close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
De-Generando
Por Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir
Organización feminista con 15 años en la formación de liderazgos con perspectiva de Género, D... Organización feminista con 15 años en la formación de liderazgos con perspectiva de Género, Derechos Humanos e Interculturalidad. (Leer más)
De buenas y malas madres, e imposiciones maternales
Nos ha tocado un mundo donde hoy más que nunca se nos exige a las mujeres la perfección en todos los ámbitos de la vida: ser las mejores profesionales, las madres más entregadas, las parejas más apasionadas.
Por Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir
10 de mayo, 2017
Comparte

Por: Ximena Andión Ibáñez (@ximena_andion)

Este es el artículo más personal que he escrito y quizás el más personal que escriba en toda la vida. Es complejo hablar en primera persona de la maternidad. Ser mamá ha sido para mí una de las cosas más increíbles que me han sucedido en la vida, pero también la más difícil. Como feminista mi relación con la maternidad no ha sido fácil y nunca ha sido lo que me imaginé.

He sido muy privilegiada en haber decidido cuándo tener una hija y con quién hacerlo. Para mí la maternidad no era destino, a diferencia de lo que ocurre con muchas mujeres y niñas para quienes la maternidad es destino único u obligado. Dudé mucho si procrear hasta que llegó la persona y el momento en el que en verdad lo quise y ocurrió. Cuando lo pensé es probable que no lo haya pensado lo suficiente y no estaba ni cerca de entender lo que en verdad implicaba. No sólo tener una hija en un mundo como el que tenemos hoy en día: en guerra, con una crisis económica y social aguda, con un planeta amenazado de muerte, con el crecimiento de la xenofobia y el racismo. También un mundo donde hoy más que nunca se nos exige a las mujeres la perfección en todos los ámbitos de la vida: ser las mejores profesionales, las madres más entregadas, las parejas más apasionadas.

El papá de mi hija es un hombre verdaderamente feminista (no un Nacho progre) quien comparte de forma absolutamente corresponsable el cuidado y el trabajo doméstico. Sin embargo, mientras él recibe elogios por “ayudarme” y ser tan buen papá, yo recibo reprimendas sociales (más o menos veladas) por no cumplir con los estándares de lo que una buena madre debería ser. Porque una buena madre no viaja tanto, ni tiene tantos compromisos por la noche, ni pasa tanto tiempo en la oficina, ni tiene aspiraciones mayores o distintas a ver crecer a su hija, ni pierde la paciencia, ni se cansa ni a veces quisiera estar sola. Lo más increíble para mí no ha sido que este tipo de normas sociales sigan existiendo, sino que el ser feminista no me haya “librado” de caer en estas trampas del patriarcado.

Mea culpa de toda malamadre

Yo que me he declarado abiertamente feminista desde hace más de 15 años, que he trabajado en proyectos e iniciativas feministas, he caído recurrentemente en culparme y ejercer lo que el filósofo francés Pierre Bourdieu llama la violencia simbólica. La violencia simbólica es aquella violencia invisible, soterrada, inconsciente que se da en contextos de relaciones de poder asimétricas cuando el dominado no cumple con los roles y expectativas sociales, en este caso los roles de género.

Por eso, como señala Marta Lamas y otras feministas, es importante entender que las normas de género no sólo están inscritas en la mente, también lo están en el inconsciente y en el cuerpo. Aunque racionalmente entiendo que mi maternidad elegida es una en la cual es compatible trabajar y ser mamá, en la que se puedo compartir el cuidado, y seguir siendo una persona más allá de mi rol como madre, mi inconsciente sigue interiorizando las normas de género en las que no soy una buena madre. Por eso al primer atisbo de falla, llega la culpa a arrastrarme. Para muestra basta un botón: el día que en la guardería me dijeron que mi hija había empujado a una compañerita, me sentí la peor mamá del mundo. Confesión inédita: mi culpa llegó a tal grado que en algún momento pensé que debería renunciar a mi trabajo y pasar más tiempo con ella. Recapacité al día siguiente, pero en ese momento me di cuenta a qué grado había interiorizado las normas sobre el deber ser madre. A mi pareja ni por un momento se le habría ocurrido pensar que el comportamiento de mi hija tenía que ver con el tiempo que pasaba con ella ni porque era un mal padre, nunca habría pensado renunciar a su trabajo.

Veo a mi alrededor a mis amigas, muchas de ellas feministas, luchando contra la culpa, esquivando a veces con más éxito que otras las expectativas sociales, familiares y hasta las personales. Las personales son sin duda las más duras, porque es el estándar que nosotras nos hemos impuesto: nos partimos en mil para poder ser las madres más dedicadas, las más divertidas, las más sabias. Y la verdad es que nunca lo logramos.

Vivimos además en un tiempo y una sociedad que ha idealizado la maternidad. A tal grado en el que lo que deberían ser opciones como el parto natural, la lactancia exclusiva o el colecho se vuelven dogmas que se han de cumplir de forma absoluta. Las nuevas tendencias sobre la crianza, que valga además decirlo son absolutamente urbanas y clase media y alta, están de alguna manera generando una nueva carga simbólica y material en las mujeres. Porque es claro que esos preceptos siguen fundamentalmente recargando la responsabilidad de la crianza en las mujeres, que deben estar dispuestas, presentes y felices. Y mientras la sociedad exige el cumplimiento de estos nuevos estándares de buena madre, no existen las condiciones estructurales para que podamos ejercer la maternidad de mejor forma: las condiciones laborales son precarias y esclavizantes, los servicios e infraestructura de cuidados son insuficientes, no se promueve la corresponsabilidad de los hombres ni de la sociedad. Así, hemos ido creando nuevas prisiones, muchas de las cuales sin querer, hemos avalado desde el feminismo. Las prisiones de la perfección en la maternidad, de las nuevas formas de crianza, del lean in.

Por eso este día de la madre para mí es importante la reflexión sobre estas nuevas trampas del patriarcado y estas prisiones que siguen imponiendo formas hegemónicas de ser, en este caso madre. La maternidad aunque sea elegida, no es fácil. Dejar de idealizar la maternidad y hacerla algo más real, ayuda a disfrutarla un poco más. Hablar de esto es el primer paso.

 

@ISBeauvoir

 

Bordieu, Pierre y Passeron, Jean Claude. Fundamentos de una teoría de la violencia simbólica en La Reproducción: elementos para una teoría del sistema de enseñanza, Editorial Popular, España, 2001

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.