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Cuidadoras y defensoras de la vida
Las mujeres rurales representan el 23% de la población femenina del país y son quienes tienen mayores dificultades para acceder a salud, educación y desarrollo.
Por Pilar Arrese Alcalá
15 de octubre, 2020
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Cada día 13 millones de mujeres mexicanas (ENOE 2019) trabajan en el campo mexicano, cuidan a sus familias, a las comunidades y tienen parte activa en la defensa de la tierra y territorio, tan amenazado estos días por proyectos extractivos. Ellas, las mujeres rurales representan el 23% de la población femenina del país, y son quienes tienen mayores dificultades para acceder a salud, educación y desarrollo. Hoy 15 de octubre, es el día internacional de las mujeres rurales y una buena oportunidad para conocer su papel fundamental para México.

Las mujeres rurales1 son un grupo diverso, niñas, adolescentes, jóvenes, adultas, ancianas, con ocupaciones múltiples; pueden ser campesinas, jornaleras o trabajadoras del hogar, por mencionar algunas. También son diversas en cuanto a su adscripción identitaria, son mestizas, indígenas, afrodescendientes y viven en localidades rurales en todo México. Su contribución a la población mexicana es insustituible pues sus aportes son imprescindibles en la producción, reproducción y sostenibilidad de la vida de sus comunidades, así como a los movimientos en defensa de la tierra, territorio y bienes naturales.

Ellas son quienes cuidan en un sentido amplio la vida. Se encargan desde los trabajos del hogar que implican la recolección de agua, leña, preparación de la comida, limpieza y mantenimiento del hogar, los cuidados en su familia; la crianza, curación y atención de familiares con alguna enfermedad o de edad avanzada; los cuidados colectivos comunitarios en contextos de despojos y amenazas al territorio a causa de megaproyectos y proyectos extractivistas2 hasta el cuidado y protección del medio ambiente aportando a la mitigación del cambio climático por medio del cuidado del agua y conservación de bosques, selvas y las plantas nativas que habitan en ellos.

Con respecto a sus ingresos, las mujeres rurales perciben 47% menos que las mujeres que viven en las ciudades. Destinan más horas de trabajo no remunerado a los hogares, ya que aportan 5.6 miles de pesos más que las mujeres urbanas3; participan en el mercado laboral un 45% menos que los hombres y destinan en promedio 52 horas semanales al trabajo no remunerado, mientras que los hombres destinan solo 304. Ellas nunca paran de trabajar. El trabajo que llevan a cabo representa muchas veces dobles y triples jornadas, que en su mayoría no son remuneradas porque no se perciben como trabajo. Y así, las mujeres siguen multiplicando cargas y responsabilidades sin que se reconozca ni visibilice lo que esto aporta.

La vida es el centro, a pesar de la discriminación

Para que en las cocinas de las ciudades y núcleos urbanos exista variedad de frutas, verduras y legumbres frescas, el trabajo diario de campesinas y jornaleras no sólo es necesario sino fundamental. Con su trabajo cotidiano las mujeres rurales contribuyen a la soberanía y seguridad alimentaria tanto de sus familias como comunidades porque además del trabajo del hogar y de cuidados trabajan la tierra. Aunque según el Registro Agrario Nacional (RAN) solo el 28% de las mujeres son posesionarias de la tierra y territorio que habitan y cuidan.

En contraste con todo el trabajo que realizan y el aporte fundamental al sostenimiento de la vida, su contexto económico, político y social es de profunda y estructural invisibilización, desigualdad y discriminación. Las brechas que existen en el acceso a servicios y ejercicio de derechos es desproporcionadamente desigual en comparación con las mujeres urbanas y los hombres en general. Ellas, son quienes tienen los peores indicadores en salud, empleo y educación. Por ejemplo, en el índice de pobreza multidimensional, las mujeres rurales presentan un 48% más de pobreza que las mujeres urbanas y las mujeres jóvenes rurales presentan un 18% más de pobreza que las urbanas. El exceso de trabajo limita su participación en espacios públicos, de toma de decisiones sobre la vida y futuro comunitario y de sus territorios. También obstaculiza su acceso a la escuela, la capacitación y desarrollo personal y profesional, el trabajo remunerado y por lo tanto a su autonomía económica.

