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Por Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir
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La desigualdad en el trabajo doméstico no remunerado
En México, el trabajo doméstico no remunerado equivale al 24 % del PIB Nacional. El 80 % es producido por mujeres, quienes invierten en promedio casi 30 horas semanales en estas labores, mientras que los hombres sólo nueve.
Por Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir
26 de julio, 2016
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Por: Christian Aurora Mendoza Galán (@chris_mendoz)

Una movilización sui géneris de mujeres insumisas ocupó la atención del municipio de Lázaro Cárdenas, en el estado de Michoacán. Eran los años setenta y recién se había construido la Siderurgica Las Truchas. El antecedente era simple: la empresa responsable de la obra contrató en aquel entonces a un grupo de trabajadores y entre las prestaciones otorgadas estaban vales para que con ellos pudieran pagar el costo del lavado de ropa y de elaboración de comida. Terminada la obra, los trabajadores se incorporaron a la siderúrgica, habían traído a sus esposas a vivir con ellos. Acto seguido la empresa retiró la entrega de esos vales a los obreros asumiendo que serían las mujeres quienes se encargarían de tales labores. Las esposas y parejas rebeldes de los obreros se organizaron y exigieron el restablecimiento de los vales como pago por su trabajo. No lo lograron, pero su irrupción hizo visible el valor económico del trabajo doméstico que ellas aportaban de manera gratuita.

El 22 de julio conmemoramos el día internacional del trabajo doméstico no remunerado (es decir, no pagado), que se instituyó con el fin de reflexionar sobre la invisibilidad de las labores domésticas, su valor económico y su naturaleza imprescindible para la vida de los hogares y las sociedades.

El trabajo doméstico es indispensable para el desarrollo de la vida cotidiana: las personas necesitamos alimentarnos, vestirnos, tener un lugar limpio donde descansar; es fundamental para poder desarrollar toda nuestra vida social, política y económica. Las feministas afirmamos que el trabajo doméstico que se lleva a cabo en los hogares es una pieza fundamental que sostiene la economía, pues en las casas se producen bienes y se ofrecen servicios que nos permiten satisfacer necesidades para estar en condiciones de participar del mercado laboral: para que una persona pueda salir a trabajar necesita que alguien haya lavado la ropa, comprado y preparado el desayuno, y limpiado la cafetera.

Desde hace muchas décadas se ha documentado que la mayor parte del trabajo doméstico lo hacen las mujeres. El establecimiento de un sistema de producción que profundizó la división del trabajo, asignando a los hombres la producción para el mercado y a las mujeres las tareas domésticas, fue la base de esta diferencia. Como en todo, las diferencias no serían un problema si no se convirtieran en desigualdades.

trabajo domestico

¿Y qué si las mujeres hacen la mayor parte del trabajo doméstico?

Sucede que una de las consecuencias de la sobrecarga de trabajo doméstico es la saturación de actividades y la disminución de tiempo para realizar otras, y disponer de poco tiempo limita las posibilidades para, por ejemplo, integrarse a un empleo pagado fuera del hogar o para estudiar, capacitarse o descansar. De esta manera, es frecuente que las mujeres experimenten el dilema de quedarse en casa para lograr atender todas las tareas domésticas o que vivan siempre con la presión de cumplir simultáneamente con el trabajo dentro y fuera de casa.

Quienes necesitan y/o deciden tomar la responsabilidad de atender ambos trabajos (remunerado fuera de casa y doméstico no remunerado), es común que busquen opciones laborales con horarios flexibles y que en consecuencia encuentren empleos informales, menos valorados, mal pagados y sin prestaciones. Así lo reiteran las tasas de informalidad laboral diferenciadas, que son más altas para la población femenina según la última Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE). En suma, la desproporcionada carga del trabajo doméstico que recae sobre las mujeres, limita sus oportunidades, autonomía, desarrollo, e incluso, el acceso a derechos vinculados con la seguridad social. Por supuesto que los hombres sufren también la precariedad del empleo, pero las mujeres son más propensas a experimentarla y de formas más diversas.

Hacer visible lo invisible

Para sacar a la luz el valor del trabajo doméstico y las consecuencias de su injusta repartición, desde hace décadas académicas y feministas han insistido en que se deben desarrollar mecanismos para medirlo. Estas mediciones, a su vez, deben ser un insumo básico para el desarrollo de políticas públicas con perspectiva de género. Desde los años ochenta, estas propuestas han quedado plasmadas en declaraciones y documentos internacionales de Naciones Unidas que impulsan la igualdad de género y los derechos de las mujeres.

