éramos uno mismo, me lavaba las manos tantas veces como me fuera posible y usaba cubrebocas, a pesar de que los parisinos me veían como un bicho raro. 

Regresé a México, y aunque yo creía que había tomado todas las medidas necesarias para protegerme, a los pocos días aparecieron los primeros síntomas que me causaron preocupación. Desde el primer momento que entendí que algo en mi cuerpo no estaba bien, comencé a buscar ayuda.

Lo primero que escuché fue que, si tus síntomas no eran graves, permanecieras en casa y no te expusieras a un hospital para evitar más contagios. Así que inicié una lucha por obtener la prueba vía telefónica. Me comuniqué a los hospitales ABC, Médica Sur y Ángeles del Pedregal, ahí me dijeron que en aquel momento (sábado 14 de marzo) no tenían pruebas disponibles y que les llegarían la siguiente semana. Llamé a mi seguro de gastos médicos mayores (GNP) y me dijeron que la indicación que tenían para pacientes como yo era que me comunicara al número que dio el gobierno federal: 800 00 44 800.

Durante sábado y domingo intenté comunicarme a ese número, pero la llamada ni siquiera conectaba. Fue hasta la madrugada del lunes 16 de marzo que me contestaron. Después de responder un formulario, me confirmaron que era un caso altamente sospechoso. Me dijeron que al día siguiente acudiría alguien a mi domicilio para tomarme muestra. Amaneció y yo estaba entre nerviosa, preocupada y asustada, y así esperé todo el día, pero nadie llegó. 

Al día siguiente llamé al INER, ahí me dijeron: “no vengas, solo se están aplicando pruebas a personas de edad avanzada, con enfermedades que comprometan su vida y con síntomas graves”.

Un día después, Claudia Sheinbaum anunció el servicio SMS, mandé covid19 al 51515, me aplicaron el mismo cuestionario y recibí un mensaje que decía que tenía alto riesgo de estar contagiada, que le darían seguimiento a mi caso en tres días. 

Cinco días después recibí un mensaje preguntando si mis síntomas habían empeorado. Respondí que sí, dijeron que seguía en riesgo de estar contagiada y que me darían un folio para seguimiento. El folio nunca llegó.

Paralelo a todo esto llamé a 3 médicos particulares, un médico general y dos infectólogos. Ellos coincidieron en que mi cuadro era COVID-19. Después de un par de días, el hospital Ángeles del Pedregal me avisó que ya había pruebas, que debería internarme por urgencias para acceder a ella. No pasó ni media hora para que se comunicaran nuevamente y me dijeran que no, que las órdenes eran aplicarla solamente a personas con síntomas graves.

Desistí de acceder a la prueba.

Con el paso de los días me fui sintiendo cada vez peor.

A mí no me quedaba duda, tenía COVID-19. Lo que sentí en esos días nunca lo había sentido.

Para mí, la enfermedad COVID-19 comenzó en forma de ardor de ojos, (por eso, no se me quita la idea de que el virus me entró por los ojos, debí tallarlos en un descuido…suposiciones mías). Me ardían mucho, los tenía rojos y me lloraban, después apareció una presión en el pecho que me acompañó por semanas y no me dejó sola ni un minuto. Dolor de cabeza insoportable, dolor muscular y de articulaciones, el peor cansancio que he sentido en mis 33 años de vida lo ocasionó la COVID-19.

Era un triunfo abrir los ojos y mantenerme despierta. Perdí la noción del tiempo y de los días, estuve dormida por días completos. La garganta me picaba, no me ardía, fue una sensación nueva para mí, esa picazón me cerraba la garganta e impedía que respirara bien.

Comenzó la tos, cada vez más y más fuerte. Cada día el esfuerzo para poder respirar era mayor, debía inhalar muy fuerte y profundo para sentir que entraba aire a mis pulmones. Fueron tres días en los que tuve mucho miedo porque sentí que terminaría en el hospital, me costaba respirar y cualquier cosa me agitaba. 

Por indicaciones médicas, compré un oxímetro para estar midiendo mis niveles de oxigenación. Mis mediciones más bajas se registraron en el límite, por eso no tuve necesidad de oxígeno y todo el tiempo me mantuve en casa.  Me di cuenta que la comida no me sabía a nada, y que las cosas tampoco tenían olor, a tal grado que si alguien me hubiera dado dos vasos, uno lleno de agua y otro de cloro, pude haberme bebido el de cloro. 

El tratamiento fue simple, la COVID-19 es causado por un virus, y al menos que tu caso se complique, lo único que está indicado es el paracetamol y sirve únicamente para sobrellevar los malestares.

