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Covarianzas
Por Javier Aparicio
Profesor del CIDE con interés en asuntos de economía política y métodos cuantitativos. Si dos... Profesor del CIDE con interés en asuntos de economía política y métodos cuantitativos. Si dos variables son estadísticamente independientes, entonces su covarianza es igual a cero, pero no al revés. Tuiteo rants, papers y grafiquitas. (Leer más)
¿Podemos comparar México con Venezuela?
Hay quien dice que ninguna elección es comparable con otra porque los actores y el contexto cambian a cada momento, o bien que ningún país se puede comparar con otro porque cada uno tiene una historia distinta: como México no hay dos y, como Venezuela, tampoco. La ciencia política comparada opina que sí se puede: es el mundo de los estudios de caso.
Por Javier Aparicio
17 de abril, 2013
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Tras la muerte de Hugo Chávez, el pasado domingo 14 de abril hubo elecciones presidenciales en Venezuela. Se trata de un proceso electoral extraordinario en muchos sentidos. Baste recordar que los venezolanos han sido convocados a elecciones tres veces en los últimos siete meses. Henrique Capriles, gobernador de Miranda y candidato de oposición al chavismo en octubre pasado, enfrentó ahora a Nicolás Maduro, vicepresidente efímero y quien fuera designado por Chávez como candidato en caso de su deceso. Según los datos oficiales, Capriles fue derrotado por más de millón y medio de votos en octubre pasado, y por menos de 270 mil votos este domingo.

En octubre, Capriles concedió la derrota de inmediato con un discurso estilo “gran demócrata”, pero hoy ha desconocido el resultado, exige un recuento total de casillas, la aclaración de un sinnúmero de irregularidades y ha convocado a diversas movilizaciones. La situación en Venezuela es muy tensa y no es para menos. Las reacciones en México tampoco se han hecho esperar: es una historia demasiado familiar.

¿Se puede comparar el sistema electoral de México con el de Venezuela? Hay quien dice que ninguna elección es comparable con otra porque los actores y el contexto cambian a cada momento, o bien que ningún país se puede comparar con otro porque cada uno tiene una historia distinta: como México no hay dos y, como Venezuela, tampoco. La ciencia política comparada opina que sí se puede: es el mundo de los estudios de caso.

Un error frecuente al opinar sobre asuntos electorales es calificar la contienda dependiendo del resultado. Si gana el partido o candidato que me gusta, la democracia funciona y el pueblo soberano ha emitido su mandato con claridad. Pero si pierde, entonces hubo fraude, la democracia ya no funciona o, de plano, les han lavado el cerebro a los votantes. Las simpatías partidistas imponen un sesgo cognitivo difícil de superar: a mayor convicción ideológica, mayor sesgo.

Incluso si dejamos de lado el color de ganadores y perdedores, es difícil evaluar la calidad de una democracia a partir del resultado electoral. Si el margen de victoria es muy estrecho, quizá hubo mano negra; y si el margen de victoria es muy abultado, quizá el proceso fue inequitativo y los dados estaban cargados desde el principio. ¿Qué hacer? Como el diablo está en los detalles, no hay de otra más que evaluar el proceso electoral en su conjunto: desde la calidad de las reglas y su implementación hasta la conducta de los actores clave.

¿En qué se parecen las recientes elecciones de Venezuela con las de México en 2006? En el resultado y en que el perdedor decidió impugnarlas de manera frontal. ¿En qué más? Prácticamente, nada más, pero hay que entender por qué.

Tres síntomas de una democracia consolidada son que las elecciones se desarrollen de manera pacífica, el partido en el gobierno puede (y teme) perder el poder, y los perdedores aceptan los resultados aun teniendo la posibilidad de impugnarlos. Pero cuando los resultados electorales no son del todo confiables, la oposición debe elegir estratégicamente entre aceptar, denunciar o protestar contra los resultados, mientras que el gobierno (o los árbitros, según sea el caso) debe decidir entre sostenerlos, revisarlos, o permitir reformas que mejoran las condiciones de futuras contiendas. Así, la confrontación cotidiana entre ganadores y perdedores puede producir una serie de reformas electorales… o retrocesos.

Para entender la lógica de la protesta post-electoral basta analizar la conducta de Capriles entre octubre 2012 y ahora. En octubre pasado perdió por más de 10 puntos porcentuales frente a un Hugo Chávez poderoso pero moribundo. No tenía mucho sentido protestar frente a una derrota abultada pero, sobre todo, sabiendo que más temprano que tarde habría una nueva contienda frente a un rival más débil: un candidato que no sería Chávez. Capriles jugó la carta del demócrata que concede la derrota.

