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Escenarios de crisis: mujeres, la nueva normalidad y los cuidados
En México la tasa de participación económica de las mujeres es de aproximadamente el 45%, mientras que en los hombres es del 77%, esto es una considerable brecha de 32 puntos porcentuales atribuible en gran medida a que las tareas domésticas y de cuidados siguen siendo responsabilidad de las mujeres y niñas.
Por Indra Rubio
22 de julio, 2020
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Lo que llaman amor es trabajo no pago

Silvia Federici

 

Las mujeres en México dedican anualmente casi dos meses enteros de sus vidas a preparar alimentos, limpiar pisos, lavar trastes, sacar basura, etc., mientras que los hombres solo ocupan 21 días de su año en esas actividades. En el contexto de la pandemia la carga de cuidados se ha puesto en el centro de las actividades y ha sido llevada al extremo. Mujeres cansadas, temerosas de perder el trabajo, o de contagiarse, salen todos los días a la calle a incorporarse a la nueva normalidad. En este escenario y en el marco del día internacional del trabajo doméstico y de cuidados, vale la pena hacer una revisión de las implicaciones de las sobrecargas en la vida de las mujeres pero también vale la pena repensar el futuro que nos espera y ese que queremos después de la pandemia.

Haciendo historia

El 22 de julio de 1983 se proclamaba en Lima, Perú, el Día Internacional del Trabajo Doméstico en el marco del Congreso Feminista Latinoamericano. Esto fue en reconocimiento a la contribución de las labores del hogar y de cuidado que realizan las mujeres y que permiten el sostenimiento de la vida, así como la preservación del sistema económico y productivo actual. Pero más que una celebración, este fue un acto político que, desde las posturas feministas en Latinoamérica, buscaban desnaturalizar la abrumadora e injusta división sexual del trabajo y la relación entre ser mujer y dedicar la vida al cuidado de otros “por amor”, a sabiendas que la autonomía de las mujeres no podría lograrse si las tareas domésticas siguen consumiendo la mayor cantidad del tiempo, limitando aspiraciones y definiendo destinos.

A 37 años de aquel congreso, en México la tasa de participación económica de las mujeres es de aproximadamente el 45%, mientras que en los hombres es del 77%1, esto es una considerable brecha de 32 puntos porcentuales atribuible en gran medida a que las tareas domésticas y de cuidados siguen siendo responsabilidad de las mujeres y niñas.

La maternidad y el cuidado de menores, adultos mayores, personas enfermas o con alguna discapacidad, parecen ser sinónimos de desempleo, pues las posibilidades de poder ingresar al mercado laboral con una jornada de 8 horas y 6 días de vacaciones no permite cumplir con las 492 horas semanales que las mujeres dedican al cuidado de menores, ni sugiere la posibilidad de conciliar la vida laboral con la familiar.

Las políticas laborales en el empleo formal no están concebidas para priorizar el tiempo necesario para el cuidado de hijos e hijas, ni de ningún otro. No hay horarios flexibles, la licencia de maternidad es una de las más bajas en América Latina y 5 días de licencia de paternidad no sirven de mucho para cerrar las brechas de corresponsabilidad en el cuidado. Tampoco existen licencias para el cuidado de adultos mayores, o personas enfermas.

Los cuidados son también un indicador de desigualdad. Si hacemos la pregunta de ¿quién cuida y por qué? la respuesta estará en las diferencias de género, en las posibilidades, el ingreso, en las mujeres indígenas, migrantes, de la periferia que cargan a cuestas las desigualdades históricas. Ellas son quienes cuidan más horas y por lo general en condiciones de precariedad, viven una situación distinta de quienes cuentan con empleo formal, salarios dignos, propiedades y privilegios que otorgan los tonos de piel más claros3 .

Nueva normalidad, cuidados y mujeres

En este escenario estamos enfrentando una de las mayores crisis en la humanidad por la pandemia de COVID-19 y son las mujeres quienes están dando respuesta en primera línea. Para ellas, los cuidados han aumentado significativamente al interior de los hogares con el cierre de escuelas y estancias infantiles. Las condiciones de precariedad y vulnerabilidad de cuidadoras y trabajadoras del hogar se acrecentaron ante los despidos injustificados, los recortes salariales o la necesidad de seguir trabajando en condiciones de mayor riesgo de contagio.

Sin embargo, la pandemia también nos reitera que la contribución de las mujeres y los cuidados que proveen son esenciales para la mitigación del virus y para la sostenibilidad de la vida, ya sea como profesionales de la salud, enfermeras, cuidadoras, personal de limpieza, trabajadoras del hogar, cajeras de supermercados y amas de casa.

La crisis por COVID-19 debería permitirnos espacios de reflexión para la creación de nuevos pactos políticos y sociales. Un cambio de paradigma que parta de la noción de cuidado como derecho universal. Lo que implica la construcción de políticas públicas corresponsables que favorezcan a quienes proveen cuidados y quienes lo requieren; además de garantizar sistemas de salud y seguridad social universales no supeditados al escaso trabajo formal. Pero sobretodo, un nuevo paradigma que nos permita decidir si queremos reconstruir un sistema económico que prioriza el consumo, el valor a partir de la expresión monetaria y la acumulación de riqueza o bien, si retomamos las voces que desde el movimiento feminista han pugnado por dar espacio a la economía del cuidado4, que propone construir sociedades más justas que cuidan la salud, la vida y la preservación de los bienes comunes naturales.

* Indra Rubio (@Indrarub) es Coordinadora del programa Género y Derechos Económico Sociales Culturales y Ambientales, del @ISBeauvoir.

 

 

1 Resultados de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), cifras durante el cuarto trimestre de 2019 (en línea), p. 3

2 INEGI. ENADIS 2017. Tabulados básicos (en línea).

3 De acuerdo con el estudio de Oxfam México, Por mi raza hablará la desigualdad, “las personas que se autoclasifican como mestizas o blancas alcanzan posiciones ocupacionales de mayor jerarquía, en comparación con las personas indígenas, negras o mulatas (…) 25.7% de las personas mestizas y blancas alcanzaron ocupaciones como empleadoras o en la clase de servicios, frente a: 10.4% de las personas indígenas y 13.4% de las personas negras y mulatas”.

4 Disponible aquí.

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