La primera vez que escuché sobre el coronavirus fue a principios de enero de este año. En las noticias todos los días hablaban de la situación de China. Yo, en aquel momento, lo vi como una situación ajena y lejana, lamentaba que estuvieran pasando por eso. Jamás imaginé que la COVID-19 nos alcanzaría. Mucho menos pensé que yo me infectaría.

Pasaron las semanas y en México nuestra vida transcurría de manera normal. Las actividades seguían como si nada. A finales de febrero, temas laborales me llevaron a París. Por esos días, la situación empezó a complicarse en el norte de Italia, sin embargo, en París la vida seguía con normalidad.

Yo comencé a tomar precauciones, pues pensaba que París no estaba tan lejos del norte de Italia. 

En tan solo unas semanas, sentí que la COVID-19 estaba cerca de mí.

Dejé de usar el transporte público, solo caminaba a donde tenía que ir, no me senté en ningún restaurante a comer, pedí mis alimentos para llevar. El gel antibacterial y yo éramos uno mismo, me lavaba las manos tantas veces como me fuera posible y usaba cubrebocas, a pesar de que los parisinos me veían como un bicho raro. 

Regresé a México, y aunque yo creía que había tomado todas las medidas necesarias para protegerme, a los pocos días aparecieron los primeros síntomas que me causaron preocupación. Desde el primer momento que entendí que algo en mi cuerpo no estaba bien, comencé a buscar ayuda.

Lo primero que escuché fue que, si tus síntomas no eran graves, permanecieras en casa y no te expusieras a un hospital para evitar más contagios. Así que inicié una lucha por obtener la prueba vía telefónica. Me comuniqué a los hospitales ABC, Médica Sur y Ángeles del Pedregal, ahí me dijeron que en aquel momento (sábado 14 de marzo) no tenían pruebas disponibles y que les llegarían la siguiente semana. Llamé a mi seguro de gastos médicos mayores (GNP) y me dijeron que la indicación que tenían para pacientes como yo era que me comunicara al número que dio el gobierno federal: 800 00 44 800.

Durante sábado y domingo intenté comunicarme a ese número, pero la llamada ni siquiera conectaba. Fue hasta la madrugada del lunes 16 de marzo que me contestaron. Después de responder un formulario, me confirmaron que era un caso altamente sospechoso. Me dijeron que al día siguiente acudiría alguien a mi domicilio para tomarme muestra. Amaneció y yo estaba entre nerviosa, preocupada y asustada, y así esperé todo el día, pero nadie llegó. 

Al día siguiente llamé al INER, ahí me dijeron: “no vengas, solo se están aplicando pruebas a personas de edad avanzada, con enfermedades que comprometan su vida y con síntomas graves”.

Un día después, Claudia Sheinbaum anunció el servicio SMS, mandé covid19 al 51515, me aplicaron el mismo cuestionario y recibí un mensaje que decía que tenía alto riesgo de estar contagiada, que le darían seguimiento a mi caso en tres días. 

Cinco días después recibí un mensaje preguntando si mis síntomas habían empeorado. Respondí que sí, dijeron que seguía en riesgo de estar contagiada y que me darían un folio para seguimiento. El folio nunca llegó.

Paralelo a todo esto llamé a 3 médicos particulares, un médico general y dos infectólogos. Ellos coincidieron en que mi cuadro era COVID-19. Después de un par de días, el hospital Ángeles del Pedregal me avisó que ya había pruebas, que debería internarme por urgencias para acceder a ella. No pasó ni media hora para que se comunicaran nuevamente y me dijeran que no, que las órdenes eran aplicarla solamente a personas con síntomas graves.

Desistí de acceder a la prueba.

Con el paso de los días me fui sintiendo cada vez peor.

A mí no me quedaba duda, tenía COVID-19. Lo que sentí en esos días nunca lo había sentido.

Para mí, la enfermedad COVID-19 comenzó en forma de ardor de ojos, (por eso, no se me quita la idea de que el virus me entró por los ojos, debí tallarlos en un descuido…suposiciones mías). Me ardían mucho, los tenía rojos y me lloraban, después apareció una presión en el pecho que me acompañó por semanas y no me dejó sola ni un minuto. Dolor de cabeza insoportable, dolor muscular y de articulaciones, el peor cansancio que he sentido en mis 33 años de vida lo ocasionó la COVID-19.

Era un triunfo abrir los ojos y mantenerme despierta. Perdí la noción del tiempo y de los días, estuve dormida por días completos. La garganta me picaba, no me ardía, fue una sensación nueva para mí, esa picazón me cerraba la garganta e impedía que respirara bien.

Comenzó la tos, cada vez más y más fuerte. Cada día el esfuerzo para poder respirar era mayor, debía inhalar muy fuerte y profundo para sentir que entraba aire a mis pulmones. Fueron tres días en los que tuve mucho miedo porque sentí que terminaría en el hospital, me costaba respirar y cualquier cosa me agitaba. 

