Hola, mi nombre es Mónica, y hoy mi esposo y yo cumplimos seis meses de casados.

Siempre planeamos ser una pareja independiente y tener nuestras propias cosas. Cuando aún eramos novios, empezamos a comprar algunos electrodomésticos, accesorios de cocina, detalles para el cuarto, etcétera. Tuvimos mucho apoyo por parte de nuestra familia y nos obsequiaron algunos muebles. Solo nos hacía falta la casa.

Somos jóvenes, tenemos 25 años, y decidimos rentar una casa de acuerdo a los muebles que ya teníamos y el espacio que necesitábamos. Al casarnos ya teníamos calculados todos los gastos conforme a nuestros salarios. Los primeros cuatro meses todo iba bien, el dinero era suficiente y nuestra convivencia iba de maravilla, incluso adoptamos una cachorra para complementar nuestra armonía.

Pero en cuanto inició la cuarentena, como yo trabajaba en una cafetería/cooperativa universitaria, me quedé desempleada. Mi esposo es chofer en las plataformas de Uber y Didi y sus ingresos se vinieron abajo por la falta de movimiento en la ciudad.

Primero estábamos tranquilos y preparados para sobrevivir un mes sin empleo. Una vez que pasaron las primeras tres semanas, nos dimos cuenta que esto de plano no iba a mejorar en una semana más, como habíamos pensado. Fue entonces que empezamos a ver opciones de qué íbamos a hacer. El dinero ya no alcanzaba para seguir pagando la renta, recibos de agua, luz, internet, además de que la comida se estaba terminando.

Desde antes de casarnos, mis papás nos ofrecieron vivir en su casa, ya que por cuestiones de trabajo, mi papá y mi hermana viven fuera de la ciudad y mi mamá está sola. Por nuestra idea de ser independientes, dijimos que no; pero con la crisis económica que nos trajo el COVID-19, decidimos tomarles la palabra.

Esperamos que se terminara el mes de renta que ya estaba corriendo y empezamos a mover nuestras pertenencias poco a poco. Al final del mes, trajimos los últimos muebles, pero algunos los tuvimos que vender porque no había donde guardarlos o se iban a dañar.

Ya tenemos dos semanas viviendo con mi mamá. Decidimos estar en el que era mi cuarto, ya que aquí tenía la mayoría de mis cosas, el espacio es suficiente y cómodo. Nos trajimos a nuestra cachorra, que ahora está en el patio con las tres perras adultas de mi mamá, y eso ha sido un problema porque por la diferencia de edades ella siempre quiere jugar y constantemente pelean.

Mi mamá nos asignó ciertas tareas como mantener en orden el patio, ayudar con los quehaceres de la casa. Hacemos las tres comidas todos juntos, y por las tardes mi esposo y yo tomamos un tiempo para ver televisión, se podría decir que ese es nuestro espacio y tiempo a solas.

Nos hemos sentido cómodos, raros en ocasiones, pero sabemos que somos bien recibidos y no podríamos estar mejor en ningún otro lugar. Aunque la verdad, a veces siento que el mundo se viene encima porque no veo el fin de la cuarentena. En ocasiones me siento triste por no haber podido continuar con los planes que teníamos.

Tenemos pensado tomar de nuevo nuestro camino: mis papás tienen un terreno y me han ofrecido construir mi propia casa ahí. De momento, lo único que esperamos es que la cuarentena acabe pronto y que la ciudad se reactive para poder empezar con nuestras nuevas metas y lograr salir adelante de este trago amargo que nunca estuvo dentro de nuestros planes