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El blog de Opciona tiene como objetivo explorar la manera en que la corrupción en México se con... El blog de Opciona tiene como objetivo explorar la manera en que la corrupción en México se construye y reproduce cotidianamente, de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Intercalando periodismo narrativo con reportajes informativos, crónicas, perfiles y artículos de opinión, busca demostrar que la corrupción se cimenta en actos cotidianos y repetidos, mismos que nos sirven de base para redactar leyes, construir instituciones e implementar políticas que, por lógica, están fundadas en relaciones corruptas. (Leer más)
#RenunciaYA, ¿mejor no le muevas?
Las violaciones de derechos humanos en Tlatlaya, Tanhuato y Nochixtlán, la fuga de Joaquín el Chapo Guzmán, el plagio de la tesis y la visita de Donald Trump son los escándalos más sonados de una larga lista que en otros países sería suficiente para que el presidente renunciara. No en México.
Por De abajo hacia arriba
15 de septiembre, 2016
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Por: Alejandro Legorreta (@a_legorreta

Estamos inmersos en una crisis de corrupción que parece no tener fondo. El 72 por ciento de los mexicanos considera que el presidente Enrique Peña Nieto es “corrupto”, apenas 23 por ciento aprueba su gestión y las principales instituciones políticas y de gobierno —los partidos, el congreso, el ministerio público, los juzgados— registran niveles de confianza inferiores al 25 por ciento.

La situación es considerablemente más delicada que en 2014, cuando decenas de miles de mujeres y hombres salieron a las calles a exigir la renuncia de Peña. Si en aquel entonces la desaparición de 43 estudiantes de la escuela normal rural de Ayotzinapa y el escándalo de la llamada “casa blanca” parecían razones suficientes, hoy los motivos sobran. Las violaciones de derechos humanos en Tlatlaya, Tanhuato y Nochixtlán, la fuga de Joaquín el Chapo Guzmán, el plagio de la tesis y la visita de Donald Trump son los escándalos más sonados de una larga lista que en otros países sería suficiente para que el presidente renunciara. No en México.

Ese es el contexto de la marcha convocada para el día de hoy en la Ciudad de México, una convocatoria sin precedentes porque nunca en la era democrática de nuestro país el hartazgo con el titular del Ejecutivo había sido tan grande. Ante este hecho, las consecuencias de que el Presidente renuncie deben ser analizadas con la misma seriedad que las consecuencias de que permanezca en el cargo otros dos años. Así que reflexionemos seriamente sobre la posibilidad de que lo inimaginable suceda. Analicemos con responsabilidad un escenario que, si bien todavía es poco probable, ya no es imposible en el momento histórico que vivimos.

Primero, la mecánica. ¿Cuál sería el procedimiento para procesar la renuncia? De acuerdo con el artículo 84 de la Constitución, el Secretario de Gobernación asumiría provisionalmente la titularidad del Ejecutivo por un periodo no mayor a 60 días. Durante este plazo, el Congreso de la Unión tendría que reunirse para designar al presidente substituto por mayoría calificada en ambas cámaras. Dado que la coalición PRI-PVEM-PANAL ocupa 49 por ciento de los escaños en el Senado y 37 por ciento de las curules en la Cámara de Diputados, ejercería poder de veto en las negociaciones. El presidente substituto no podría ser nombrado sin su visto bueno.

Segundo, las consecuencias económicas. Un lugar común de quienes descartan la deseabilidad de sustituir al presidente es asegurar que la renuncia necesariamente implicaría un periodo de inestabilidad que pondría al país en peligro de una crisis económica. La causa específica de la crisis, según esta corriente de pensamiento, sería la ingobernabilidad producida por la renuncia. Si bien sería altamente probable que en los días posteriores a la renuncia y previos al nombramiento del presidente substituto el dólar suba aún más, la bolsa se contraiga y veamos volatilidad en los mercados, la realidad es que, en el mediano plazo, una crisis económica en México estaría más vinculada con la creciente deuda pública y el pobre desempeño de la economía estadounidense que con una renuncia procesada dentro de los canales institucionales.

