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Covarianzas
Por Javier Aparicio
Profesor del CIDE con interés en asuntos de economía política y métodos cuantitativos. Si dos... Profesor del CIDE con interés en asuntos de economía política y métodos cuantitativos. Si dos variables son estadísticamente independientes, entonces su covarianza es igual a cero, pero no al revés. Tuiteo rants, papers y grafiquitas. (Leer más)
La aritmética del sistema electoral del Vaticano
En un principio, Jesucristo designó a Pedro como jefe de la iglesia. Por desgracia, ni uno ni otro fijaron reglas claras para designar a sus sucesores. Así las cosas, el dedazo fue la primera regla electoral de la iglesia.
Por Javier Aparicio
6 de marzo, 2013
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Tras la sorpresiva renuncia del papa Benedicto XVI, en los próximos días iniciará el cónclave para elegir al nuevo papa. Como no soy experto en asuntos eclesiales, no dedicaré este blog a analizar las probabilidades o consecuencias de que llegue uno u otro aspirante. Más bien, quiero aprovechar la coyuntura papal para discutir el sistema electoral del Vaticano.

¿Cuál es la mejor forma de elegir a un papa o a un jefe de Estado? La toma de decisiones colectivas –entre las cuales las reglas electorales son un caso prominente– es una de las áreas de investigación más sólidas de la ciencia política y permite ofrecer una respuesta tentativa: la verdad, no lo sabemos. Veamos por qué.

Si pensamos en el papa como el líder de la población católica en el mundo, una primera intuición sugeriría un papa representativo de las regiones con mayor población católica. Hoy día se estima que casi la mitad de los católicos viven en América Latina o Norteamérica, mientras que la proporción de católicos europeos es de menos de una cuarta parte. Y aunque San Pedro era de Galilea, de unos siglos a la fecha, prácticamente todos los papas han sido italianos o europeos. ¿Por qué?

Parte de la respuesta es que son los cardenales, y no los católicos, quienes eligen al papa. Y a nadie debe sorprender que la distribución de cardenales por región tiene un fuerte sesgo: 52% de los cardenales que votarán en el próximo cónclave son europeos. Si analizamos la distribución por país, resulta que México y Argentina solo tienen 4 cardenales, Brasil 9 e Italia 50. Los católicos podrían rebelarse y exigir una nueva regla electoral o al menos una mayor representación entre los cardenales. Pero la acción colectiva es difícil.

conclave

En el próximo cónclave participarán 115 cardenales. Cualquier católico con sus papeles en regla puede ser designado papa siempre y cuando cuente con dos terceras partes de los votos… de los cardenales. ¿Cómo llegó la iglesia a la conclusión de que el espíritu santo se manifestaba con mayoría calificada y no antes, digamos, con mayoría absoluta o relativa? Es una larga historia pero vale la pena contarla a grandes rasgos.

El sistema electoral vigente en el Vaticano es fruto de un largo proceso histórico en el que se definieron varios aspectos clave: quién tendría derecho a votar, si habría deliberación o no, qué tipo de boleta electoral debía utilizarse, qué regla usar para definir al ganador y, por último, cómo incentivar una decisión más o menos expedita (todo un Cofipe, pues).

En un principio, Jesucristo designó a Pedro como jefe de la iglesia. Por desgracia, ni uno ni otro fijaron reglas claras para designar a sus sucesores. Así las cosas, el dedazo fue la primera regla electoral de la iglesia. Conforme ésta fue creciendo en número e influencia, sus miembros exigieron una mayor participación. El pueblo podría proponer candidatos de viva voz pero éstos debían ser aprobados por los obispos. La segunda regla electoral requería el apoyo unánime de los obispos, bajo el argumento de que la voluntad de dios debería manifestarse por unanimidad.

