Hace un año, por temas laborales, bebía y celebraba en un lujoso hotel de Miami. Hoy, en cambio, estoy en casa con mis padres, en Ecatepec, Estado de México y sin un empleo.

El COVID-19 me dio un duro golpe, que no solo me quitó un estilo de vida al que ya estaba muy acostumbrado, sino que me regresó a una realidad que olvidé que existía.

Lloré, me enojé y maldije cuando pasé a formar parte de las millones de personas que se han quedado sin trabajo, pero ahora empiezo a creer que esta pandemia ha sido un parteaguas positivo en mi vida. 

Desde pequeño viví carencias, por eso es que hoy disfrutaba como nadie de mi mejor momento económico y profesional, el cual comenzó desde hace un par de años. Fue bueno mientras duró. 

Trabajaba en el ramo de los consumibles para mayoristas, quizá los millones de pesos que vendía mensualmente para la empresa me impidieron creer que un virus proveniente de China afectaría a México y en particular a mi economía.

Lo acepto, mi buen momento me cegó y no le di importancia al tema, mucho menos me preocupe por ahorrar (de hecho eso nunca le he practicado), preferí seguir disfrutando el día a día. 

Pero la pandemia nos alcanzó y en tan solo un mes me bajaron el sueldo, luego me cambiaron de puesto y al final me corrieron. Solo hasta ese momento me percate del poder del virus. 

Ese día regresé a mi casa con una rara mezcla de sentimientos, en las que predominaba la vulnerabilidad. Por primera vez en mucho años, no era la persona segura y hasta soberbia, sino que me sentí indefenso y con miedo de no saber que vendría para mi. 

Llegué a casa, platiqué con mis padres y mis hermanos. Me tranquilicé, había olvidado lo que es el apoyo familiar. Me sentí cobijado y comencé a redescubrirlos. 

Ya son tres semanas de encierro con ellos y muy al contrario de lo que pensaba, puedo decir que esta situación ha sido para bien. 

Nuestra relación ha mejorado, somos más unidos, he dejado algunos vicios, además de que he aprendido a escucharme y aunque los miedos siguen, estoy seguro de que saldré más fuerte que nunca. 

De no haber sido por esto, por ejemplo, seguiría sin valorar el esfuerzo que hacen mis padres diariamente por sostenerse. Mi mamá vendiendo en varios tianguis de la colonia y mi padre como policía en el Metro de la CDMX. 

Ambos tienen más de 50 años y aunque a veces salen con miedo, les gana la convicción de seguir adelante. Virtudes que había olvidado, gracias papás por ser como son. 

Ahora más que nunca me siento orgulloso de lo que soy y de mis raíces. El desánimo viene y va pero no me detendrá, tengo una maestría por acabar y muchas metas profesionales por cumplir. 

A mis 32 años y por el momento que vivía creo que una caída así era necesaria para replantear mi vida. 

Me gusta pensar que adversidades se presentan como retos para comprobar nuestra fortaleza. 

No me rendiré, iniciaré desde cero y saldré adelante como las millones de personas que se encuentran en mi situación. 

Gracias vida por esta lección.