El potencial antidemocrático del populismo - Animal Político
close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
Dilemas democráticos
Por José Pablo Abreu y Juan Jesús Garza Onofre coordinadores
Estamos frente al proceso electoral más grande en la historia contemporánea de México y, más ... Estamos frente al proceso electoral más grande en la historia contemporánea de México y, más allá del reto administrativo que representa su organización y las preferencias ideológicas que existen, consideramos relevante hacer un análisis del estado de la democracia mexicana, inmersa en un complejo contexto social, económico y político, que se ve influida por una dinámica global no más sencilla. En pocas palabras, intentaremos problematizar y analizar nuestros dilemas democráticos más allá de la coyuntura. Coordinan el blog José Pablo Abreu Sacramento y Juan Jesús Garza Onofre. (Leer más)
El potencial antidemocrático del populismo
Contrariamente a lo que podría pensarse, el carácter democrático de una sociedad no se mide en función del grado de consenso popular con que cuente el gobierno, sino en la mayor a menor cantidad de espacio que éste último reserve o garantice a la pluralidad y el disenso.
Por Guadalupe Salmorán Villar
20 de marzo, 2021
Comparte

Durante las últimas décadas, el creciente desencanto con la democracia, la incompetencia de las clases políticas y el declive de los partidos políticos tradicionales han sido la atmósfera ideal para el ascenso y consolidación de movimientos y líderes populistas que, haciéndose paladines de la voluntad popular, un exacerbado maniqueísmo político y un franco desprecio por los partidos, han puesto en jaque los regímenes democráticos en diversas partes del mundo. Da igual si se trata de democracias recientes o de vieja data, tanto en América como en el continente europeo.

Nuestro país no es la excepción de esa tendencia global. Si bien en la historia mexicana habíamos presenciado ya algunos episodios de populismo —el cardenismo es el caso más estudiado en la literatura— es la primera vez que tiene tal predominancia en la vida política cotidiana. El constante apelo a la voluntad popular para justificar el propio punto de vista, las denuncias de complot contra los partidos opositores, las arrebatadas descalificaciones hacia todo aquel que lo critique a él o a su partido y las promesas mesiánicas de rescate a la democracia mediante la “cuarta transformación”, lo hacen un claro exponente de este fenómeno.

Al igual que en otros rincones del planeta, en México el populismo será una alternativa política atractiva mientras siga extendiéndose entre la gente la impresión de que el juego democrático no es más que una simulación que permite a un grupo reducido de élites —una casta autorreferencial, ciega e insensible a las demandas de la sociedad— usar las instituciones del Estado para asegurarse privilegios y procurarse beneficios personales.

Sin embargo, la narrativa populista ofrece una interpretación simplista (que niega la complejidad del mundo) y, por lo mismo, deformante de la realidad política que, al radicalizarse, termina por contradecir la lógica y principios sobre los que descansa la propia democracia. Llamo la atención en este espacio sobre este punto.

No hay movimiento, partido y líder populista que no apele a la voluntad “auténtica” del pueblo. De la democracia, el populismo adopta el léxico, las consignas y los mitos. Uno y otro tienen en común la centralidad reclamada al pueblo en la escena política. No obstante, la reivindicación del pueblo hecha por los populistas resbala rápidamente en una imagen monolítica de dicho colectivo, según la cual “el pueblo” es un sujeto político unitario y moralmente unificado, dotado de aspiraciones e intereses propios que pueden ser “encarnados” por la voz del líder. Sin embargo, se trata de una representación falaz e inadecuada para reflejar la complejidad de las sociedades contemporáneas. No se pierda de vista que, hablar del pueblo como un ente dotado de una voluntad propia y unívoca es una metáfora o, bien, una ficción que inventa subrepticiamente el consenso unánime entre quienes se identifican en las reivindicaciones de aquellos que se arrogan el derecho de hablar en su nombre.

El problema de una retórica del consenso unánime es que las voces disidentes tienden a no tener lugar o simplemente a ser anuladas. Contrariamente a lo que podría pensarse, el carácter democrático de una sociedad no se mide en función del grado de consenso popular con que cuente el gobierno, sino en la mayor a menor cantidad de espacio que éste último reserve o garantice a la pluralidad y el disenso. La democracia descansa necesariamente en la coexistencia de múltiples grupos de opinión e intereses, muchas de las veces contradictorios y en competencia entre ellos, que algunas ocasiones convergen y otras simplemente se ignoran entre así. Las reglas del juego democrático están diseñadas precisamente para que aquellos puedan superar el conflicto, el contraste, o la mera diversidad de voluntades, y llegar a acuerdos sobre las decisiones que interesan a toda la colectividad. La “voluntad popular” no es algo preconstituido o identificable como tal, antes, o con independencia, de la activación del proceso decisional democrático.

