La mía no es una historia de pobreza como la de muchos que se van de México. Simplemente le dejé de encontrar sentido a vivir en la ciudad en la que había nacido. Soy afortunada y tuve la oportunidad de tener eso que millones de mexicanos que viven en las garras de la pobreza no tienen: la posibilidad de tener un dilema existencial y solucionarlo lanzándose a la aventura y poniendo un océano de por medio.

Tenía mucha ilusión de venir a Madrid, muchas ganas de empezar de nuevo. Madrid para mí era, y es todavía, un lugar muy especial.

Antes de que el SARS-CoV-2 demostrara su verdadera capacidad letal y la gente empezara a morir por miles alrededor del mundo, recorría las calles de Madrid con mi mejor amigo cantando “coronavirus, coronavirus, lávate las manos, háganlo seguido”, esa pegajosa cumbia que tuvo un éxito absurdo al principio de la pandemia.

No tenía miedo al principio y pensaba lo que casi todos, que era como una gripa común. Una amiga queridísima volvió de Italia y la abracé apenas pude verla de nuevo. El 8 de marzo fui a la manifestación del Día de la Mujer. El gobierno español fue tan irresponsable como para permitir que nos congregáramos por miles, aún cuando había tenido acceso a información privilegiada por parte de la Organización Mundial de la Salud que anunciaba el peligro inminente del virus, pero eso no se sabía entonces. Había ya una decena de muertes y casi 500 contagios.

Un par de días después, vino una llamada. Había convivido con una persona que presumiblemente tenía coronavirus. Empecé a tomármelo en serio y decidí aislarme voluntariamente. Los muertos empezaron a aumentar. El miedo también. Decretaron el estado de alarma que nos confinaba a permanecer en casa.

Me sentaba en el sillón a dejar pasar los días, en espera de los síntomas de coronavirus. La incertidumbre de vivir una pandemia histórica me hacía sentir que todos formábamos parte de una película apocalíptica. A veces aún lo pienso. En el pico de la pandemia en España, varios días estuvimos a decenas de llegar a los mil muertos por día. Miembros del ejército entraron a varias residencias de ancianos y encontraron a muertos conviviendo con vivos. Es algo que viene a mi mente todavía de forma recurrente.

Desde el principio de la pandemia intenté alertar a conocidos y a familiares en México sobre lo peligroso que parecía ser el coronavirus para que no les pasara lo que a mí, pero decidí abandonarlo porque me dolía la manera en la gente se burlaba. Me enojaba ver cómo el presidente seguía llamando a la gente a seguir haciendo vida normal y a comer en los “restauran”, en medio de una tragedia que ya se había convertido en mundial. Yo tenía ya muchas semanas de haber dejado de cantar “coronavirus, coronavirus” y estaba recluida en mi casa, esperando.

Voy a volver a México porque si el futuro es sombrío para los españoles que ya están sumidos en una crisis peor que la del 2008, para mí resulta más que insostenible sin un trabajo fijo y en euros. Sobra decir que la decisión fue dolorosa, pero agradezco tener la posibilidad de decidir.

Tengo miedo de subirme al avión de regreso porque todos respiraremos el mismo aire durante las 12 horas que nos llevará cruzar el océano y nos podemos contagiar muy fácilmente. Tengo miedo de encontrar colapsados los hospitales y no encontrar sitio si es necesario. Pero ambos son riesgos que hay que correr para volver.

Tengo miedo de contagiar a mi familia porque forman parte del grupo de riesgo. ¿Cómo podremos relacionarnos sin riesgo a partir de ahora? "Sin riesgo" es algo que no existe ya. 

Quisiera darle un abrazo de despedida a los amigos que dejaré en Madrid y, cuando esté de vuelta en México, uno a mi familia y a mis amigos, pero sé que es imposible.

Todavía no logro imaginarme de nuevo en México, pero en Madrid tampoco. Es una sensación con la que llevo muchos años viviendo, la de no pertenecer a ningún lado. Con todo, volver a México será una bendición y me siento agradecida por tener un lugar seguro al que volver.