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El blog de Opciona tiene como objetivo explorar la manera en que la corrupción en México se con... El blog de Opciona tiene como objetivo explorar la manera en que la corrupción en México se construye y reproduce cotidianamente, de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Intercalando periodismo narrativo con reportajes informativos, crónicas, perfiles y artículos de opinión, busca demostrar que la corrupción se cimenta en actos cotidianos y repetidos, mismos que nos sirven de base para redactar leyes, construir instituciones e implementar políticas que, por lógica, están fundadas en relaciones corruptas. (Leer más)
Una propuesta contra la corrupción
La sociedad debe de ocupar una posición central en la estrategia para combatir la corrupción, porque estamos ante un problema sistémico que se construye sobre la base de situaciones y acciones cotidianas, que a su vez sirven de base para redactar leyes, construir instituciones e implementar políticas que están fundadas en relaciones corruptas.
Por De abajo hacia arriba
28 de julio, 2016
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Por: Alejandro Legorreta (@a_legorreta)

 

Ilustración: @danielcubierto

Ilustración: @danielcubierto

¿Cuál es la mejor estrategia para combatir la corrupción en México, un país donde el presidente no es investigado de manera imparcial y objetiva por comprar una casa a un precio preferencial a uno de los principales contratistas de su gobierno; donde el 96% de la población asegura que nunca o casi nunca participa en actos de corrupción, y donde tres de cada cuatro personas asocian la palabra “corrupción” con los políticos y la policía?

Grosso modo, existen dos tipos de estrategias: las voluntaristas, que aseguran que mitigar la corrupción depende de la voluntad de las personas, y las institucionalistas, que sentencian que reducir la corrupción depende de la existencia de incentivos (leyes e instituciones) que la disuadan. El voluntarista extremo es aquel que propone como solución el ascenso de un líder probo e intachable, con la voluntad de aplicar la ley a rajatabla. Su contraparte institucionalista es aquella que basa su estrategia en el impulso de reformas para perfeccionar las leyes existentes y construir mejores instituciones. Nada más.

Si bien el resto de las estrategias yacen en algún lugar entre estos extremos, el común denominador entre todas ellas es que relegan a la sociedad a un papel secundario. Si estuviéramos discutiendo una estrategia para impulsar las exportaciones de automóviles a los Estados Unidos quizá tendría sentido descartar a la sociedad en su conjunto, bastaría consultar a los productores, las cámaras de comercio y algunos especialistas en economía y derecho internacional. Sin embargo, como estamos hablando de corrupción, relegar a la sociedad a un papel secundario es renunciar al mejor aliado para combatirla. El personaje indispensable en esta batalla son las personas que la padecen cada vez que salen a la calle y se enfrentan a un agente del Estado a sabiendas de que la ley está al servicio del mejor postor; las mexicanas y los mexicanos que la utilizan como herramienta para resolver problemas cotidianos porque los caminos legales (institucionales) suelen estar llenos de obstáculos insorteables.

La sociedad debe de ocupar una posición central en la estrategia para combatir la corrupción porque estamos ante un problema sistémico, que se construye sobre la base de situaciones y acciones cotidianas, que a su vez sirven de base para redactar leyes, construir instituciones e implementar políticas que, por lógica, están fundadas en relaciones corruptas. El mecanismo subyacente del moche que hoy solicita un gerente para conceder un ascenso laboral es el mismo que mañana solicita un legislador para asignar un presupuesto. Para que sea corrupción, no es necesario que el acto implique una afectación a lo público, basta con que una de las partes abuse de un poder delegado o usurpado para beneficio personal. La corrupción no es un problema exclusivo del gobierno y el Estado, es una bomba de tiempo que se incuba en diversos espacios públicos y privados, pero que cobra mayor relevancia social cuando afecta lo público.

El origen de la corrupción no es la flaqueza moral de las personas, es la necesidad de resolver problemas prácticos y la oportunidad de sacar ventaja ante la ausencia de un árbitro imparcial y legítimo (la ley) que vigile las transacciones entre personas. Ante la ausencia de leyes inteligibles y jueces imparciales, la corrupción es una herramienta para exigir un pago acordado en un contrato entre particulares. Ante la ausencia de reglamentos claros y burocracias profesionales, la corrupción es una palanca para ganar un contrato y salvar la fuente de ingreso de 50 familias. Sobran los ejemplos.

Luego entonces, ¿cuál es la mejor estrategia para combatir la corrupción en México? Sin duda, es aquélla donde la sociedad ocupe un papel central en la exigencia y las acciones para mitigarla. El principal reto para combatir la corrupción en México no sólo es diseñar las mejores leyes y construir las mejores instituciones (quizá ya las tengamos), tampoco se puede reducir a encontrar al déspota ilustrado que pueda gobernarnos con los estándares más altos de ética (suena ingenuo); el principal reto es lograr que la demanda de la presencia de ese árbitro imparcial provenga de la sociedad, que sean millones de mexicanas y mexicanos quienes exijan que la ley y las instituciones que de ella emanan sean los medios legítimos y confiables para resolver problemas cotidianos, hacer justicia y redistribuir la riqueza.

En los próximos meses, Opciona publicará una serie de crónicas e investigaciones que demostrarán muchos de los principales costos sociales, políticos y económicos de la corrupción cotidiana. También lanzaremos campañas de comunicación con el objetivo de detonar en la sociedad cambios conductuales para mitigarla. Recordemos que la mejor manera de lograr que la demanda de un árbitro imparcial provenga de la sociedad es demostrando los efectos reales de la corrupción en nuestras vidas diarias, más allá de cifras frías y abstractas, mucho más allá de los escándalos que leemos todos los días en la prensa.

En la medida en que los mexicanos no sólo sintamos irritación por la casa blanca, sino que también entendamos que una afectación al erario es una afectación a nuestro bienestar, tendremos más incentivos para exigir la presencia de una figura independiente que juzgue al presidente. En la medida en que los mexicanos no sólo sintamos frustración por la corrupción que vemos y padecemos en el trabajo, tendremos más incentivos para exigir la presencia de un árbitro imparcial que cierre las brechas de poder que dan pie a tantos abusos y que son la puerta a la corrupción “grandota”, la que representa una afectación más directa a lo público. De hecho, sólo así podremos empezar a reconstruir el significado de lo público, que durante décadas ha permanecido secuestrado por una visión patrimonialista y clientelar del Estado, donde la corrupción no hace más que profundizar la desigualdad, la pobreza y la inseguridad que afectan la vida de millones de mexicanos.

Que quede claro, lo anterior no quiere decir que “el cambio está en uno” ni que siendo “mejores personas” podremos detonar el potencial de México. Quien así lo piense, tarde o temprano será víctima de su idealismo o cinismo, dándole la razón a quienes aseguran que la corrupción es “cultural” y por lo tanto no hay mucho que hacer al respecto. Concentrar la estrategia para combatir la corrupción en lograr que la demanda de la presencia de un árbitro imparcial provenga de la sociedad es un ingrediente necesario para construir un Estado de derecho genuinamente democrático, de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo. Incluir en esta estrategia una serie de tácticas enfocadas en mejorar nuestras leyes e instituciones y en crear incentivos para que las personas más honestas busquen cargos de elección popular, es de sentido común.

@OpcionaMX

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