Carlos, además de residente de 3er año es miembro del Comité Interinstitucional y Mediático de la Asamblea Nacional de Médicos Residentes, se ha dado a la tarea de juntar testimonios de personal médico y los comparte, con permiso de ellos, con los lectores de Animal Político

Los hospitales encierran entre sus muros las certezas universales a las que podemos aspirar como especie: vida, enfermedad y muerte. En estos recintos, símbolos unívocos de modernidad y progreso, otros seres —humanos también— se encargan de dotarles de sentido y funcionalidad. Estos son los humanos de hospital. Una subespecie no muy antigua. Se adaptan rápidamente al ritmo convulso e indolente de las entrañas nosocomiales. Ven desfilar, en un flujo agotador para la propia existencia, el devenir de cientos, miles de vidas: los sucesos que marcan y moldean la finitud de la existencia. Sus tareas van desde la limpieza de un quirófano, el trámite ordinario de un certificado de defunción o la intervención quirúrgica de urgencia por un apéndice inflamada. No nos confundamos. Los humanos de hospital, espectadores de inmensos torrentes de realidad, tramas repetitivas con mínimas variantes, no dejan —ni por asomo— de renunciar al sufrimiento y asombro. Las voces son múltiples. Entraman testimonios cargados de emociones compartidas que corren con la suerte de la intrascendencia. Solo ecos apagados y apenas inteligibles entre los muros fríos e infectos. No hay otro destino que el anonimato. La secrecía de un sinfín de verdades dolientes. Crónicas que no se cuentan.

I. “¿Por qué lo hago?”

La Dra. J es residente de medicina interna del Hospital General “Dr. Manuel Gea González”. No pasa de los treinta años de edad. Le he pedido que me narre, en un audio, un día típico dentro de la Unidad de Cuidados Intensivos para pacientes con COVID-19. Comienza titubeando. Silencios prolongados y risas breves. Se excusa.

La verdad me es difícil ordenar mis ideas, siento que el tiempo no pasa, es un presente eterno, y lo dice con una voz a punto de quebrarse en llanto.

Le toma casi minuto y medio encontrar un principio para su historia. Comienza en un pasado inmediato.

Desde un día antes, o sea, en la preguardia, uno sufre más porque sabes que tienes que volver. Aunque llegas agotado, y duermes más de doce horas continuas, nunca descansas. Me invaden los sueños, muy vívidos, generalmente pesadillas, veo a mi familia, a los pacientes morir. Despierto segura que ha pasado lo peor.

Hace una pausa, rebusca en su cabeza la secuencia lógica de una realidad trastocada.

Todos mis compañeros han comenzado a beber más alcohol, bueno, ahora con la Ley Seca ya no. Pero antes, todos bebíamos media o una botella de vino, un par de cervezas, para poder conciliar el sueño y no despertar en medio de la madrugada.

Luego, en un ritmo casi frenético, comienza a describirme las vicisitudes de una guardia.

Me despierto alerta, con una energía molesta, ya sabes, en posición de defensa. De inmediato viene a mi mente que una vez más tengo guardia. Deseo que el trayecto se prolongue más, que nunca acabe, nunca llegar al hospital. Pero llego. Antes de entrar tienes que colocarte todo el equipo de protección. Es un ritual minucioso. Te lleva algunos minutos y no dejas de pensar en el ardor de tu piel y los ojos por tantas horas de llevarlo puesto. Te asignan a diez pacientes, la mayoría, intubados. Los que no lo están, los más graves, gritan, piden ayuda porque se sienten asfixiados. Y tú sabes lo que eso significa: que tendrán que ser intubados también. El tiempo no te alcanza, tienes que hacer un montón de cosas. Te sientes impotente, inútil. Un silencio breve, como apertura a un rubro doloroso, una confesión.

Tomo antidepresivos y ansiolíticos, y aún así no tolero la ansiedad ni la tristeza. No le he contado a nadie que lo hago porque tú sabes, la salud mental es un tabú, incluso entre nosotros. Me ve un psiquiatra y un psicólogo. Siento que en cualquier momento me voy a romper. Cada guardia es una lucha por mantenerme firme, de pie.

Retoma su narración de la guardia. Me dice, en un tono que se adivina repleto de frustración y coraje, que los pacientes intubados tienen ese destino indefectible, el de la muerte, una muerte solitaria, rápida pero dolorosa. Insiste en el sufrimiento de estar ahí, dentro del hospital, en medio de un patógeno que arrebata la vida en unos cuantos días, con asfixia, infartos. Describe el ardor de sus ojos y del tabique nasal: los goggles son desinfectados con soluciones cloradas y eso irrita a la conjuntiva; los respiradores N95 lastiman el tabique nasal por el clip metálico que se ajusta y proporciona hermetismo. También experimenta un largo sofoco con el equipo de protección personal, el de toda una jornada, de hasta veinticuatro horas. Así que vive esa empatía con el paciente más allá de lo abstracto: ella también sabe lo que es no poder respirar, sentir que el aire no entra en tus pulmones.

No sé cuánto más vaya a aguantar, la verdad. Por el momento sigo con mis medicamentos. No sabes cuánto deseo que todo esto acabe. Ahora todo es COVID. No hay otra cosa en nuestras mentes. No puedo pensar en algo más. Todo se repite. Y así estamos la mayoría. Los días cada vez son más malos. A veces me pregunto, ¿por qué lo hago? ¿Qué es lo que hago aquí? Creo que es humanismo. Eso nos mantiene de pie y trabajando. No hay otra explicación. La verdad.

La Dra. J da por terminada su narración. Me dice, con un enorme pesar, que tiene que dormir temprano. Mañana es otro día de guardia.

