Estos días he vivido una historia de angustia y miedo. Soy personal de salud mental. Estoy haciendo mi residencia en uno de los institutos y hospitales de alta especialidad a nivel federal. Llevo años formándome como especialista y pensé que ya lo había escuchado casi todo. Me había tocado, antes de la pandemia, escuchar de situaciones tan difíciles que parecen increíbles. Cosas como de película. Pero nada como lo de estos días. 

En estas semanas me ha tocado dar intervención psicológica y emocional a pacientes que han perdido a su familia entera. A integrantes de una familia en la que solo han sobrevivido dos y no pueden estar juntos por el aislamiento obligado que deben cumplir. 

Me tocó darle apoyo a un paciente que dieron de alta en el hospital. Estaba solo en su casa porque toda su familia contrajo el virus y todos estaban hospitalizados en diferentes instituciones. Su hermano menor murió. 

Le dieron la noticia por teléfono desde el hospital. Después me llamaron para ver si podía brindarle apoyo. Lo llamé. La mayoría de las intervenciones con familiares o pacientes se hacen vía telefónica por la restricción de aislamiento. Eso lo hace más complejo. 

Las intervenciones que hacemos en situación normal son presenciales porque trabajamos mucho con el lenguaje no verbal. Acá el reto es cómo manejas las emociones de los afectados solo por teléfono. 

El reto es grande porque no solo implica que han perdido a un familiar o a varios. Es que muchos no se van a poder despedir. No van a tener un ritual funerario y entierro que es fundamental para la elaboración del duelo. 

Lo que hacemos es escucharlos, validar sus emociones, plantearles formas de despedirse: como redactar una carta para la persona, poner en ella todo lo que tienen que decir y después quemarla. 

Al principio me daba mucha angustia esperar las llamadas. Decía: ahora qué voy a escuchar. Ahora ya estoy más tranquilo. Pero es difícil, porque es estar lidiando con una avalancha de cosas. Las malas noticias llegan una tras otra tras otra. 

Hay también muchos compañeros infectados, porque sí hacemos intervenciones personales cuando los pacientes están en una situación tan crítica que la atención no puede ser telefónica. Vamos además al hospital dos veces por semana a tener sesiones grupales de contención con los médicos y enfermeras. 

La semana pasada varios compañeros resultaron positivos. Sí da miedo contagiarse. Me levanto cada día pensando si ya estaré infectado, y solo me queda esperar que si es así no me vaya tan mal. 

Lo otro que es muy difícil es no ver a la familia. Desde que esto empezó no he visto a mi hermana, que también es médico, ni a mi mamá. Solo hablamos por videollamada y también a ella trato de darle contención. Le digo que todo está bien y que todo va a estar bien. 

Pero sé que no vamos a regresar pronto a la misma forma de vida como la conocíamos antes. Hay riesgo de rebrotes. Esto va a tardar. Debemos estar preparados. Pero también concentramos en el aquí y el ahora. Yo pienso que mi familia está bien, que no se han enfermado y eso ya es bastante.