Por indicaciones médicas, compré un oxímetro para estar midiendo mis niveles de oxigenación. Mis mediciones más bajas se registraron en el límite, por eso no tuve necesidad de oxígeno y todo el tiempo me mantuve en casa.  Me di cuenta que la comida no me sabía a nada, y que las cosas tampoco tenían olor, a tal grado que si alguien me hubiera dado dos vasos, uno lleno de agua y otro de cloro, pude haberme bebido el de cloro. 

El tratamiento fue simple, la COVID-19 es causado por un virus, y al menos que tu caso se complique, lo único que está indicado es el paracetamol y sirve únicamente para sobrellevar los malestares.

Así pasaron los días, unos días mal, otros peor, y cuando pensaba que empezaba a mejorar, volvía a recaer. Fue una montaña rusa, tanto emocional como físicamente.

Llegó el 1° de abril e inesperadamente recibí un mensaje de texto dándole seguimiento al reporte que había hecho veinte días antes. Después de responder las preguntas, me reconfirmaron que era un caso sospechoso. Tres horas más tarde, sonó mi celular, la llamada fue de parte de la alcaldía Benito Juárez (que es donde yo vivo). Me volvieron a hacer preguntas y a repetir lo que llevaba escuchando semanas “eres sospechosa de covid-19”. Dijeron que pasarían mis datos al área de epidemiología (yo pensaba que ya los habían pasado, pues eso me habían dicho en la madrugada del lunes 16 de marzo). 

Al día siguiente, sin avisar, se apareció un médico en mi casa. Vino a revisarme y a hacerme más preguntas, llenó un caso clínico y me comentó que se lo llevaría a sus jefes para que evaluaran si era candidata a prueba. Cabe resaltar que en aquel momento ya estábamos en fase 2. El día que yo inicié mis síntomas, estábamos en fase 1. Los casos confirmados eran 26, cumplía con la definición operacional para acceder a prueba y aun así no fue posible.

No me hice ninguna ilusión sobre que esta vez me harían la prueba. De hecho horas más tarde me comunicaron que no la habían autorizado porque en todo el proceso no había tenido fiebre.

Un día más tarde, el 3 de abril, me volvieron a llamar. Esta vez me dijeron que después de una reunión en el área de epidemiología habían concluido que sí me la harían, pues les llamaba mucho la atención que no hubiera recuperado el olfato. Ese mismo día me la hicieron, fue doloroso, no me imaginaba cuánto. El 6 de abril confirmé lo que ya intuía hacía algunas semanas: era positiva a SARS-COV-2, el virus que causa la COVID-19. Ese día formé parte de la estadística.

Fue en el día 20 desde el inicio de síntomas que tomaron mi muestra y salí positiva. Mis síntomas y malestar duraron hasta el día 38, eso me causaba mucha frustración pues en todos lados escuchaba que el virus se resolvía en 14 días en promedio. Ahora entiendo que es un promedio, no una regla.

En todo este proceso, estuve aislada en mi cuarto. Mi esposo también presentó síntomas y aunque pensábamos que ambos estábamos contagiados, la indicación del médico fue mantenernos aislados entre nosotros. 

En la COVID-19 es de suma importancia mantener baja la carga viral, entre más alta es, las probabilidades que desarrolles complicaciones son mayores, así que no nos quisimos arriesgar. Él vivió en un cuarto y yo en otro, estuvimos bajo el mismo techo, pero sin poder convivir, ni vernos.

Fue hasta el día 50, después de haber pasado 12 días sin síntomas, que rompimos nuestro aislamiento y nos volvimos a encontrar en la sala de nuestra casa. Ahora vivimos una cuarentena “normal”, dentro de casa, podemos comer juntos y acompañarnos en estos tiempos tan duros que todos estamos viviendo.

Al inicio, algunas personas me consolaban diciendo que fue bueno que me diera ahora y que no se haya complicado, porque así ya desarrollé inmunidad. Ahora los médicos me han dicho que esto no está probado y que debo seguir las mismas recomendaciones y cuidados que todos hasta que no haya certeza absoluta. Este virus es muy nuevo y poco sabemos sobre él, falta mucho que descubrir y estudiar, a mí me queda claro que es irreverente y se comporta de manera diferente en cada persona. 

Una de las dudas más grandes que tengo y en la que trato de no pensar mucho para no atormentarme de más, es si en el futuro tendré alguna consecuencia por haber sido positiva. La persona que más ha sobrevivido a esto lleva 6 meses de supervivencia, nadie sabe qué nos puede pasar en algunos años.

Hoy estoy viviendo el día 53 desde que iniciaron mis síntomas y no he recuperado el olfato. Ojalá que pueda volver a ver, abrazar y sentir el olor de mi familia pronto.