Soy Braulio Mejía y soy rescatista desde hace 18 años. Empezó como una oferta de trabajo cuando tenía 21 años, me lo ofreció una cuñada que trabajaba en eso, pero terminó como pasión. Hay cosas que te marcan como los sismos, pero sacar personas vivas muy lastimadas de un incendio o de un choque, eso también te impacta. No se te olvida nunca.

Estuve en las labores en el multifamiliar de Tlalpan que colapsó el 19 de septiembre de 2017. Rescatamos sobrevivientes, pero también cuerpos sin vida. Fueron jornadas sin parar, sin comer, sin dormir porque lo importante era sacar a la gente que seguía en los escombros. Si ellos resistían con vida, nosotros no podíamos detenernos.

Después de eso muchos recibieron diplomas, medallas, condecoraciones, pero lo que te queda es la satisfacción personal de haber hecho bien tu trabajo y salvar vidas y haber colaborado. Ahora ya no estoy haciendo labores de rescate pero sigo pensando en la posibilidad de volver, pero más preparado, con nuevas formas de aportar, por eso estudio una licenciatura en Recursos Humanos, y ya estoy por terminar. Quiero después hacer una maestría en protección civil.

A la par de ser rescatista también he trabajado en el ISSSTE por 20 años en admisión de pacientes, me toca asignarles cama para hospitalización, es un puesto administrativo y a lo mejor tu labor no se ve, ni es tan exponencial como los compañeros médicos o camilleros, pero formas parte de un grupo multidisciplinario y todos estamos dando todo para rescatar gente, ahora del coronavirus.

Yo trabajo 12 horas en cada turno. Al principio del contagio recibíamos 2 o 3 pacientes con síntomas, ahora tenemos hasta 12 posibles contagiados y sólo teníamos 4 camas para Covid. Una vez que ingresan no sabes qué pasará. De un momento a otro las cosas cambian, y a veces no te da tiempo de avisar a los familiares lo que les pasa en el momento.

A veces la gente no sabe cuál es la situación y piensa que nosotros lastimamos a su paciente o los hacemos sufrir, pero no, son circunstancias de la misma enfermedad. Cuando no sobreviven es triste porque no sólo son ellos sino ahí están sus hijos o hermanos en la sala de espera. Hemos perdido a familias completas, de tres o cuatro integrantes y es muy triste porque los que quedan no volverán a ver a sus familiares y no les puedes ni enseñar el cuerpo.

Después recibimos gritos, quejas o hasta intentos de agresiones porque la gente está muy exaltada, pero a veces te pones en su lugar y dices sí, ‘si fuera mi familiar también estaría desesperado por saber qué pasa’. Tienes que manejar tus emociones para seguirle cada hora, todos los días.

Pero cuando ves salir un paciente recuperado te da alegría y te llena de fuerzas para seguir, porque todos somos seres humanos y tienes miedo de contagiarte, pero te da gusto y satisfacción. Hay quien sale diciendo que le agradece a todos y aunque nunca los volvamos a ver ni sepan tu nombre, verlos irse te da esperanzas de que se puede y que vamos a salir adelante.