Aun son urgentes las políticas públicas destinadas a las mujeres rurales que no refuercen estereotipos de género y que se dirijan a atender las profundas brechas de desigualdad que existen en el acceso a programas públicos; la información y servicios integrales de salud sexual y reproductiva, y los censos y encuestas que consideren y reconozcan el trabajo reproductivo y de cuidados como trabajo que produce valor5.

Aportes, lucha resistencia y cambio

Frente a todos estos obstáculos, las mujeres rurales siguen organizándose, defendiendo, cuidando y protegiendo la vida desde un sentido colectivo; este es su aporte cotidiano. Han buscado el bienestar integral y el equilibrio, elementos que hacen posibles espacios de vida digna. Hacen del trabajo de cuidados algo plural y una apuesta política, dándole un giro al sentido de su labor que históricamente ha sido asignada a las mujeres. Ejemplos hay muchos, entre los más conocidos podemos mencionar el Encuentro de Mujeres que Luchan convocado por las mujeres zapatistas.

Otro ejemplo es una experiencia que está transformando su territorio desde lo local. Es la colectiva K-luumil X´ko´olelo´ob en Bacalar, Quintana Roo, una iniciativa comunitaria de mujeres mayas del poniente de Bacalar, que inició en 2016 en el contexto de la defensa del territorio contra el modelo agroindustrial, en específico los proyectos de soya transgénica. A través del trabajo organizativo y procesos de salud comunitaria indígena defienden su territorio desde una mirada femenina.

En sus propias palabras, Alika Santiago, integrante de la colectiva afirma “nosotras venimos urdiendo nuestra defensa femenina del territorio desde una mirada muy íntima, desde las raíces de la enfermedad que vamos identificando, las debilidades que aquejan nuestro territorio, y desde ahí las mujeres, las jóvenes y niñas mayas vayamos definiendo procesos que crean arraigo y vida digna”.

Este es un esfuerzo de los muchos que van armándose en nuestro país, iniciativas comunitaria hecha por mujeres rurales que nos interpelan a caminar hacia modelos de corresponsabilidad, crear nuevas formas de vincularnos y asumir que los trabajos de cuidados necesitan ser asumidos por todas y todos, ya que es una dimensión que hace posible la vida.

* Pilar Arrese Alcalá (@arresepilar) es feminista y oficial del programa Género y Derechos económicos, sociales y culturales del @ISBeauvoir.

 

 

1 De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía,(INEGI), se considera población rural a aquellas que tienen menos de 2 500 habitantes. En cambio, es importante destacar que la definición se amplía al considerar no solo la cantidad de habitantes de las localidades rurales, sino también sus prácticas culturales, dinámicas, medios de vida, entre otras.

2 Un proyecto extractivista es aquel que promueve la extracción de recursos naturales en gran volumen o alta intensidad. Además, mínimo el 50% de esos recursos se destina a la exportación como materia prima sin procesar, o con un procesamiento mínimo (Gudynas,2016). Por megaproyectos nos referimos a aquellas iniciativas de desarrollo (realizadas generalmente por el capital privado transnacional e impulsadas por los gobiernos de estado) que no precisamente implican la extracción de recursos naturales para su mercantilización, pero sí proveen las condiciones para el avance del modelo económico capitalista Por otro lado, es importante mencionar, que los megaproyectos guardan una estrecha relación con las actividades extractivas recientes, pues también para que éstos se lleven a cabo se requiere el uso de técnicas de exploración y explotación agresivas para el medio ambiente y las poblaciones que habitan a su alrededor.

3 INEGI. Mujeres y hombres en México 2018 (en línea), p.162.

4 Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural, Rimisp 2018. Observatorio de género “mujeres y territorios”.

5 Al respecto la última Encuesta nacional sobre el uso del tiempo (ENUT) 2019 ya reconoce y visibiliza todas las formas de trabajo, tanto el remunerado como el no remunerado, sin embargo, es necesario hacerlo de manera transversal en programas sociales, políticas públicas, etc. para visibilizar y atender las brechas de género que existen de manera histórica en nuestro país. Disponible aquí.

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