Así pasaron los días, unos días mal, otros peor, y cuando pensaba que empezaba a mejorar, volvía a recaer. Fue una montaña rusa, tanto emocional como físicamente.

Llegó el 1° de abril e inesperadamente recibí un mensaje de texto dándole seguimiento al reporte que había hecho veinte días antes. Después de responder las preguntas, me reconfirmaron que era un caso sospechoso. Tres horas más tarde, sonó mi celular, la llamada fue de parte de la alcaldía Benito Juárez (que es donde yo vivo). Me volvieron a hacer preguntas y a repetir lo que llevaba escuchando semanas “eres sospechosa de covid-19”. Dijeron que pasarían mis datos al área de epidemiología (yo pensaba que ya los habían pasado, pues eso me habían dicho en la madrugada del lunes 16 de marzo). 

Al día siguiente, sin avisar, se apareció un médico en mi casa. Vino a revisarme y a hacerme más preguntas, llenó un caso clínico y me comentó que se lo llevaría a sus jefes para que evaluaran si era candidata a prueba. Cabe resaltar que en aquel momento ya estábamos en fase 2. El día que yo inicié mis síntomas, estábamos en fase 1. Los casos confirmados eran 26, cumplía con la definición operacional para acceder a prueba y aun así no fue posible.

No me hice ninguna ilusión sobre que esta vez me harían la prueba. De hecho horas más tarde me comunicaron que no la habían autorizado porque en todo el proceso no había tenido fiebre.

Un día más tarde, el 3 de abril, me volvieron a llamar. Esta vez me dijeron que después de una reunión en el área de epidemiología habían concluido que sí me la harían, pues les llamaba mucho la atención que no hubiera recuperado el olfato. Ese mismo día me la hicieron, fue doloroso, no me imaginaba cuánto. El 6 de abril confirmé lo que ya intuía hacía algunas semanas: era positiva a SARS-COV-2, el virus que causa la COVID-19. Ese día formé parte de la estadística.

Fue en el día 20 desde el inicio de síntomas que tomaron mi muestra y salí positiva. Mis síntomas y malestar duraron hasta el día 38, eso me causaba mucha frustración pues en todos lados escuchaba que el virus se resolvía en 14 días en promedio. Ahora entiendo que es un promedio, no una regla.

En todo este proceso, estuve aislada en mi cuarto. Mi esposo también presentó síntomas y aunque pensábamos que ambos estábamos contagiados, la indicación del médico fue mantenernos aislados entre nosotros. 

En la COVID-19 es de suma importancia mantener baja la carga viral, entre más alta es, las probabilidades que desarrolles complicaciones son mayores, así que no nos quisimos arriesgar. Él vivió en un cuarto y yo en otro, estuvimos bajo el mismo techo, pero sin poder convivir, ni vernos.

Fue hasta el día 50, después de haber pasado 12 días sin síntomas, que rompimos nuestro aislamiento y nos volvimos a encontrar en la sala de nuestra casa. Ahora vivimos una cuarentena “normal”, dentro de casa, podemos comer juntos y acompañarnos en estos tiempos tan duros que todos estamos viviendo.

Al inicio, algunas personas me consolaban diciendo que fue bueno que me diera ahora y que no se haya complicado, porque así ya desarrollé inmunidad. Ahora los médicos me han dicho que esto no está probado y que debo seguir las mismas recomendaciones y cuidados que todos hasta que no haya certeza absoluta. Este virus es muy nuevo y poco sabemos sobre él, falta mucho que descubrir y estudiar, a mí me queda claro que es irreverente y se comporta de manera diferente en cada persona. 

Una de las dudas más grandes que tengo y en la que trato de no pensar mucho para no atormentarme de más, es si en el futuro tendré alguna consecuencia por haber sido positiva. La persona que más ha sobrevivido a esto lleva 6 meses de supervivencia, nadie sabe qué nos puede pasar en algunos años.

Hoy estoy viviendo el día 53 desde que iniciaron mis síntomas y no he recuperado el olfato. Ojalá que pueda volver a ver, abrazar y sentir el olor de mi familia pronto.

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El sexoservicio en los tiempos del cubrebocas
Anahí, trabajadora sexual e integrante de la Alianza Mexicana de las Trabajadoras Sexuales

No es lo más sexy del mundo. Ni lo más hot. Pero, pues, ni modo. Desde que llegó el coronavirus obligo a mis clientes a que usen cubrebocas y guantes de látex durante todo el servicio, y yo también me los pongo.