El problema de tomar decisiones por unanimidad o consenso es que otorga poder de veto a cualquier obispo con derecho a voto: bastaba un obispo rebelde para bloquear cualquier decisión. De manera natural, esta regla produjo conflictos, cismas, largos períodos con sede vacante e, incluso la elección de un papa y un antipapa (sin saber cuál era el legítimo): entre el año 1 y el 1122, hubo 159 papas y al menos 31 antipapas. Otra consecuencia de la fragilidad institucional de la iglesia era la muy frecuente influencia de uno que otro emperador romano.

Había varias formas de construir consensos. Las menos de las veces se lograba una designación por aclamación entre un grupo restringido de votantes. Otras veces, una comisión se encargaba de consensar una propuesta (lo cual simplemente trasladaba el conflicto a un grupo más reducido de personajes). La tercera y más común era por deliberación y escrutinio de votos. Como las deliberaciones podían ser muy largas, eventualmente la iglesia reconoció la supremacía de la aritmética de los votos sobre las cualidades o méritos de tal o cual candidato.

Tras siglos de conflictos, en 1179, el papa Alejandro III impulsó la regla de dos terceras partes (o mayoría calificada) y otorgó derechos de votación a las tres órdenes de cardenales: obispos, presbíteros y diáconos. Aquello que fuera aprobado por dos tercios de los cardenales, sin duda tenía que ser era obra del espíritu santo (o al menos contar con el amplio apoyo de la estructura, por así decirlo).

Como sabemos, la regla de dos tercios es menos conflictiva que la unanimidad pero no está libre de problemas: bastaba que un tercio de los cardenales se pusieran de acuerdo para bloquear cualquier designación. Por lógica, siempre será más fácil construir una coalición opositora de un tercio que una ganadora de dos tercios. Una consecuencia no deseada de la nueva regla era que las decisiones podían requerir múltiples rondas de votación y tardar meses (algo muy similar a lo que ocurre cuando el Congreso mexicano busca reformar la Constitución, nombrar consejeros del IFE o ministros ante la SCJN).

¿Cómo acelerar la designación papal bajo esta regla? Encerrando a los cardenales hasta que llegaran a un acuerdo: en 1274, el papa Gregorio X estableció el cónclave que, con ciertas variaciones, conocemos hoy. Y funcionó: el primer cónclave duró solo un día. No a todos les gustó la idea: el cónclave fue suspendido por algunos años hasta que Celestino V (otro de los pocos papas que han renunciado a su cargo) lo trajo de vuelta en 1294.

Pero la historia no termina aquí. En 1996 Juan Pablo II modificó la regla electoral: de llegar a 30 rondas de votación en el cónclave sin definir un ganador, la regla de dos tercios pasaba a mayoría absoluta. La lógica de esta regla era clara: una coalición opositora de un tercio de cardenales no podría vetar indefinidamente a un candidato que contara con mayoría simple. ¿Por qué hizo esto Juan Pablo II? Se especula que pudo ser para proteger su legado, o para proteger a la curia romana, o bien para facilitar la designación de su sucesor. Resulta difícil saberlo con la información disponible pero lo cierto es que, en 2005, Ratzinger fue designado papa con 84 de 115 votos, tras cuatro rondas de votación.

Sin embargo, al parecer a Ratzinger no le gustó mucho la regla que lo hizo papa. En 2007, Benedicto XVI ordenó volver a la tradicional regla de dos tercios vigente antes de Juan Pablo II. ¿Por qué lo hizo? Al igual que antes, resulta difícil dilucidar las intenciones reales detrás de cualquier reforma electoral. Destacan un par de datos para que el lector pueda especular a gusto (y más allá de lo que dicen “las profecías”): antes de renunciar, Benedicto XVI designó a 67 de los 115 cardenales con derecho a voto en el próximo cónclave, 58% del total, y 38 de ellos son miembros de la curia romana. Casualmente, 38 entre 115 es igual a 33%. Las reglas electorales, al igual que las renuncias, tienen consecuencias estratégicas.

Lectura sugerida (base de mucho de lo dicho en este blog):

Josep Colomer e Iain McLean. “Electing Popes: Approval Balloting and Qualified Majority Rule”, Journal of Interdisciplinary History, 1998.

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