Karen, llegó la hora de parir… y no te necesito”. 

Eso pareció decir Colorina, la gatita calicó que eligió nuestra casa, en Puerto Vallarta, como espacio seguro para dar a luz.

Entre mi novio Poncho y yo, soy como el papá que dice: “no quiero otro animal”, y tres doritos después ya somos seis gatos, dos perras y dos humanos, pero ¿qué más hacer? Ni modo de dejarla afuera cuando, desde antes del embarazo, ella ya nos había adoptado.

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Semanas antes Chimuelo, nuestro gato negro de un año, la invitó a pasar. Fue como cuando llega el morro de la secundaria y dice “mamá, traje a unos amigos” e hice lo que habría hecho mi mamá: sacar el pozole para todos.

Tal vez si no le hubiera servido el pozole habría seguido su camino.

Después de eso sus visitas se hicieron frecuentes y la hallamos un par de veces agazapada en las esquinas de la casa. Al verse descubierta huía para después volver.

Sabemos que sus dueños son unos niños de 10 y 8 años que viven en la cuadra, se la llevaron cargando varias veces, pero no es tonta, ningún animal lo es, al llegar a la esquina ella volvía con nosotros.

“Se me hace que está embarazada”, dijo Poncho días después de que le empezamos a servir de comer a diario y la veíamos engordar y engordar. Hablamos sobre llevarla al veterinario, no es una decisión sencilla hacerte responsable de un animal que no es tuyo, pero ella, al buscar un lugar seguro para sus gatitos, ya había resuelto que nosotros seríamos los gestores de su parto.

“¿Qué le reviso? Estos son bebés y en unos siete días nacen”, nos dijeron en la veterinaria “Lady Can” y nos mandaron a casa con las recomendaciones básicas: denle de comer, manténgala hidratada y déjenla entrar a su casa porque los gatos machos suelen matar a los cachorros para que las gatas entren en celo.

No nos lo dijeron dos veces.

Llegamos, acondicionamos el estudio y a esperar el parto.

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“Hoy van a nacer”, dijo Poncho un sábado por la mañana antes de irse a trabajar. Y tuvo razón. Él quería estar con Colorina, pero chamba es chamba.

Ese día yo estaba medio en depresión de cuarentena y sola en casa, así que me dije: “si te vas a poner a chillar, mínimo que la casa esté limpia”, y ahí andaba yo barriendo y trapeando al ritmo de Ases Falsos, una banda chilena que me gusta mucho.

Entre lagrimita y trapazo, me asomé al estudio y vi que Colorina ya había elegido un petate enrollado que le compré a los vendedores de playa que se quedaron sin clientes y se van a vender casa por casa en la ciudad.

“Esto ya comenzó”, dije y moví un poquito el petate para tomar algunas fotos y verificar cómo iba el parto; en realidad no había nada que hacer más que proveerle un ambiente fresco, le puse agua, cerré la puerta para que no la molestaran las perritas y seguí la limpieza, asomándome de vez en cuando para ver cómo iban.

A la media hora ya había tres gatitos y, de último minuto, nació el cuarto.

No soy mamá, pero creo que se puede equiparar al nacimiento de la vida humana: primero eres una bolita de carne, no sabes nada y ahí está tu mamá, te limpia, te cuida y lo único que sabes es que tienes que mamar una chichi.

En el caso de los gatos, puedes ver cómo evolucionan rápido. En un inicio ni siquiera tienen sus ojos y orejas abiertas, sólo quieren comer y la mamá pasa de estar disponible todas las horas para amamantarlos, a cómo ahora de repente los deja solos y sale a tomar el sol al jardín.

A veces están llorando y maullando y es la broma con ella “ve a atender a tus niños” y ella parece responder “no, que se aguanten”.

Ahora que están más grandes y ya abrieron los ojos empiezan a caminar. Es chistoso porque ya quieren pararse y caminar, son gatitos que gatean.

En la medida que ellos tienen pasos más firmes, la mamá dice “necesito un brake”.

Su relación de hermanos es un poco como la de los humanos: con ellos aprendes un montón de cosas, son los primeros compañeros en todo, se muerden las orejas y exploran su pequeño mundo.

Es bonito ver esta evolución. Van a venir épocas difíciles de cuatro gatos vagos, pero es una gran experiencia para la cuarentena. Como tesista de maestría, mi vida no era muy diferente antes, pero era difícil porque me regía por esta “normalidad productiva”, esa necesidad de sentir que todo el tiempo estás haciendo algo.

Ahora que me quedé encerrada, vi un parto y fue un acercamiento a la vida, uno muy bonito y natural, sin mediadores y ahora tengo una compañera, porque mientras Chimuelo es como un adolescente que duerme todo el día y vaga por las noches, Colorina me acompaña a lavar la ropa, a recoger la casa, a estudiar.

Está ese mito de que los gatos son súper independientes, pero también necesitan un hogar. Como Colorina y sus cuatro gatitos.