Decía mi hermana que su esposo es de esos sujetos que sabía separar perfectamente el trabajo del hogar: cada problema en su cesto; cada pendiente en su cajita; cada batalla en su terreno. Pero resulta que hoy en día el cesto, la cajita y el terreno durante el asilamiento es el mismo pero desordenado… al menos el mío, no sé si el de mi cuñado.

Escribo estas líneas a manera de terapia. No importa el tiempo que “pierda” escribiendo una reflexión personalísima, seguro de que más de un puñado de personas pasan ciertos días sin poder concentrarse porque el fantasma del born out anda haciendo travesuras en la cabeza y a veces esas travesuras son necesarias porque pienso que quienes dedicamos los días de la cuarentena extendida a tomar clases de maestría; a trabajar en proyecto; a avanzar en otro encargo laboral; a sacar las tareas que los profesores dejan para casa –ajá– y la convivencia con quienes compartimos el confinamiento finalmente agotamos nuestra cabecita. 

Y, bueno, luego viene la ansiedad. Uy, la ansiedad alimentada de la angustia por no tener todo a tiempo, porque algunos somos obsesivos y no nos gusta incumplir con las tareas o pedir prórroga de entregas, porque este mundo nos ha dado de chicotazos para que no fallemos, para que destaquemos por nuestra productividad… porque no nos permitimos cometer errores o mandar un correo al respecto con una excusa sincera. Qué esperanzas.

¿Cómo separar los problemas, los pendientes y las batallas que antes lográbamos colocarlas en tiempos-espacios distintos cuando los días parecen tan iguales y pasamos sentados tantas horas en un mismo metro cuadrado para lograr todo aquello que nos propusimos antes de que el mundo cambiara? No lo sé… y no pienso desgastarme piense y piense en una respuesta concreta porque esto nutriría el fantasma que baila al ritmo de las guitarras de los Vaccines, mientras escribo, mientas espero sanar con las palabras, mientras el mundo espera una vacuna.

No les robo más de su tiempo. Me voy de aquí, para quedarme en el mismo lugar.