¿Por qué la gente está comprando papel de baño? Hay que quedarse en casa indefinidamente. Ya despidieron a varios en tu trabajo. (Ay goei). Consume noticias sin parar. Alármate pero no veas los videos donde la gente se desploma o saca a sus muertos a las calles. Siente la presión en el pecho. Come chatarra salada en el día y helado con barquillo por las noches.

Ya sabes cómo se contagia y qué hacer para disminuir el riesgo. Asómate todos los días por la ventana y, entre dientes, miéntale la madre a los transeúntes que siguen muy campantes mientras tú te asfixias en tu cuarto, la sala o el comedor donde trabajas, duermes y comes sin un orden específico.

Ahora vuélvete hiperproductiva. En los siguientes 40 días conviértete en tu mejor versión con dietas, ejercicios, idiomas, huertos en casa, manualidades y tesis acabadas. 

Ay no. Mejor revísate de tus emociones. Frustración, hartazgo y ganas de botar todo lo que te demanda normalidad. Maldice diario. Llora mucho. Pídele a tus diosas que esto acabe ya por favor.  

Mientras lo escribo, revivo la vorágine de sensaciones y pensamientos surgidos durante mis primeros 20 días de cuarentena en los que se me encimaron los soles en las lunas, trabajé como autómata, me hundí y luego di lugar a lo primero que se me ocurrió rescatar de mi rutina: la clase de ritmos africanos modernos transmitida cada miércoles por YouTube.

La primera semana sudé mucho y me cansé más. Me recordé minuto a minuto que eso nos pasa a los que no hacemos ejercicio desde chicos; me culpé por no sonreír y no tener la actitud que profesa Bárbara de Regil. 

La segunda y tercera me propuse hallarle el gusto y no parar. A la cuarta desperté, me metí la ropa deportiva, calenté los músculos con el maestro como guía, bailé la primera coreografía completa sin asfixiarme y con toda la cursilería que esta frase implica, la magia sucedió.

Me habité libre. Valiente. Natural. Divertida. Rítmica. Poderosa. Auténtica.

“Moví el esqueleto”, como dice Manyanga —profesor y bailarín mozambiqueño—, pero también moví el alma. Algo en mi interior se sacudió y me retiró la pesadez de los mandatos masivos de superación y de los estereotipos de belleza inalcanzable. Me miré al espejo y meneé para mí las caderas, las piernas, el pecho, la cabeza. Me encontré diciéndome: ¡Dale hija!

Luego vi que mis compañeros de clase subían sus challenge de baile que se estrenan cada martes a Facebook y me dieron ganas de hacerlo también, pero… No. ¿Qué van a decir de mí? Mejor no. 

Los días siguientes seguí en mi anonimato, pero con algo dentro repitiéndome que nos merecíamos más.

NL 1: Normita Luz has estado practicando como nunca, te mueves, lo gozas, estás viva y sana, ¿qué más da?

NL 2: ¿Sí, verdad? Pero, ¿ya viste cómo bailan los demás?

NL 1: Ajá, lo hacen increíble, ¡y nosotras también!

Y sí, lo hice. Reproduje el video 16 veces antes de publicarlo pues me costó hacer las paces con lo que veía: una mujer de talla y sonrisa grandes que se expondría al crítico mundo de las redes sociales. 

La auto compasión surgió después de cada play y me hallé hermosa; caí en la cuenta de que, mediante la danza africana, mi esencia estaba floreciendo también. “Tu video está listo. Ya puedes verlo en la sección de noticias”. Aspiré; me quedé frente a la computadora y esperé la primera reacción.

En menos de 10 de minutos llovieron los “Me encanta” acompañados de comentarios amorosos y de admirada curiosidad. Lloré otra vez, ahora en signo de rendición y agradecimiento. Reflexiono y veo que las ideas de bailar para no enloquecer y de subir videos para reconciliarme conmigo surgieron en medio de esta situación de aislamiento. Nunca sabré si de otro modo me hubiera animado a hacerlo, supongo que no.

Ya pasó un mes desde aquel día. En cada nueva entrega, la dosis cariñosa y aceptante se incrementa y como lo hice desde la primera, ahora estoy eligiendo la ropa, el maquillaje y los accesorios que quiero para salir a escena por quinta ocasión. Me gusta saber que yo escojo lo que quiero para mí.

Creo que no controlamos el momento exacto para romper nuestros paradigmas, pero sí siento que cuando pasa, se nos cristaliza el poder de decidir si regresamos al cascarón quebrado de lo conocido o si evolucionamos y echamos al viento aquello que nos aprisiona.