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Dilemas democráticos
Por José Pablo Abreu y Juan Jesús Garza Onofre coordinadores
Estamos frente al proceso electoral más grande en la historia contemporánea de México y, más ... Estamos frente al proceso electoral más grande en la historia contemporánea de México y, más allá del reto administrativo que representa su organización y las preferencias ideológicas que existen, consideramos relevante hacer un análisis del estado de la democracia mexicana, inmersa en un complejo contexto social, económico y político, que se ve influida por una dinámica global no más sencilla. En pocas palabras, intentaremos problematizar y analizar nuestros dilemas democráticos más allá de la coyuntura. Coordinan el blog José Pablo Abreu Sacramento y Juan Jesús Garza Onofre. (Leer más)
Ganar perdiendo. A propósito de los resultados electorales
Mientras se ha logrado asegurar que el INE cuente bien los votos y que las elecciones transcurran con tranquilidad en la mayor parte del territorio nacional, lo cierto es que los partidos políticos y sus candidatos abusan de cualquier grieta y contradicción que entrevea la ley para aprovecharse de la misma.
Por Juan Jesús Garza Onofre
12 de junio, 2021
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Como si se hiciera una disparatada reinterpretación de la popular canción mexicana que afirma que “no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar”, tal parece que ya es toda una (mala) costumbre durante el cierre de la jornada electoral que, independientemente de las reglas vigentes y las cifras que emitan las autoridades, múltiples candidatos que compiten por algún puesto de elección popular deciden declararse ganadores justo después del cierre de casillas, cuando todavía hay centros de votación abiertos e incluso gente formada para emitir su sufragio.

Al aspirar a generar un ambiente victorioso sin todavía tener la certeza de haber ganado, la premura por emitir un célebre mensaje optimista contrasta con la cordura y la razonabilidad que conlleva conocer los conteos oficiales. Como si las propias encuestas de salida contratadas por los mismos partidos políticos se encontraran por encima de los resultados oficiales, esta tendencia tan tramposa como imprudente devela no solo una irresponsable actitud ante la ciudadanía que se organiza para permitir que se garantice el derecho al voto, sino también frente a todo el sistema político-electoral.

Y es que al momento en que las mismas reglas electorales permiten un margen considerable para presentar impugnaciones y cuando tradicionalmente el fantasma del fraude resurge cada tres años en contiendas cuyos márgenes son cerrados, no cabe la menor duda de que quienes contienden aprovecharán todas y cada una de las herramientas que les brinda el sistema para obtener los resultados que les convengan.

De esa manera, aceptar una derrota el día de la elección no es una opción viable. El agotamiento de las instancias procesales en sede administrativa y judicial, en muchos casos, se ha venido entendiendo como algo más importante que la misma elección. Ahora sí que el dicho que afirma que “esto no se acaba hasta que se acaba” deja claro que el momento final de las elecciones es hasta que ocurra su calificación, antes de eso, de manera lamentable, nadie puede tener la absoluta seguridad de su triunfo.

Impugnar y rechazar resultados electorales debe ser contemplado como la última alternativa, como una vía extraordinaria para remediar una grave situación anómala durante el proceso. De ahí que, quizá, antes de accionar la maquinaria jurisdiccional por mera inercia, o por simplemente negarse a asumir la derrota, bien harían los partidos políticos en preguntarse: ¿si vale la pena gastar financiamiento público en eso?, ¿si la ciudadanía merece que se extienda la incertidumbre respecto a quien ocupará el cargo público?, ¿si es realmente pertinente distraer la actuación de las instituciones públicas que deben resolver otras decenas de asuntos (tal vez de mayor relevancia)?

Queda claro que la aplicación y el control de las leyes electorales cumple una función legitimadora de las reglas del juego, su respeto y acatamiento por parte de los principales involucrados resulta fundamental para generar certeza en sociedad. Sin embargo, mucho se ha comentado sobre lo redituable que resulta difundir una narrativa que abone a la desconfianza institucional.

La cultura del mal perdedor no es más que un síntoma más de nuestra relativamente joven democracia, de sus dilemas y coyunturas que se presenta con el transcurso del tiempo, pues, mientras se ha logrado asegurar que el INE cuente bien los votos y que, en términos generales, las elecciones transcurran con tranquilidad en la mayor parte del territorio nacional, lo cierto es que los partidos políticos y sus candidatos abusan de cualquier grieta y contradicción que entrevea la ley para aprovecharse de la misma.

Esta posibilidad encierra una visión formalista en la comprensión particular del derecho electoral y, en general, del Derecho, entendiendo que limitarse a no violar ninguna disposición es condición suficiente para afirmar que se cumple con la legalidad. Que la ley, por el solo hecho de estar vigente, ya resulta justa, y que por ende cualesquier actuación que no se encuentre regulada viabiliza desplegarla sin algún tipo de límite.

Y aunque, si bien, no existe ninguna regla expresa que prohíba a los candidatos declararse ganadores de la elección después de las 6pm del día de la contienda, también lo es que distintas virtudes morales, como la prudencia o la templanza, pueden servir como guías éticas de conducta que sirvan para evitar la incertidumbre colectiva y así no se menosprecie el trabajo de miles de personas que se han conducido no solo conforme a derecho sino en apego a los más altos estándares cívicos, sin ninguna otra motivación, más que el ser parte de una misma comunidad.

Esta lógica de auto declararse ganadores también es posible encontrarla en los debates, donde lo asombroso era encontrar a candidatos que asumieran con toda humildad que tuvieron un mal día o que, simple y sencillamente, sus contendientes fueron mejor que ellos. En un contexto en el que parecería que perder no es una opción, uno de los mayores retos que enfrenta nuestra democracia se encuentra en entender cómo es posible que los candidatos sepan perder sin que todavía hayan ganado nada, en ir compartiendo una visión mucho más integral de lo que implica ser parte de una contienda y asumir, de una vez por todas, que habrá vencidos y vencedores.

Dudo que la respuesta y la solución a estas apresuradas actitudes por enarbolar una narrativa exitosa que vaya minando sutilmente a la noción de veracidad se encuentre en seguir regulando conductas a través del derecho electoral, como si de manera indispensable se tuvieran que reglar todas y cada una de las acciones que ocurren dentro de la contienda…, lo cierto es que, en este caso particular, la invitación es a la prudencia y la razonabilidad, a que los partidos postulen no solo personas que puedan solventar los requisitos que establece la ley, sino que también sepan comportarse éticamente ante los dilemas políticos que se les presenten.

No todo vale con tal de ganar. Ya no se trata de llegar primero, ni tampoco de saber llegar, a veces, lo más conveniente y acertado es admitir que no es posible finalizar un proceso electoral, que la derrota sí es una alternativa.

En absoluto se trata de hacer una apología de la derrota, o acaso tirar la toalla antes de tiempo, simplemente, a lo que aspiran estas ideas es a reflexionar sobre los errores cometidos en los procesos electorales, a entender que el discurso  “irresponsable” de la victoria incita a la polarización, a descalificar al otro bando, a prolongar la reconciliación y, por tanto, a pensar en qué tan redituable resulta esa imperiosa necesidad por siempre emitir un mensaje positivo y propenso a la gloria. En momentos de todos contra todos, de polarización y necesidad de seguir manteniendo el control de la narrativa, nuestra democracia antes que héroes y villanos, o víctimas y victimarios, necesita, demócratas.

* Juan Jesús Garza Onofre (@garza_onofre) es Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.

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