Lo acepto: esta cotidianidad no hubiera sucedido tan rápido de no ser por la pandemia. Piero y yo llevamos menos de medio año juntos y yo jamás he vivido con ningún novio porque nunca he estado lista. 

En noviembre, los primeros tragos en Jardín Juárez después de hacer match en Bumble; en diciembre, el inicio del noviazgo; y en ¿marzo o abril? la decisión de aislarnos en pareja para protegernos del coronavirus. A estas alturas del aislamiento ya perdimos la cuenta de los días. 

Llegó la pandemia, las recomendaciones de distanciamiento social y la posibilidad de no vernos durante mucho tiempo (quién sabe cuánto, porque en este tipo de situaciones lo que menos tenemos son certezas). 

“¿Qué vamos a hacer?”

“¿Y si lo pasamos juntos?”

Le respondí que lo pensaría. 

Y lo hice. Hasta destiné una sesión de terapia completita para hablar de los dos lados de mi moneda, los miedos y las esperanzas. 

Para mí algo era seguro: quería estar a su lado en estos tiempos difíciles; sabía que sus brazos podrían darme paz en medio de la intranquilidad y, soy honesta, también temía que la distancia pudiera disolver lo poco que habíamos construido hasta el momento.

Al mismo tiempo tenía otro miedo grande: “¿y si tanta cercanía nos quiebra?” 

Porque esto no es normal. Vivir 24/7 y en cuatro paredes con una persona —un perro y un gato— no es normal. Nada de lo que está pasando en el mundo es normal.

Contra todo pronóstico he aprendido a dormir junto a un hombre que de pronto ronca y sueña a todo volumen. Aunque nuestros horarios laborales son muy distintos, todos los días nos damos unos minutos para comer juntos, a veces medio en silencio. Por las noches, Netflix y el helado son nuestros mejores amigos. Y no, ya casi no hablamos sobre el coronavirus. 

Pero es difícil. 

Hay días en que despierto y no puedo levantarme de la cama; días en que ambos tenemos ansiedad y compartimos esa horrible opresión perpetua en el pecho; días en que no soporto más escuchar los ladridos de Pechuga y quiero huir. 

Por supuesto, ya nos peleamos y nos ignoramos un día completo, cosa inédita. 

A veces Piero no habla. A veces siento que soy la única en la relación con este nivel de desesperación por la cuarentena y hasta pienso que seguro ya se arrepintió de compartir su cotidianidad perturbada conmigo. 

No sé ustedes, pero en el confinamiento también necesito mi espacio, por eso salto de habitación en habitación para trabajar, leer o perderme en mi celular como una idiota; paseo a Pechuga dos veces al día y finjo necesitar algo del “Seven” nomás para salir y ver el cielo. 

También pienso en mis padres, en cuánto los extraño y cómo sería el confinamiento con ellos. 

A veces pienso que Piero y yo nos precipitamos al decidir aislarnos juntos y otras siento que no podría soportar una mañana sin sus besos de buenos días y sin sentir sus piecitos a un lado de los míos. 

Una noche antes de traer mis cosas a su departamento, Piero me habló sobre su miedo principal: el futuro de nuestra relación después de la cuarentena. 

Extrañamente, para él no representaba ningún temor convivir 24/7 de esta manera; la amenaza, más bien, era pensar qué pasaría después, cuando yo volviera a mi departamento y a mi vida. Dijo que le daba miedo pensar que quizá daríamos “un paso atrás”. ¡Fue increíble saber que sus miedos eran tan distintos a los míos!

Lo cierto es que, como todos, vamos un día a la vez y, como algunos, cada quién toma terapia a distancia (¡menos mal!) Hoy, él es mi compañero en esta montaña rusa de emociones y se lo agradezco de corazón. 

Mientras escribo este texto lo escucho dormir y lo veo con el celular casi en la cara, como siempre. De pronto se despierta para decirme que soñó que mis padres venían a cenar y se vuelve a dormir. 

Y sí, quiero que algún día, en una realidad más normal, mamá y papá vengan a cenar con nosotros.

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