También les pido que se duchen antes y después. Que usen gel antibacterial, que no se toquen la boca en ningún momento, ni la nariz, ni los ojos. Nada.

Es incómodo, pero hay que extremar precauciones, porque no podemos parar de trabajar. Yo, en lo personal, siempre he sido muy cuidadosa con la higiene. Nunca doy besos a los clientes. Y menos ahora, con el coronavirus.

Y cuando llego a casa pongo inmediatamente la ropa a lavar y desinfecto hasta mi celular.

Al final de cuentas, tomo las mismas precauciones que cualquier otra persona, ¿sabes? Las mismas que cualquier otro trabajador que está en la calle expuesto al virus.

Ahora está siendo una situación muy complicada. Muchos hoteles están cerrando. Y los clientes, al igual que nosotras, tienen miedo al virus, a contagiarse. Y obvio, el trabajo ha bajado mucho.

Pero a todas no nos pega por igual. Hay muchos tipos de trabajo sexual: están las ficheras, las teiboleras, las scort, las actrices porno, las trabajadoras de la calle, etcétera. Pero la que peor la pasan siempre son las prostitutas de la tercera edad. Ellas, como en cualquier otro trabajo, son siempre las más desprotegidas, las más vulnerables.

Así que, desde la Alianza de Trabajadoras Sexuales y el Centro de Apoyo a las Identidades Trans nos hemos organizado para hacer colectas y apoyarlas con algo de dinero, alimentos, y productos básicos de higiene.

Claro, el miedo está ahí; siempre está ahí. Pero con miedo no se puede hacer nada en la vida. Por eso, como trabajadoras sexuales, solo nos queda unirnos y apoyarnos para seguir ejerciendo la calle.

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Ser más Yo
Ximena, actriz de teatro y, ahora, contadora de cuentos

Un poco antes de que se apareciera ‘el bicho’ me llegaron las agallas y tomé una decisión: “voy a enfocarme solo en la actuación”. 

Hace 10 años salí de la carrera de Literatura Dramática y Teatro y no había tenido la valentía para perseguir mi sueño. La idea de aventarme al abismo de la actuación me daba escalofríos, pero comencé a tocar puertas, entré a la especialidad de actuación cinematográfica, al servicio social en Radio UNAM, retomé las prácticas de doblaje y me inscribí a clases de locución comercial.

Cuando llegó ‘el bicho’ se pausaron las clases presenciales de la especialidad, las prácticas de doblaje y para mí la cuarentena se convirtió en el pretexto perfecto para seguir entrenando y aumentar mis herramientas actorales. La gran pregunta fue: ¿y ahora cómo? 

Algunas personas piensan que para buscar chamba en el medio actoral también hay que alimentar las redes sociales, exponerse. Pequeño detalle: a mí me gusta subir contenido personal; fotos con mi marido, mi abue, de mis viajes… casi nada tiene que ver con mi carrera. Pero ahora tengo un mantra: nunca es tarde. 

Hacer cosas para ganar seguidores jamás ha estado en mis planes, simplemente no está en mí, pero los consejos seguían llegando: usa tus redes sociales de una manera más profesional y menos “qué bien la pasamos en el baby shower”. 

Inspirada en lo que hago en mi servicio social en Radio UNAM (adaptar e interpretar los radioteatros los viernes) se me ocurrió grabar un video diario para dar vida a historias y personajes de textos fundamentales en mi vida e incluso de algunos que yo misma he escrito, y subirlos a Instagram, Facebook y Twitter. 

En el camino agregué más cuentos infantiles, de los que me declaro fan por la riqueza de los personajes y el reto de conmover al público más sincero y desafiante: los niños. Tengo muchos amigos con hijitos y las interpretaciones les han gustado mucho. He tenido un par de peticiones especiales y ¡hasta mi marido ha participado!

Lo que comenzó como un ejercicio personal evolucionó en una forma de estar en contacto con el público y usar el foro inmenso de las redes sociales para algo que realmente es significativo para mí. Me reta a conocerme un poco más y descubrirme. Me ayuda a ser más yo. 

Las preguntas “¿qué tipo de actriz quiero ser?”, “¿qué tipo de carrera quiero tener?”, “¿para qué quiero estar frente a la cámara?” me taladran la cabeza todo el tiempo. 

Las respuestas aún están en proceso, pero de lo que sí estoy segura es que quiero ser parte de proyectos que siembren algo en el público, que causen un impacto. Más allá de la remuneración económica quiero aportar algo a nuestra realidad, nuestro país, nuestro mundo.

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