El anuncio de la suspensión de clases por el covid llegó a Colima un día de marzo; era sábado e iríamos al río. Ese día descubrimos animales primigenios en el agua, parecían trilobites. Me sentía distante, estaba allí y a la vez fuera de todo. Eran la depresión, la derrota, el asco, el punto eterno de suspensión. 

No venía de un buen lugar, y tenía miedo de ser la misma de antes. Tampoco estaba segura de lo que seguía en mi vida y me sentía una eterna farsa; la verdad no tenía ganas de estar. 

Llevaba más de diez años deprimida y comenzaba a preguntarme qué iba a hacer con ello. Recuerdo que ese día disfruté las plantas, los colores, las voces de mis amigos, de Geo y de Abril, y las nubes grises desde lo alto del mirador de Zacualpan. 

Una camioneta anunciaba algo repetidamente y la gente salía de su casa a la misa de una quinceañera. Era otra, me recuerdo y ya no me reconozco así.

...

Conforme todo comenzó a escalar sentí la catástrofe como una repentina calma. Leí en un par de artículos que a mucha gente con ansiedad le había pasado: acostumbrada a vivir al borde, la alarma extrema no me asombraba. 

Evité salir de casa durante muchos días y volví a hacer llamadas largas con la gente que quiero. La primera vez que el sol me dio en la espalda por más de media cuadra (¡casi una!) lloré. Y los días se eternizaron de maneras nuevas.

Ya no estaba aturdida por lo que pasaba a mí alrededor y me sentaba a ver tranquila todo; sabía que lo horrible solo se iba a encrudecer y que la vida en México, tal como era, iba a seguir. 

Era un bajón que no me bajoneaba porque vivir en este país es un estallido mental constante. Tuve muy presente que la vida seguía, debíamos hacer que siguiera, no la podíamos pausar y coincidía con un momento que tenía que suceder al interior. 

Entonces me volqué a Colomo, un negocio de plantas que comencé con mi papá, y echamos un nuevo proyecto a andar. De pronto me vi con mi familia, otra vez envuelta en vegetación. 

En este periodo de aislamiento social la casa se llenó de maceteros y de verde (hasta ahora hay veinticinco macetas en mi habitación) y pasamos de parecer una bodega triste y abandonada a transformarlo todo en un espacio activo, con potencial. 

Limpiamos, ordenamos, hicimos espacio para lo que llegaría porque trabajábamos en ello y hasta la bugambilia nos acompañó y se pintó de rosa como nunca antes. 

Mi hermana se rifó con su eficacia en las soluciones gráficas y yo volví a sacar costos de materiales, lijar madera, cernir barro y cuidar mis plantas bajo el medio sol. 

En este tiempo, mi papá -soldador estrella del equipo- volvió a entusiasmarse con su trabajo y a darse cuenta que sus conocimientos y habilidades son valiosos, y mi mamá volvió a encender su propia luz, a carcajearse y a enamorarse de las gatas. 

Habité la mañana con mi hermana Liz, cada quien en su computadora, y tuve que ponerme un horario laboral por primera vez en mucho tiempo. 

En resumidas cuentas (?), la casa se convirtió en nuestro espacio de trabajo y poco a poco la armonía y la calma llenaron nuestro hogar. Y así, en no sé qué día del encierro, me sentí profundamente agradecida por todo lo que sucedía en mi entorno inmediato, aislado del exterior y lejos de lo demás. 

He pensado varias veces que esta pausa extraña en el ritmo de vida me ha dejado mucho: ha sido un tiempo para recrearme, comenzar, un tiempo conmigo, lejos del querer llenarlo todo con alguien, de usar métodos de fuga para evadirme; un tiempo para enfrentar mis ansias, mis pensamientos inútiles y repetitivos, los problemas que ya no lo son, un tiempo de reconstruirme, de armarme con paciencia, de recordar a todas las mujeres cálidas que he sido y traerlas de vuelta a esto que soy. 

En estos días de salir a hacer compras en Colomo también he recordado a mi abuela y cómo hace muchos años le dije que lo único que quería era trabajar con plantas para ser feliz. Me sorprende gratamente haber llegado aquí.

Los días compartidos me enseñaron a hacer equipo y a ser una con la casa, a habitarla y dejar que el presente llene el espacio, el ahora, el aquí. Me dejaron más ligera y más agradecida, más ávida de cosas buenas, de crecer y compartir. Después de los días de encierro puedo decir que volví a reconocerme en mí: en estos días pausados, renací.