Dar terapia a niños a través de la computadora ha sido todo un reto. A veces es muy complicado, he tenido sesiones buenas y otras que de plano digo: no puedo.

He tratado de mantener la sesión como la hacía presencial: saludo, podemos hacer una actividad como juego, leer un cuento, y termina. Pero extender eso a los mismos tiempos de antes, simplemente no se puede. A un niño pequeño no lo puedo tener en los mismos 45 minutos que tenía de sesión presencial ahora en línea, le tengo que explicar a los papás que vamos a tratar de darle media hora de sesión, ni modo.

Por ejemplo, tengo un paciente con un diagnóstico muy particular, rasgos de autismo, de Tourette, de diferentes cosas, entonces no tiene casi lenguaje y necesita estar en estimulación continua. Le dije a la mamá que sí necesitaba continuar con las terapias, ¿pero cómo? Lo intentamos, y de 45 minutos, pude trabajar con él solo 25 de tener su atención y gracias a que su mamá estaba ahí.

Otro niño más grande, que ya se maneja en las tecnologías mucho más rápido y fácil que yo, a fuerzas quería él ser el anfitrión de la reunión de Zoom. Yo le marcaba y no me contestaba, no contestaba y marcaba él de vuelta, para ser el anfitrión… Fueron 25 minutos de eso y de tratar de explicarle que yo como psicóloga soy la que tengo que llevar el control de la sesión. Pero él seguía con que no y no y no. Terminé por hablarle a los papás y les dije: no se puede, mañana lo volvemos a intentar.

Una parte importante de las terapias siempre es el juego, para detectar si necesitan trabajar aprendizajes o cuestiones cognitivas como el control emocional. Es común ver que le sufren mucho al “te gané”, es decir, cuando les gano jugando y el niño empieza a gritar “¡hiciste trampaaaa!”. Pero ahora, ¿cómo logras controlarlo en la computadora para que se tranquilice y escuche la importancia de ganar y perder? Si presencial llega a ser complicado el control emocional, si se lleguen a alterar mucho, imagínate en línea… No estoy ahí para poderlo frenar, entonces trato de hacerlo a partir de la computadora, pero a veces tengo que pedirle apoyo a los papás para decirles, a ver señor, haga esto y esto para contenerlo y que el niño me vuelva a escuchar.

Son muchas cosas que adaptar, y que van a ser diferentes a partir de ahora, cuando haya una nueva normalidad, por ejemplo los besos y abrazos. Mis niños cuando me ven me quieren abrazar, y ahora no tener eso es muy pesado. Ahorita me ven y se emocionan, pero a veces como que no entienden que está Romina ahí. De repente deciden ponerse a jugar si tienen un peluche al lado y dejan de poner atención. Entonces tengo que escribirle a los papás y decirles: necesito que las sesiones sean en un espacio sin distracción alguna y con una rutina, no que un día en la sala, otro en el cuarto, otro en la cocina.

Y a mí también me pesa. Es triste porque los niños a mí me llenan muchísimo de energía, sus ocurrencias, sus juegos, sus preguntas, todo eso me cambiaba cómo veía el día. Me hace falta también el contacto con mis colegas: tenía un consultorio con más psicólogos y desde hace un mes ya dejamos esa casa. Entonces ya no tengo un espacio oficial de consultas; ¡ahorita es mi cuarto! Me adapté la mitad de mi cuarto como oficina y ahí doy mis consultas.

Indudablemente, a todos nos está afectando emocionalmente, y saliendo de esto, ojalá la gente tome más en cuenta en cuenta la importancia de la salud mental.