Las visitas al Hospital General de México, en la colonia Doctores, comenzaron en noviembre de 2019, cuando mamá fue diagnosticada con cáncer. A pesar del miedo y la incertidumbre, mi familia y yo decidimos ser valientes y apoyarla con todo para seguir el tratamiento, que incluía procedimientos que nos daban mucho miedo: quimioterapias, radioterapias y braquiterapias. Durante enero y febrero, mi hermano y mamá acudieron diario al área de oncología del hospital. Y durante ese par de meses, escuchamos cómo se desarrollaba la narrativa de una pandemia que, en teoría, amenazaba con afectar a todo el mundo. 

Hasta ese momento, el virus existía, sí, pero no en nuestra realidad, no en nuestra mente. No en nuestra historia. 

Recuerdo que uno de esos días, mi hermano comenzó a tener miedo del Covid-19. Y ahora sé que le mentí. “No, Uba, ese virus no nos va a afectar. Además, para esas fechas no vamos a estar en el hospital”, le dije. Pero en ese momento, nunca imaginé que un virus fuera tan peligroso como para detenernos, a nosotros, a nuestra ciudad. Le dije que no teníamos por qué pensar en ese escenario desastroso en el que mamá estuviera en el hospital junto a pacientes infectados. Pero eso fue lo que pasó. 

En teoría, ella terminaría su tratamiento en marzo. Pero las cosas se complicaron. A finales de ese mes la acompañé para que recibiera atención médica de urgencia. Durante 9 horas, mientras esperábamos una habitación en la Torre Quirúrgica, vimos lo que hasta ese momento solo conocíamos por redes sociales. Médicos que corrían, familiares que no sabían qué era lo que sucedía con sus pacientes, personal en trajes blancos que parecían el vestuario de una mala película de ficción. Los pocos que estábamos en esa sala por otras cuestiones nos veíamos, desconcertados. 

Fue cuando decidí avisarle a mis amigos sobre lo que estaba viviendo. Pero no fue fácil. Si bien buscaba un poco de consuelo en mi red de apoyo, nuestras realidades eran muy diferentes. Ellos temían de salir a la tienda y contagiarse. Y yo también tenía miedo, pero estaba en un hospital, salía diario, usaba el transporte público diario, igual que mi papá, igual que mi hermano. Nosotros teníamos miedo de perder a mamá, y aparte, de contraer el virus. 

Entonces, aumentamos todas las medidas de precaución posibles. No nos quitabamos el tapabocas ni para dormir. Desinfectamos todo lo que tocaba mamá. Usamos caretas de todos los materiales posibles. Llegar a casa significaba quitarse toda la ropa, no tocarla, mandarla a la lavadora y bañarnos de inmediato. Y no nos veíamos. Como entraba uno, salía otro. Y de alguna u otra manera, dejamos el virus de lado. No aflojamos ninguna medida pero en poco tiempo nos acostumbramos. Yo acepté que eso estaba pasando. Y cuando lo hice, todo fue un poco más sencillo. Creo que nos dejamos llevar por la incertidumbre y solo luchábamos un día a la vez. Un día a la vez.

Después de un breve descanso, regresamos al hospital a mediados de abril, día y noche. Recuerdo lo impactada que me sentí de regreso a casa en un domingo, después de una noche en unas bancas terribles. Subir al Metrobús y encontrarlo vacío a las 8:00 a.m. Pasar por la Alameda y no ver a ninguna persona andando por la calle. Nunca me había sentido tan sola en esta ciudad. 

Con el paso de algunos días, ver pacientes de Covid-19 en las pasillos del Hospital General ya era algo común. Ya no nos causaban miedo. Tal vez influyó que los médicos y enfermeras trabajaban sin ningún contratiempo. Al contrario. Siempre cuidaron que mi madre estuviera en las mejores condiciones posibles. A pesar de la escasez del personal, sabían organizarse para que todos los especialistas pendientes del caso estuvieran en tiempo y forma. Sabían lo que tenían que hacer y me consta que lo dieron todo.

Mamá se fue el 10 de mayo, a las 10:00 a.m.Y no, no fue por Covid-19. Ella se fue en paz. Sin funerales. Para las personas introvertidas como mi familia y yo, el virus nos ayudó a que todo fuera relajado. Eso sí, no podíamos estar más agradecidos con todos los que nos ayudaron, desde médicos, enfermeras, camilleros, hasta familiares, amigos, compañeros del trabajo. Todos nos hicieron sentir muy afortunados. 

Y después de sentir el vacío inevitable, me di cuenta de la lección. Algo que le importaba a mamá que aprendieramos. La muerte es inevitable. “El peligro de estar vivos”, canta Fito Páez en “A lado del camino”. Y la realidad es compleja. Sismos, virus, crisis climáticas, gobiernos sordos. ¿En verdad existe un momento o un lugar dónde nos encontremos a salvo? ¿Acaso no vivimos en la vulnerabilidad perpetua? Y entonces, ¿cuándo vamos a ser felices? ¿Hasta que podamos salir a bailar? 

¿Y si eso no sucede? ¿Cuándo aceptaremos que todo cambia? Sé que para mi familia y yo, la normalidad nunca va a regresar. Y no somos los únicos que tendrán que pasar por un proceso de duelo. Pero estamos tranquilos. Con botellas de gel y muchos, muchos tapabocas, sabemos que este tiempo pasará. Y mientras tanto, disfrutaremos cada día con lo que tenemos. Un día a la vez. Como nos enseñó mamá.