Siete meses después, tras una campaña relámpago de sólo 30 días y con recursos limitados, Capriles ganó 700 mil votos más que antes y se quedó a 1.7 puntos porcentuales de derrotar a Nicolás Maduro. Con un margen reñido vale la pena impugnar y protestar. Incluso si las autoridades electorales de Venezuela, dominadas por simpatizantes chavistas, ignoran o encuentran sin fundamento su denuncia, la protesta le sirve para consolidar su liderazgo como opositor y para exigir concesiones al nuevo gobierno. Capriles hoy tiene la opción de esperar 6 años y capitalizar el desgaste del chavismo sin Chávez, o prepararse para un referéndum revocatorio a la brevedad.

Tabla Covarianzas

Andrés Manuel López Obrador enfrentó un dilema similar en 2006, cuando perdió frente a Felipe Calderón por 0.56%. La impugnación no sólo era una herramienta legal a su alcance, sino que valía la pena elevar el tono de la protesta. Visto en retrospectiva, el error de Andrés Manuel no fue la impugnación sino radicalizar demasiado su protesta: entre el cierre de Reforma, el montaje del “gobierno legítimo”, y oponerse a negociar con el nuevo gobierno perdió credibilidad. Esto no es un juicio de valor arbitrario: los partidos de izquierda (PRD, PT y Convergencia) perdieron 68 curules entre 2006 y 2009.  Por otro lado, obtuvo diversas concesiones que, para bien o para mal, quedaron plasmadas en la reforma electoral de 2007-2008. Seis años después Andrés Manuel fue nuevamente derrotado por un margen mayor (6.62%). Y nuevamente impugnó el resultado pero esta vez no convocó a movilizaciones sino a la formación de un nuevo partido. Se pierde pero se aprende.

Así las cosas, ¿cuáles son las diferencias clave entre el sistema electoral venezolano y mexicano? Muchas y muy importantes. Sin ser casos ideales, las elecciones en México son más libres y justas que las de Venezuela. Y no es cuestión de semántica: Si ambos países son democracias, Venezuela es una democracia de menor calidad. Si ambos países son regímenes autoritarios, México es menos autoritario. Es plausible decir que México sea una democracia y Venezuela no, pero no al revés. Baste mencionar algunas diferencias a bote pronto entre los procesos electorales de aquí y de allá.

  • Henrique Capriles enfrentó a un vicepresidente que, constitucionalmente, estaba impedido para contender por la presidencia pero fue avalado por el Tribunal Superior de Justicia.
  • El chavismo modificó la constitución para que presidente, gobernadores y legisladores pudieran reelegirse indefinidamente, una reforma impensable en México.
  • La distritación electoral de Venezuela fue modificada para favorecer las zonas chavistas y penalizar a las de oposición, cosa que no ocurre en México.
  • Capriles enfrentó a Chávez y Maduro en clara desventaja de recursos de campaña y acceso a medios. Capriles nunca pudo debatir con ninguno de sus contendientes. En México, los partidos reciben financiamiento público para sus campañas y acceso a medios mediante reglas claras. Al menos hay dos debates presidenciales (y algunos candidatos deciden no acudir, bajo su propio riesgo).
  • El diseño del IFE y TEPJF, desde su normatividad hasta su desempeño, son mucho más independientes y autónomos que el Consejo Nacional Electoral venezolano, cuyos miembros fueron designados por un Congreso dominado por el chavismo.
  • Los medios de impugnación para una elección presidencial en México son amplios y diversos. Cada casilla y cada distrito es impugnable. El Tribunal Electoral califica la elección presidencial meses después de la jornada electoral y tras resolver todas las inconformidades presentadas. Los medios de impugnación de Venezuela son limitados. La CNE le otorgó un triunfo “irreversible” a Maduro en menos de 48 horas.
  • En México, las casillas son instaladas por ciudadanos invitados al azar y vigiladas por representantes de partidos políticos. En Venezuela hay personal del ejército cerca de las casillas cuando uno de los candidatos presidenciales también es militar (en cualquier parte del mundo esto sería una alerta roja, por cierto).
  • En Venezuela hay urnas electrónicas que son auditables pero los comprobantes impresos de cada voto no lo son, y tampoco existen mecanismos de control similares al PREP o al conteo rápido del IFE. En México seguimos usando boletas de papel, pero la ley permite hacer recuentos por diversas causales.
  • Por último, y este es un aspecto sumamente importante, el uso discrecional de la renta petrolera y los cargos públicos del régimen chavista no tiene punto de comparación con el gasto y la administración pública en México.

La lista es larga pero creo que la idea es clara. Las instituciones y reglas electorales importan mucho para definir la calidad de los procesos electorales de una democracia. Nuestra democracia tienen problemas serios, sí, pero México no es Venezuela. Hoy, Capriles quisiera un Cofipe como el de 2006 o 2012.

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