Siguiendo las sugerencias de dichos instrumentos internacionales, desde inicios de la década del 2000 en México se han realizado esfuerzos estadísticos importantes, como la Encuesta Nacional de Uso de Tiempo (ENUT) y la Cuenta Satélite del trabajo no remunerado de los hogares. Los resultados han dejado ver las realidades del trabajo doméstico y su desigual distribución: datos del 2014 indican que el valor económico del trabajo doméstico no remunerado equivale a más de 4 billones de pesos, lo que representa un 24.2 % del PIB nacional; el 80 % de esta cantidad es producida por mujeres, y si este monto fuera moneda corriente, estaría administrándose en sus manos. Sobre la distribución de las labores domésticas que no son pagadas, los hallazgos indican que en hogares de doble ingreso, las mujeres invierten en promedio casi 30 horas semanales en estas labores, mientras que los hombres 9. Es decir, ellas tienen casi un tiempo completo semanal, sólo de trabajo doméstico.

Tomando en cuenta el tiempo total semanal del que disponen las y los mexicanos, encontramos que los hombres destinan el 73 % de su tiempo al trabajo remunerado y el 23 % al no remunerado. En el caso de las mujeres, las proporciones se invierten, dedicando el 65 % de su tiempo a labores no remuneradas y el 32 % a las remuneradas.

Mucho se ha dicho que las mujeres han logrado incorporarse al trabajo fuera de casa con éxito, sin embargo esta afirmación tiene matices. La incorporación masiva de las mujeres a los trabajos remunerados ha sido en su mayoría bajo condiciones precarias y ha implicado un incremento en su carga global de trabajo (la suma total del trabajo dentro y fuera de casa), pues la responsabilidad de las labores domésticas sigue siendo principalmente de las mujeres independientemente de su participación en el mercado laboral.

Trabajo doméstico: responsabilidad compartida

Como lo indican los datos, sigue sin haber una democratización del trabajo doméstico al interior de los hogares, los varones no se han corresponsabilizado del trabajo doméstico con la misma celeridad con la que las mujeres han asumido el trabajo fuera de casa. Es frecuente que en los hogares donde hay recursos para ello, el trabajo doméstico se resuelve contratando empleadas para realizar estas tareas y que sobre ellas recaigan las consecuencias de la desvaloración del trabajo doméstico, como se ha comentado ya en otras entregas de este blog.

Pero más allá de una redistribución al interior de las familias, es esencial que empresas y distintas instancias empleadoras reconozcan que las personas deben cubrir necesidades básicas para estar listas para trabajar, pues aunque el salario cubra la canasta básica, se necesita trabajo para transformarla en alimento y para tener un plato limpio donde servirla. Bajo estas consideraciones pueden establecer políticas y destinar mayores recursos para que las y los empleados dispongan de tiempo, dinero y con ello mejores condiciones para realizar esas tareas dentro de los hogares.

Los gobiernos deben facilitar mecanismos al sector privado para que esto ocurra 

El reto no es menor, se requieren cambios políticos y culturales en todos los niveles que revaloren el trabajo doméstico y lo posicionen como esencial para la vida. Es necesario también ampliar la comprensión sobre las necesidades básicas y la interdependencia entre las personas y desaparecer la idea de personas trabajadoras siempre listas para el mercado a costa de la reproducción de las desigualdades en los espacios más íntimos como los hogares.

Se trata de ver el trabajo doméstico como una responsabilidad compartida tanto en lo público como en lo privado, como lo hicieron aquellas mujeres de Michoacán, las feministas que documentaron este suceso y otras miles a lo largo de la historia.

@ISBeauvoir

Referencias:

  • Sanchez, Landy. (2014) “Desigualdad y trabajo doméstico en las parejas de doble ingreso en México” en Brigida García y Edith Pacheco (Coords),  Uso del Tiempo y Trabajo no remunerado en México. COLMEX, ONU MUJERES,  INMUJERES. pp. 471-507
  • Pedrero, Mercedes (2014) “Importancia del Trabajo no remunerado : Su medición y valoración mediante las encuestas de uso de tiempo”, en Brigida García y Edith Pacheco ( Coords ), Uso del tiempo y trabajo no remunerado en México. COLMEX, ONU MUJERES, INMUJERES. pp.  53-114.
  • Acevedo, Marta (2000), en Debate Feminista, año 11, volumen 22.
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