Tengo dolores de cuarentena, me duelen la espalda y el cuello porque aún con silla para escritorio, cojín ortopédico y posapies; la vida frente a la computadora es insana. Llevo más de dos meses de reclusión en los que no sólo he trabajado de lunes a viernes durante 8 horas o más en la computadora, también he estado sentada frente a la pantalla mientras participaba en círculos de lectura y tomaba cursos online, o mientras conversaba por videollamada con mis amigas. Además, está la picazón en los ojos resultado de la luz de la pantalla y el cosquilleo en las venas de las piernas que llega a sentirse como una fila de agujas clavándose en la piel si ignoro la recomendación de levantarme de la silla cada hora.

Me duele también la cabeza. Es una sensación que inicia como malestar difuso pero que luego se me instala en la nuca y desde ahí se va extendiendo como si fuera un globo que se llena de aire hasta hacerme palpitar las sienes. Los primeros días de cuarentena me apresuraba a ponerme el termómetro digital en la axila cada vez que sentía dolor de cabeza, pero el indicador nunca rebasó los 36. 7ºC. Nunca fue fiebre, sólo enfado de estar encerrada.

Y la panza, también me duele, no sólo porque el movimiento que incentivaba a mi intestino a trabajar -como los pasos cotidianos y los entrenamientos de la tarde- se redujo considerablemente, sino también porque el miedo al contagio duele en la panza.

Llevaba dos semanas y media de encierro cuando mi hermana menor despertó con flujo nasal, tos y fiebre alta; ella tenía antecedente de viaje a Estados Unidos así que de inmediato me forré con cubrebocas, guantes y careta, y fui a recogerla para acudir al Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición por una prueba. Sólo la dejaron pasar a ella y la oficial de seguridad privada de la entrada me mandó a las bancas del camellón. Me senté y me quedé quieta un momento tratando de concentrarme en un solo pensamiento: ¡cálmate! El pulso me palpitaba con fuerza en el cuello y tenía dolor de panza, de esos cólicos que aparecen de repente y se intensifican muy rápido hasta que te doblan. Empezaba a sudar frío cuando mi hermana salió del hospital con la instrucción de ir a casa a esperar el resultado.

Luego de dos días que se sintieron como una semana, mi hermana me llamó para avisarme que el resultado era negativo. Lloré como no lo había hecho en mucho tiempo. La noticia me produjo lagrimones y sollozos arrebatados que no eran más que el terror de perder a mi hermana saliendo de mi cuerpo. Tenía una extraña mezcla de alivio con preocupación porque había sido una falsa alarma, pero también un recordatorio de que mis personas queridas o yo misma, podemos enfermar. Ese pensamiento se ha mantenido presente durante toda la cuarentena, y siempre viene acompañado de dolor de panza.

Trabajo para una organización de la sociedad civil con presencia en varios países y recientemente nos informaron que mil 500 personas serán despedidas en diferentes regiones a causa de la crisis económica provocada por la pandemia. La preocupación de perder el trabajo también se siente con fuerza en el cuerpo, yo la siento como un vacío en el pecho, como si mi caja torácica fuera un abismo que en cualquier momento me succionará el corazón, el hígado, los pulmones, todo.

En los próximos meses el confinamiento se relajará y podré acudir a lugares distintos al supermercado, iré a correr al parque con mi compañero de entrenamiento y de vida, volveré a la escuela y me reuniré con mis amigas para festejar con cocteles de ginebra todos los cumpleaños atrasados. Estoy segura de que el sudor del entrenamiento, los abrazos y las carcajadas ayudarán a sanar mis dolores de cuarentena, pero sé también que la preocupación, el miedo y la angustia vividos podrían tener consecuencias a largo plazo. Ya veremos.