Para empezar, el peso es una de las tres monedas más líquidas en el mundo emergente, sujetando su valor a factores mucho más vinculados con los mercados internacionales que con el acontecer político nacional. Por ejemplo, si la renuncia del presidente coincidiera con que la Reserva Federal de los Estados Unidos anunciara el congelamiento de las tasas de interés durante el próximo año, la probabilidad de que el peso se aprecie al mismo tiempo que en el Congreso de la Unión se discute el nombramiento del presidente substituto sería muy alta. Desde esta perspectiva, la renuncia de Peña sería uno de varios factores que podrían afectar el valor del peso en el mediano plazo, pero no el más importante.

Algo similar sucedería con la bolsa. Una renuncia procesada en orden, dentro de los canales institucionales, no necesariamente enviaría una señal de inestabilidad a los mercados en el mediano plazo. La preocupación principal de los inversionistas es la certeza jurídica y la facilidad para hacer negocios. Por lo tanto, la renuncia de Peña podría convertirse en una bocanada de aire fresco en un país donde la impunidad y la corrupción del gobierno son vistas como el principal obstáculo para las inversiones. Una lección que arroja el caso reciente de Brasil es que las bolsas no siempre responden negativamente a la renuncia de un presidente. Por ejemplo, desde el 2 de diciembre de 2015 hasta el 31 de agosto de 2016 —el periodo que abarca desde el inicio del proceso de impeachment en la Cámara de Diputados hasta su aprobación en el Senado— el índice Bovespa aumentó poco más de 30 puntos porcentuales.

La renuncia de Peña también tendría al menos tres consecuencias políticas. Primero, eliminaría de la contienda al Secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, quien fungiría como presidente interino en los 60 días posteriores a la renuncia. Si bien esto implicaría dejar al PRI sin su aspirante más adelantado en las encuestas, sin duda también implicaría abrir la baraja de candidatos desde una posición de mayor fortaleza, tras recuperar un poco de la credibilidad perdida a lo largo del sexenio. Comparado con el estatus quo, este escenario no parece letal para el PRI, al contrario.

La segunda consecuencia política sería el incremento de la presión en los líderes partidistas y los aspirantes a la presidencia para que se comporten con congruencia y formulen una agenda seria y realista para poner alto a la corrupción del gobierno y responder a las dos grandes demandas sociales detrás de la exigencia de renuncia: la falta de rendición de cuentas de la clase política y la nula representación ciudadana en las instituciones. En este momento los líderes partidistas y los aspirantes a la presidencia parecen inclinarse por sostener a un presidente extremadamente débil que garantice la derrota del PRI en 2018. Si bien esta apuesta puede rendirles frutos en la arena electoral, también puede incrementar la ingobernabilidad durante el último tercio del sexenio. La renuncia de Peña demostraría que ningún político es ni debe ser intocable. Les comunicaría que gobernar mal sí tiene consecuencias.

La tercera consecuencia política de la renuncia, que sin duda sería la más importante, sería crear una oportunidad histórica para que los mexicanos deliberemos públicamente sobre el país que queremos. La renuncia alinearía los intereses para que la sociedad civil trabaje en un proyecto de nación plural e incluyente, que en 2018 dé paso a un nuevo pacto social donde el ciudadano tenga un papel protagónico y que nos permita identificar las grandes batallas que como sociedad tenemos que librar para mitigar la corrupción, reducir la pobreza, cerrar la brecha de desigualdad, revestir de legitimidad a nuestra democracia, fortalecer las instituciones políticas y de gobierno y detonar el enorme potencial económico de México.

Si nos quitamos el miedo a lo desconocido y analizamos los escenarios con la seriedad que amerita algo tan delicado como la renuncia de un presidente, es posible darse cuenta de que, en este momento histórico, la renuncia de Peña no necesariamente nos orillaría a una crisis sin salida. Recordemos que ningún político es más grande que las instituciones que gobierna temporalmente ni más poderoso que el pueblo de donde emana su mandato. El problema es que hoy somos rehenes de una partidocracia cómoda con la debilidad del gobierno. Nos advierten que “el horno no está para bollos” y nos dicen “mejor no le muevas”. Todavía no se dan cuenta de que el horno está descompuesto desde hace mucho tiempo y de que quizá ha llegado el momento de empezar a “moverle”, porque el mal gobierno sí tiene consecuencias.

 

@OpcionaMx

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