Al convertirme en madre de dos, hace 10 meses, una de las metas que me impuse era seguir siendo “mamá de uno”: que cada uno de mis hijos sintiera que tenía espacio exclusivo para cada uno de ellos y que podía arreglármelas para tener “nuestro tiempo” de madre-hijo / madre-hija; además del tiempo familia y hermanos. 

Habíamos logrado una rutina entre la escuela de M —que tiene 3 años—, el tiempo de juego y las necesidades de E, una bebé tranquila que se iba descubriendo. Tenía mi tiempo perfectamente dividido para que las cosas funcionaran para cada uno de nosotros, en lo individual y lo colectivo; pero llegó la cuarentena y lo perdí todo. 

Ahora no puedo cansarme nunca, no puedo pedir ayuda, si el cuerpo no me da para seguir jugando, para seguirme moviendo, simplemente no hay alternativa. No hay a dónde ir. Suena muy obvio, pero con la cuarentena el trabajo nunca acaba y ellos nunca dejan de exigir y pedir más. 

Y el reto va mucho más allá de un esfuerzo físico. Cada uno de nosotros perdió su espacio. M, por ejemplo,no puede correr en la escuela, no ve a sus amigos, primos o familia, no tiene ya su tiempo a solas con mamá, debió “entender” al primer día que su papá está en el cuarto de a lado, pero no puede jugar todo el tiempo. El tiempo de familia ya no es lo que él veía: estamos todos aquí, pero no compartimos igual.

Se enfrenta de golpe a que tiene una hermana cuyas necesidades no pueden esperar y a quien hay que atender ya: tiene hambre, tiene sueño y en un escenario normal, ese es un proceso lento que platicábamos con él, vivíamos en un ambiente de “te explico” cuyos resultados podían llevar días, semanas; revisábamos las cosas para encontrar juntos la mejor forma de adaptarse. 

Ahorita eso es imposible. Ahorita es “te tienes que callar porque tu hermana está dormida y ya”.

A pesar de que la adora y es super buen hermano también es difícil comprenderlo todo y a veces la aplasta o es brusco con ella porque necesita y exige más de ella. 

En la cuarentena también nos tocó el cambio de edad de E, de bebé bultito ‘me siento y ya’, a bebé gateo, subo las escaleras, necesito explorar. No puedo frenarla, no puedo —ni quiero— quitarle el gusto de convertirse en esa bebé. Pero eso aumentó el grado de complejidad de todo, porque de pronto fueron dos con necesidades muy diferentes, pero igual de demandantes.

A, mi esposo, está aquí en la casa con nosotros y comparte esta responsabilidad, pero también veo como ahora trabaja mucho más, tiene más reuniones, está sometido a mucho más estrés y vive una tensión laboral que lo consume y de la que no se puede desconectar porque todo ocurre en casa, mientras no puede evitar que la vida de M y E cambie y que ni siquiera se los podamos explicar. 

¿Cómo se soluciona? Quizá estableciendo de nuevo rutinas pero, ¿cómo se construye en días lo que llevó años?, ¿cómo se les explica que nuestra manera de entendernos y conocernos, ya debe ser otra? 

Sí, es como vivir otra vez un postparto. Tengo que dividirme y olvidarme de mis necesidades para meterme en sus cabecitas y tratar de satisfacer las de ellos y, al mismo tiempo, tratar de encontrar la forma de seguir cuerda. 

M y E están en etapas totalmente distintas y los dos deben sentir que son igual de importantes que antes, aunque eso implique regresar a no tener tiempo para mi, a no poder parar jamás. Simplemente no hay alternativa. 

Antes de la cuarentena teníamos un equilibrio. El equilibrio de mi casa y de mi vida quizá estaba construido sobre tablitas de Jenga, hacía malabares todos los días, pero tenía el control. Ahora tengo que improvisar todo el día, todo el tiempo, tratando de mantener todo bajo control y dar a mi familia una sensación de seguridad que muchas veces ni siquiera yo misma tengo.