“Hola, Darío, ¿cómo estás?”, me pregunto todas las mañanas. “¡Dale, hay que arrancar!”.

Un baño que despabile no viene nada mal. Una cumbita. Abro la puerta y estoy en mi lugar, mi lugar de trabajo y mi lugar en el mundo. Saludo a Esteban, Octavio, Eduín, Gustavo, Ashley, William, Horacio, Yolanda y a muchas personas que integran el albergue para personas migrantes.

En esta casa se unen mil historias, mil sueños, mil dilemas, mil enojos, mil alegrías que día a día tenemos que defender para que sigamos sonriendo.

La cocina comunitaria extraña a Carmelita, quien ya casi tiene 70 años y está resguardada en su casa para que después vuelva a desayunar con nosotros. 

Mientras nos organizamos para mantener la sazón, siempre aparece alguien que quiere ponerle un poquito más de azúcar al café. No soy yo, seguramente es Sara, mi amiga colombiana, pero me regañaría si le digo que su café ya tiene mucha.

A las 8 de la mañana ya estamos todos despiertos y debemos armar una rueda para distendernos y comenzar con la dinámica de la casa.

“¿Hoy pasa la basura?”, pregunto.

“No, mañana”, me contestan.

 “¡Buenos días a todos y todas!”, les digo.

Tatatatatatatatatatatata.

Ya no nos saludamos de mano, lo hacemos golpeando los pies contra el piso. Sí, la covid nos modificó el apretón de manos.

“¿Ashley puede decir las reglas del día?” Ella es la niña más pequeña de la casa.

“Paso 1, estornudo en el brazo; paso 2, toso en el otro brazo; paso 3, me lavo las manos, desinfecto y limpio todo para dejar los bichitos del coronavirus afuera de la casa”, responde.

Ahí viene Esteban, el más pequeño de la casa, que recién se despierta y exige hacer ranitas —o ‘Nanitas’, como él les dice—. Yo no puedo hacer diez, pero una o dos, puedo.

Café, tortillas, huevos revueltos y juguito para el desayuno de hoy. Al terminar comenzamos las actividades: los adolescentes se van a hacer su tarea para la escuela virtual. Sí, hasta tarea virtual nos deja la pandemia.

Niños y niñas van al área de niñez porque hoy hay Jenga para construir castillos, caminos y estudiar las letras del abecedario; luego, unos cuentos. 

Por cierto, si alguien puede recomendarnos una película se lo agradeceríamos. Ya vimos las de ‘Toy Story’, ‘El libro de Lila’ y muchas más.  

Por su parte, los adultos debaten en el patio quién va a cocinar; Jesús y Eduín están listos para pintar y terminar de armar el cuarto nuevo para familias.

Ya están los encargados del almuerzo y la cena, solo nos falta elegir quién pondrá la película en la noche. Me repiten que no me dejarán poner la historia de Boca Juniors. Yo les cuento un secreto: aquí todos les vamos al Boca Juniors. 

Al mediodía me apuro porque ya me llegó el mensaje de Andrea, una gran amiga, para entrar al curso virtual. Estamos capacitando en temas de migración; siempre surgen cosas por aprender y compartir. 

No voy a poder terminar el día sin enviarles un mensaje a mi mamá, a mis hermanos, a mi amigo Pato unas cumbias. Ine y Melina saben que les llegará un mensaje con stickers para decirles que las extraño. 

Todo esto debo hacerlo antes de las 8 pm porque en Argentina son tres horas menos. Cuando decidí migrar sabía que esto pasaría, que los extrañaría y que hoy los extraño mucho más. Ellos también están encerrados por la covid, pero todos sabemos que debemos seguir cuidándonos para poder defender nuestros sueños.

Buenas noches y sueñen, que mañana abrazarán a todos aquellos que aman.

Por mi parte seguiré migrando para tener un mundo mejor.