Otro de los sellos distintivos de la narrativa populista es la esquematización de la política como una lucha entre el “pueblo” (bueno y honesto) y los “enemigos del pueblo” (corruptos y deshonestos) a los que viene imputada la responsabilidad de haber atentado contra la soberanía, bienestar e, inclusive, identidad colectiva del primero.

Los populismos se llevan bien con las teorías conspirativas que explican las causas del malestar popular mediante la identificación o, mejor dicho, fabricación de culpables —verdaderos “chivos expiatorios”— protagonizados comúnmente por las castas políticas, las élites financieras o “las mafias del poder” como prefiere decir el presidente, e incluso grupos poblacionales enteros como los “inmigrantes ilegales”. Cualquier diferencia política, económica, cultural (o étnica) es buen pretexto para imaginar o, peor aún, improvisar enemigos. Pensemos en el nacionalismo patriotero avivado contra los inmigrantes por Trump en los Estados Unidos y tan usual en el viejo continente, en las acusaciones incendiarias contra las potencias extranjeras típicas de los populismos latinoamericanos o en los señalamientos contra los “fifís”, como les dice el mandatario mexicano a las clases acomodadas. Todos ellos útiles para descargar la responsabilidad del Estado frente a los problemas que aquejan a nuestro tiempo: desigualdad, pobreza, corrupción, violencia…

El maniqueísmo político explotado por los populistas entre el pueblo y sus enemigos, de clara inspiración schmittiana, reduce la esfera pública en un esquema binario y moralista, de buenos contra malos, que hace coincidir la voluntad del líder con el mandato directo e incontestable del pueblo y que convierte a los adversarios, o a cualquier voz disidente, en rivales irreconciliables a los que se les desconoce toda legitimidad política.

Si bien el populismo no genera en sí la polarización que caracteriza a las sociedades de hoy en día, se alimenta de ella, es su nutriente diario. La exaltación de la naturaleza conflictual de la política desconoce el potencial colaborativo del quehacer político en democracia que se basa, por el contrario, en el reconocimiento y respeto de las diferencias. En un contexto democrático, ningún adversario puede ser declarado ni tratado como enemigo. Uno de los fundamentos de la democracia, en contraposición a la autocracia, consiste en hacer posible la resolución pacífica de los conflictos entre actores que poseen posturas y orientaciones políticas divergentes, precisamente porque parte de un compromiso inicial sobre las mismas reglas de juego que permiten a los jugadores desafiar a los adversarios y, en su caso, recuperar la victoria sin pretender suprimirlos.

Por último, la aspiración típicamente populista de “restaurar” la democracia en nombre del principio de soberanía popular se traduce, muchas veces, en una radicalización del principio de mayoría que, elevado a una categoría superlativa, es empleado para reclamar la subordinación de cualquier posición disidente u opositora, pero también para resistirse a toda forma de intermediación y control políticos cuando ejercen el poder. El ideal democrático desfigurado en el poder omnipotente de la mayoría —que, conviene decirlo, no es exclusivo del populismo— es un expediente retórico atractivo para revivir aquellas derivas autoritarias que creíamos haber dejado atrás.

Las tensiones del populismo con los fundamentos y principios que inspiran a la democracia no es una cuestión meramente discursiva. Un vistazo a los liderazgos populistas del pasado reciente en América Latina sugiere que no es difícil cruzar la línea que separa las palabras de la acción.

Hoy más que nunca es indispensable reflexionar colectivamente sobre las causas de la insatisfacción ciudadana hacia la democracia, las debilidades y límites de esta forma de organización política y, por supuesto, hacerles frente. Sin embargo, es oportuno que un ejercicio como ése pase por (re)pensar el sentido o las razones de ser del juego democrático, cuya arquitectura institucional no cayó “desde lo alto”, antes bien es el resultado de luchas y conquistas históricas contra el autoritarismo y los abusos del poder en nombre del pueblo. No lo olvidemos.

* Guadalupe Salmorán Villar (@GpeSalmoran) es investigadora del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
close
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.