Nunca había vivido rodeada de hombres. Apenas preparaba la casa (y mente, supongo) para vivir con uno, El Novio, y se atravesó una pandemia. Llevaba un mes confinada en mi departamento, con una oficina instalada en el comedor, trabajando a distancia y coordinando a un nuevo equipo cuando mi papá soltó un “¿y si te vienes con nosotros?”.

Tardé un día en platicarlo con El Novio, decidir que sí me iría con mi papá y hermanos, empacar para dos semanas que se convertirían en cinco (y contando), regar las plantas y despedirme de la guarida que recién descubría un mes atrás cuando una fuerte infección en la garganta me sacó de la redacción donde trabajo. Han pasado casi 70 días desde entonces.

Así, en un mes pasé de ser una mujer que vivía sola y estaba al menos 10 horas al día trabajando fuera de casa, a ser editora desde mi comedor, para después convertirme en quien ayuda en las tareas de secundaria a un hermano, inventa estrategias para equilibrar el tiempo dedicado a videojuegos y media entre tres hombres, mientras hace periodismo digital por la misma decena de horas al día y tiene que dormir siempre con pijama porque comparte habitación con un adolescente de 13 años.

Solo había vivido con Fran, mi hermano de ahora 25 años, durante nuestra infancia y mi adolescencia; desconocía la experiencia de cohabitar con hombres y ahora lo hago con tres en etapas de vida totalmente distintas, en otro estado, a cuatro horas de mi casa. Mientras los disfruto y me sorprenden, extraño muchísimo al que yo elegí para compartir vida. El Novio se quedó en la CDMX trabajando, dando clases y enfrentando su Everest: la tesis de maestría. 

Nos hemos ido descubriendo, acomodando los roles en la casa según nuestras necesidades y gustos. Papá nos despierta con el ruido de la caminadora alrededor de las 7 y luego se va a trabajar al IMSS, donde es funcionario; vuelve cada tarde después de las 5 y come en casa. Es diabético y mayor de 60 años, pero “alguien tenía que quedarse en la oficina”. Suele jugar al papá soltero superhéroe, pero estar acá es el modo que hallamos Fran y yo para cuidarlo. Se ejercita mucho, evita carbohidratos y el sabor de la estevia es el único dulce que estimula la punta de su lengua. Tiene miedo. Tenemos. Hace un año y medio casi muere por una peritonitis. Conocemos de cerca la sensación que buscamos evitar a toda costa.

Hay un atomizador con agua clorada en la entrada que luce pares de zapatos junto a la puerta para calmar la imaginación y fantasear con un coronavirus que no entra a casa; cubrebocas de tela para todos cuelgan del llavero sobrecargado; todas las personas que vivimos aquí hemos explotado al menos un par de veces, en público o en privado.

Tomo terapia en línea una vez a la semana. Me empiezan a rebasar la falta de tiempo y espacio solo para mí, el celibato forzado, la creciente carga de trabajo, la preocupación por un equipo que sigue saliendo de su casa para ir a la redacción todos los días y por mis amigas periodistas jugándosela en las necias conferencias presenciales. 

Espero que falte poco para volver a inventarnos una normalidad; mientras tanto, confío en lo reconfortante del reencuentro que nos espera.