Todo comenzó el fin de semana del 14 de marzo. Yo (la novia) había ido a Durango a una despedida de soltera con mis amigas mientras que el novio tenía que trabajar en una espantosa cobertura obligada del Vive Latino. Nuestra boda estaba programada para el 20 de junio en Tepoztlán.

En esos días fue cuando el coronavirus verdaderamente llegó a México, no con casos sino con temor, especulaciones y un panorama menos positivo. También el problema mediático de la irresponsabilidad de llevar a cabo festivales de música y la falta de medidas de seguridad en los aeropuertos. 

Nuestros padres y familiares de México estaban optimistas a que esto no sería tan grave como en Europa, mientras que nuestros hermanos que viven en España fueron más tajantes: cancelen todo que esto va para largo.

Pasamos por todas las etapas del duelo. Nos dijimos que faltaba mucho para junio y que la contingencia iba a terminar pasando Semana de Pascua como decía el Gobierno. Luego nos enojamos y le echamos la culpa al que supuestamente había comido murciélago en Wuhan. Durante la negociación contemplamos mover sólo unas cuantas semanas la boda sin que pasara a mayores. Por último nos pusimos tristes y aceptamos la dura realidad, este año no nos íbamos a casar.

Lo más complicado fue convencer a los proveedores. Ellos no habían pasado por el duelo en sus negocios y estaban convencidos de que el 20 de abril volverían a realizar eventos. Hasta nos dijeron “afortunados” porque “todos se quieren casar en junio y julio” porque todo volverá a la normalidad en esas fechas.

Al final, conseguimos aplazar la boda. Preferimos casarnos con calma, disfrutar el proceso y que ningún familiar ponga su salud en riesgo. No nos importa cuándo el Gobierno levante la cuarentena y sea “legal” tener una fiesta con muchas personas, queremos estar sin preocupaciones y vivir un momento de celebración.

Sólo quedaba lo más molesto: avisarle a todos los invitados, muchos de ellos, que ya tenían vuelo y hotel reservado porque vendrían del norte del país. Pero bendito Facebook que por fin fue útil y con una publicación y una foto pudimos darle carpetazo al tema. Esto nos dejó más tiempo para convivir, sobrellevar la frustración y navegar la pandemia juntos. Curiosamente, los mensajes de apoyo en redes sociales resultaron ser mucho más alentadores de lo que pensábamos y agradecemos a todos los que se han preocupado por nosotros.

Siempre que nos entran las dudas acerca de si fue la mejor decisión, sólo volteamos a ver la preocupación de los novios que se casan en agosto. Eso sí, si llega a haber un nuevo brote el siguiente año, ya estamos mentalizados para una boda con guantes y cubrebocas.