Sayid y yo llevamos casi cinco años en una relación a distancia; el primero en distintas ciudades y los otros tres en diferente continente. Ahora debido a la pandemia estamos juntos 24/7.

 Durante estos años fue un constante de “Holas y Adioses”, conversaciones diarias por WhatsApp y planear viajes para el próximo encuentro. Siempre sentí su cariño a pesar de estar lejos, pero para mi fue muy duro cuando se fue a estudiar a Inglaterra y yo me quedé en México. De vernos cada quince días se tradujo en cada dos, cuatro o hasta seis meses separados.

 En enero renuncié a mi trabajo, en parte, con la intención de pasar un par de semanas con él en Sheffield. Nunca imagine que ese viaje se transformaría en una estancia de más de cinco meses por las restricciones de vuelo ocasionadas por la pandemia.

 Desde marzo estamos juntos casi todo el tiempo en un cuarto pequeño, una cama individual y un colchón en el piso. Descubrimos las cosas más bobas de cada uno: él no puede dormir sin una botella de agua a su lado o yo sublimo mis crisis de ansiedad al escuchar música.

Sin preverlo, mientras una gran mayoría está a la distancia, fortalecimos nuestros vínculos al juntarnos. Durante este tiempo he perdido espacio personal, pero he ganado la posibilidad de crear un hogar con a él, en una época en que el amor y la solidaridad es lo único que puede vencer a la incertidumbre.

Yo crecí gracias al cuidado de tres mujeres: mi mamá, mi tía Blanca y mi tía Rocío, ella falleció a mediados de abril a causa de una avanzada diabetes que le amputó ambas piernas, como muchas otras personas en esta crisis, no me pude despedir de ella, pero entendí que nunca dejará de ser mi tía porque haya muerto, su cariño viajará conmigo a donde yo vaya.

Entre las enseñanzas de estar lejos fue descubrir que las personas demuestran su amor de forma diferente, como mi tía Blanca, que su forma de expresarlo es evitando preocuparme. En los últimos años su salud se ha debilitado, en septiembre cumplirá 86, y a mi regreso quiero cuidarla. 

Tomar esta decisión no ha sido fácil, desde 2016 he estado preparándome para estudiar un posgrado en el extranjero y este año tenía casi todo listo para ingresar, pero hoy gracias a la distancia, entendí que ningún doctorado me podría dar el cariño incondicional de mi tía y he decidido, por el momento, rechazar la oferta.

A veces romper nuestra burbuja nos permite entender que, a pesar de estar distanciados, hoy más que nunca necesitamos a nuestra familia, a la que elegimos y la que nos tocó. Espero que, si se acaba el mundo, sea con un mayor autoconocimiento, respondiendo a la ignorancia de lo que somos con curiosidad y no con tristeza.