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Dilemas democráticos
Por José Pablo Abreu y Juan Jesús Garza Onofre coordinadores
Estamos frente al proceso electoral más grande en la historia contemporánea de México y, más ... Estamos frente al proceso electoral más grande en la historia contemporánea de México y, más allá del reto administrativo que representa su organización y las preferencias ideológicas que existen, consideramos relevante hacer un análisis del estado de la democracia mexicana, inmersa en un complejo contexto social, económico y político, que se ve influida por una dinámica global no más sencilla. En pocas palabras, intentaremos problematizar y analizar nuestros dilemas democráticos más allá de la coyuntura. Coordinan el blog José Pablo Abreu Sacramento y Juan Jesús Garza Onofre. (Leer más)
Dilemas democráticos: más allá de la coyuntura. A manera de cierre
Cualquier reforma electoral por venir deberá transitar por un amplio y reflexivo consenso en el que, de una vez por todas, los partidos políticos entiendan que mientras ellos mismos no se incluyan en las reformas que ellos mismos exigen, difícilmente podrá existir un beneficio sustantivo para nuestra democracia.
Por José Pablo Abreu Sacramento y Juan Jesús Garza Onofre
16 de octubre, 2021
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A manera de broma se suele decir que la economía es la disciplina que predice el pasado. Y es que ante las impredecibles crisis que emergen de vez en vez en los mercados, tal parece que en cuestiones financieras lo más sencillo es hablar del futuro en tiempo pretérito. Parafraseando lo recién citado y trayéndolo a nuestro campo, no cabe duda de que también es posible afirmar que teorizar sobre las elecciones en cualquier democracia es algo relativamente fácil…, siempre y cuando éstas ya hayan pasado.

En ese sentido, partimos de la premisa de que el pasado proceso electoral del mes de junio en México fue un proceso que acabó de buena manera, un proceso que —aunque no exento de violencias, de populismos renovados, de una cada vez mayor mediatización de la vida pública y de una recrudecida polarización política—, al final del día, se puede decir que sorteó en gran medida los inexorables dilemas que se presentan a lo largo del mismo. Pero esto no sucedió por una mera inercia, nada más errado. Si podemos decir que las elecciones pasadas fueron un éxito, en definitiva, fue gracias a una histórica participación de la ciudadanía y la manera en cómo las instituciones correspondientes resistieron los fuertes embates externos, así como otros no menores que surgieron desde su interior.

Estas elecciones fortalecieron la paridad, a pesar de las intenciones partidistas de no extenderla a las gubernaturas; ampliaron la representación indígena y de otros grupos vulnerables, aún y cuando hubo intentos de limitar la diversidad en la representación política. Durante el proceso, se constató la relevancia de la fiscalización de las campañas y lo complejo que es materializarla.

Ahora bien, queda claro que no se pueden echar las campanas al vuelo y replicar lo sucedido cada elección. Ello sería ingenuo e irresponsable. Hay demasiadas cuestiones que corregir dentro del sistema político y el derecho electoral mexicano. Sin embargo, y sin intentar desplegar una apología de la imperfección que implica el natural accionar de cualquier fenómeno social, es importante recordar y siempre tener presente que las democracias son imperfectas e inacabadas y, como tales, no se culminan en un sexenio, tampoco a través de otra magnánima y grandilocuente reforma constitucional, ni mucho menos se renueva tras la ocurrencia de quien sea el líder carismático del momento.

De ahí que, por más que se intente destacar las virtudes de un sistema que, en mayor o menor medida, funciona para elegir a nuestros gobernantes y permitir la alternancia entre las diferentes opciones políticas, lo paradójico en estos momentos es que quienes ostentan el poder se encuentran exigiendo y buscando a toda costa una nueva reforma electoral de implicaciones profundas, sin la participación activa de otras fuerzas políticas y más bien ideada bajo una sola visión de cómo debe funcionar nuestra democracia y la lógica del borrón y cuenta nueva.

Y si bien coincidimos en que es deseable reducir el elevado precio de nuestra democracia, esto no puede ser a costa de la propia democracia.

Si es verdadera la hipótesis de la desconfianza como la principal razón de lo robusto, complejo y oneroso de nuestro sistema electoral, tal vez debiéramos invertir más en quienes interactúan con recelo, en quienes no participan por hastío y en quienes, reforma tras reforma buscan cómo darles la vuelta a las nuevas leyes. Fortalecer la cultura cívica para reencauzar la animadversión política, encontrar nuevos espacios para dialogar e incluir a colectivos históricamente ignorados y ampliar así la participación de todas y todos.

Como obviando el rol de la ciudadanía ante un contexto cada vez más polarizado, así como el papel que jugaron miles de funcionarios cuyo trabajo no responde a una ideología en específico, tal parece que para quienes impulsan nuevos cambios electorales, el futuro de nuestra siempre endeble democracia no se encuentra en seguir robusteciendo una cultura cívica que pueda llegar a todos los rincones del país, motivando mayores compromisos respecto al Estado de Derecho, pero, sobre todo, que pueda facilitar esquemas de colaboración dentro de un marco normativo que ordene de manera coherente las funciones y competencias de todos los actores políticos involucrados en este juego.

De ahí que, como lo han escrito distintas autoras y autores en este espacio, cualquier reforma electoral por venir deberá transitar por un amplio y reflexivo consenso en el que, de una vez por todas, los partidos políticos entiendan que mientras ellos mismos no se incluyan en las reformas que ellos mismos exigen, difícilmente podrá existir un beneficio sustantivo para nuestra democracia.

Muchas veces hemos escuchado en el discurso político que la democracia necesita de demócratas. Tristemente, contamos con los dedos a las y los demócratas que se encuentran al interior de los partidos políticos. Dicen estar dispuestos a romper pactos, pero no quieren tocarlos.

Este espacio reunió diversos temas que consideramos debían ser analizado de manera paralela a lo que ocurría semana tras semana en el proceso electoral 2020-2021, pues si bien los detalles del momento eran importantes, requerimos de una mirada más amplia que nos permita entender de mejor manera los procesos políticos, sus virtudes y carencias, para que esa participación ciudadana no sólo sea histórica en los números, sino en la calidad de la deliberación.

Más allá de la coyuntura que planteó las elecciones pasadas, sus efectos y derivaciones ponen en evidencia que el cortoplacismo prima sobre cualquier diagnóstico y que las posibilidades para incidir desde otras trincheras difícilmente prosperan ante la cerrazón de los partidos políticos.

Tal vez por eso hay que recordar que la democracia es demasiado importante para dejársela solo a los políticos. Por ello, la invitación sigue abierta para generar espacios de reflexión y canales de comunicación, que nos permitan socializar mejor los procesos que se vienen en los próximos años y su relevancia directa en la calidad de vida de todas y todos.

Agradecemos al equipo de Animal Político por recibirnos en este espacio, a quienes con entusiasmo participaron en cada columna quincenal, así como a quienes nos leyeron, comentaron y compartieron las ideas aquí planteadas.

Ojalá podamos seguir pensando sobre la democracia en nuestro presente, ojalá que nos alcance el tiempo para entenderlo.

* José Pablo Abreu Sacramento (@jpeabreu) y Juan Jesús Garza Onofre (@garza_onofre) son, respectivamente, Director Regional del Departamento de Derecho del Tecnológico de Monterrey, en la Ciudad de México, e investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.

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