Miguel Hernández escribió Nanas de la cebolla en la cárcel de Torrijos. El poema responde a la precariedad en la que vivían su esposa y su hijo, casi recién nacido, quienes se alimentaban sólo de cebollas y pan. Entre la impotencia y la soledad de la prisión, el poeta español recita:

Tu risa me hace libre,

me pone alas.

Soledades me quita,

cárcel me arranca

Este verso refleja lo que Teresa, mi hija, me transmite durante esta mal llamada cuarentena, que ha transformado la incertidumbre en rutina, el confinamiento en reflexión, el miedo en tristeza. Teresa nació el 23 de marzo, cuando la pandemia ya había izado su vela y comenzaba a acelerar su paso por nuestro país. Viví una situación privilegiada, muy distante a la de la esposa de Miguel Hernández, las madres y profesionales de la salud que están lejos de casa, las embarazadas que tienen el virus y las mujeres que han perdido a sus hijos por la enfermedad. Sirvan estas líneas como una expresión de empatía y respeto hacia ellas.

Al embarazo se le refiere, coloquialmente, como la dulce espera. Y aunque no pongo en duda el hálito de ternura que rodea a tan milagroso acontecimiento, encuentro adjetivos más precisos para calificar esta etapa. Los nueve meses previos al nacimiento de un hijo están llenos de dudas, desde las más banales, como el sexo del futuro retoño, hasta las más preocupantes, como las condiciones económicas y sociales que le aguardan. Esperar a un bebé durante una pandemia tan agresiva, y sobre todo tan desconocida, no hace sino acentuar las interrogantes propias de la gestación y difuminar las pocas certezas que se tenían: el hospital que recibirá al pequeño, los acompañantes, la reorganización del hogar, entre otras. El nacimiento dependerá del momento en el que se encuentre la epidemia, la condición de la madre y del bebé, la ciudad donde se resida y de múltiples variables fuera de nuestro control. De modo que, en esta situación, abundan las siguientes preguntas: ¿es posible contagiar al bebé si se contrae la enfermedad durante el embarazo?, ¿qué hacer si el recién nacido cae enfermo? Es más, ¿podrá contagiarse? Y aunque ya hay algunos casos que esclarecen parcialmente estas dudas, el tiempo y la experiencia han sido insuficientes para encontrar respuestas en la literatura científica.

Pero las cuestiones médicas pasan rápidamente. En el mejor de los escenarios, en un abrir y cerrar de ojos, el bebé llega al mundo –un lugar bastante complicado, por cierto, pero también magnífico–. En mi caso, allí comenzó el verdadero desafío. La llegada de Teresa fue silenciosa: el personal médico estaba concentrado en la emergencia sanitaria y las visitas estaba terminantemente prohibidas (aunque no faltaron los mensajes abundantes de cariño, que agradezco profundamente). El reto se acentuó, y continúa intensificándose, porque mi familia todavía no conoce a mi hija. Mi esposo y yo hemos comenzado la crianza distanciados de quienes nos han acompañado y apoyado desde nuestro propio nacimiento. En la medida de lo posible, hemos atendido nuestro sentido común y procurado mantener cierta estabilidad familiar, que ya de por sí es retadora con la llegada de un nuevo miembro a la casa. Y aunque es cierto que las plataformas virtuales son un paliativo eficaz, dejan a la imaginación lo más esencial del contacto humano, y quizá lo más necesario para todos en estos días, en puerperio o no: una sonrisa en vivo y un abrazo físico.

Ansié la llegada de mi hija por muchos años y nunca imaginé lo lejos, y a la vez tan cerca, que estaría de todos aquellos que quiero tanto en ese momento. Las palabras no me alcanzan para decir lo mucho que extraño a los abuelos de mis hijas, a mis hermanos, tíos, primos, amigos y colegas. La sensación que resulta del alejamiento es inefable, aunque parecida a un dolor molesto y constante. Estoy segura de que a Teresa también le hacen falta, aunque no los conozca. ¡Cuánto desconocía mi propia vulnerabilidad y dependencia! Sin duda, este distanciamiento social me ha alejado físicamente de los otros y me ha acercado a lo más recóndito de mí. El autoconocimiento dejó de ser un consejo filosófico para volverse una imperante realidad.

Sin embargo, esta lejanía también me ha regalado una intimidad invaluable con mi recién llegada hija, quien me ofrece esperanza en estos momentos de pausa y crisis. Quiero pensar que así lo sentía, también, Miguel Hernández cuando expresó: 

Es tu risa la espada

más victoriosa,

vencedor de las flores

y las alondras


Te deseo por ahora, querida Teresa, lo que dice el poeta: No sepas lo que pasa ni lo que ocurre. Pero también quiero que entiendas que naciste aislada, pero no sola. Así como estamos todos ahora: separados y unidos a la vez.