II. “Me la tengo que rifar”

La enfermera K. trabaja en una clínica del IMSS de Tijuana. Le realicé la invitación para participar en la elaboración de crónicas breves del personal sanitario en tiempos de la pandemia. Aceptó. Le doy instrucciones para que realice su relato, también, por audio: narrar un día de trabajo cronológicamente, detallar emociones, pensamientos, describir el entorno. A la mañana siguiente, veo mi celular y me encuentro con seis mensajes de la enfermera K.: son audios de hasta cinco minutos cada uno, media hora de relato. La transcribo textualmente:

Siempre me levanto muy temprano, a las seis de la mañana, porque no puedo dormir. El día anterior fue muy pesado para mí. Termino muy cansada. Tengo hasta quince pacientes asignados. Por ejemplo, ahorita estoy en urgencias. Hay muchos pacientes que entran con síntomas de COVID. Llegamos incluso a atender un servicio de ochenta pacientes solo siete enfermeros. Es mucha ansiedad, mucho trabajo, todos necesitan cuidados. Por eso no puedo dormir: sé que al día siguiente va a estar igual de pesado. Solo duermo cuatro horas. Así me la vivo todos los días.

Mis papás ya me alojaron en otro cuarto de la casa. Lamentablemente, hace unas semanas, mis papás y mi sobrina se enfermaron. Entiendo que se hayan asustado, son personas mayores de edad. Por eso me la tengo que rifar de alguna manera, aunque sea doloroso, separarme de mi familia. A veces no tengo ganas de ir trabajar. Varios conocidos me han pedido pedir informes de familiares, ya que no pueden visitarlos.

Cuando llego a la clínica tengo que checar. Luego nos dan un uniforme quirúrgico; no podemos usar el blanco, el normal. La fila es enorme. Puedes tardar hasta veinte minutos. Te tienes que cambiar en los baños. Hay códigos blancos (significa que tienen que trasladar pacientes a piso de cuidados intensivos). Eso retrasa más la entrada. Ya han pasado más de treinta minutos. A veces no contamos con los equipos de protección personal necesario, y tenemos que esperar que nos lo suministren.

A la hora de entrar, ya que estás listo, entras en el área de tococirugía. Fue adaptada para recibir a los pacientes con COVID y luego pasarlos a piso. He visto a muchos pacientes fallecidos. Los camilleros no se dan abasto para trasladar los cadáveres. No hay certeza que al intubar a un paciente va a mejorar. Puedes ver a un paciente estable, y en unos minutos, comienzan a saturar muy poco oxígeno, no pueden respirar. Son como peces fuera del agua. Hacemos lo más humano posible, con lo poco que tenemos, con los pocos que somos, pero no se puede. No podemos. He salido llorando, sobre todo, cuando veo la angustia de los familiares. Hay impotencia, frustración, miedo.

Los pacientes estables, los que no han requerido intubación, comienzan a deprimirse. Solos, sin visitas de sus familiares. Solos, y viendo a otros pacientes morir. Muchos tratan de escapar, por esa misma tristeza y desesperación. Es sumamente difícil hacer que entienda la gente lo que pasa dentro. Trato de echarles la mano, les pido sus teléfonos para darles informes a través de mensajes, para tranquilizarlos. Pero no puedo con todo. Me gusta escuchar las historias de pacientes que salen de la hospitalización, que se recuperan. Eso me hace pensar que no todo está perdido.

Los audios terminan con una disculpa:

No sé si te lo dije bien, siento que todo está revuelto, mezclado. Nunca había estado tan confundida. Hay sentimientos encontrados.

III. “Salgo hasta el lunes”

M. es guardia de seguridad en el hospital Centro Médico Nacional Siglo XXI. La conocí durante mi guardia de fin de semana, un sábado, después de llenar un certificado de defunción de una paciente alojada en el bloque A para COVID. Es la encargada de vigilar que solo el personal autorizado entre a la zona administrativa. Tengo que esperar unos cuantos minutos, el subdirector médico, el de turno nocturno, se encuentra atareado, respondiendo llamadas, informándose del estado de salud de los pacientes, parece un gran pulpo solucionando infinidad de problemas.

Decido entablar una conversación con M.: ella detrás del mostrador con un cubrebocas quirúrgico, simple, azul; yo, recargado en uno de los pilares, con un respirador N95 y lentes de protección. Le pregunto, para romper el silencio que ya venía imponiéndose desde mi llegada tal vez por esa innoble tarea de ser el emisario burocrático de una muerte, cuándo termina su turno. Me responde, casi en un lamento, que saldrá hasta el día lunes, porque doblará turno. Luego, por cortesía, me hace la misma pregunta: yo salgo mañana, le respondo. Continúa platicándome sobre su familia: tiene hijas y nietas, una madre de la tercera edad que tiene que cuidar; los ingresos, casi en su totalidad, corren por su cuenta. Su salario no es superior a los seis mil pesos mensuales. Como todos, ella tiene miedo. Y agrega, después de haberme quedado mudo por esas revelaciones, que no hay otra opción que la de continuar y salir adelante. Parece que queda inconforme con su mención del miedo. Hace una aclaración: no tengo miedo de contagiarme, sino de contagiarlos, dejarlos solos. La entiendo, le respondo, casi todos tememos más por nuestros familiares que por nosotros mismos.

El subdirector me hace una señal, se ha desocupado de la retahíla de llamadas y deberes administrativos. Necesito su firma, oficializar un deceso, objetivar una muerte con números y letras. Me despido de M., le deseo lo mejor y reitero que fue un placer conocerla. Ella solo sonríe y asienta con la cabeza.