No es lo más sexy del mundo. Ni lo más hot. Pero, pues, ni modo. Desde que llegó el coronavirus obligo a mis clientes a que usen cubrebocas y guantes de látex durante todo el servicio, y yo también me los pongo.

También les pido que se duchen antes y después. Que usen gel antibacterial, que no se toquen la boca en ningún momento, ni la nariz, ni los ojos. Nada.

Es incómodo, pero hay que extremar precauciones, porque no podemos parar de trabajar. Yo, en lo personal, siempre he sido muy cuidadosa con la higiene. Nunca doy besos a los clientes. Y menos ahora, con el coronavirus.

Y cuando llego a casa pongo inmediatamente la ropa a lavar y desinfecto hasta mi celular.

Al final de cuentas, tomo las mismas precauciones que cualquier otra persona, ¿sabes? Las mismas que cualquier otro trabajador que está en la calle expuesto al virus.

Ahora está siendo una situación muy complicada. Muchos hoteles están cerrando. Y los clientes, al igual que nosotras, tienen miedo al virus, a contagiarse. Y obvio, el trabajo ha bajado mucho.

Pero a todas no nos pega por igual. Hay muchos tipos de trabajo sexual: están las ficheras, las teiboleras, las scort, las actrices porno, las trabajadoras de la calle, etcétera. Pero la que peor la pasan siempre son las prostitutas de la tercera edad. Ellas, como en cualquier otro trabajo, son siempre las más desprotegidas, las más vulnerables.

Así que, desde la Alianza de Trabajadoras Sexuales y el Centro de Apoyo a las Identidades Trans nos hemos organizado para hacer colectas y apoyarlas con algo de dinero, alimentos, y productos básicos de higiene.

Claro, el miedo está ahí; siempre está ahí. Pero con miedo no se puede hacer nada en la vida. Por eso, como trabajadoras sexuales, solo nos queda unirnos y apoyarnos para seguir ejerciendo la calle.