Mi hija Dalia desapareció en 2010 en San Fernando y hasta la fecha no he tenido ninguna noticia de ella. ¿Ve esa manta? Esa es mi hija, la de la esquina: una de cientos de desaparecidos en Tamaulipas. Ahora yo cuido a los tres niños de mi hija.

Se supone que se detuvo la búsqueda de cuerpos por el tema del coronavirus. Supuestamente, porque la Segob no hacía nada: todavía no llegaba esa pandemia y no buscaba, y ahora, con el coronavirus, ¡menos! Con esta contingencia están peor las cosas.

Haga de cuenta que el caso de todas las madres de desaparecidos es el mío. Yo no hablo nomás por mi caso, hablo por el de todas, ¿verdad?, porque yo pienso que, si mi hija también está en esas condiciones, desaparecida, yo también pido que continúen las búsquedas, porque yo no he tenido ninguna respuesta de mi hija durante 10 años ya.

Yo padezco presión alta, incluso se me hinchan mucho los pies. Mire. No sé si sea por retención de líquidos. La verdad, no me he tratado, porque no tengo con qué, no tengo manera, ni para el medicamento.

Ahorita, con lo de la pandemia, dicen que no puede una ni salir. Yo vendo ropa de segunda en los tianguis, pero también nos quitaron de andar vendiendo allá en Ciudad Victoria. No tengo nada de chamba.

Y aunque esté así, con mis pies hinchados como sapos, yo voy a seguir buscando a mi hija.

Así he andado preguntando por ella en el lugar donde desapareció, ¿verdad?, en el municipio de San Fernando, pero, pues, sin resultado alguno. La gente no quiere hablar, y, los que saben algo, no dicen nada por miedo, por temor.

Yo sé que, por mi enfermedad, el coronavirus me puede afectar más, pero yo lo que quiero es recuperar a mi hija. Lo peor ya me pasó: haber perdido a mi hija, estar muerta en vida, no saber nada de ella. Pues ¿qué más da?