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Dilemas democráticos
Por José Pablo Abreu y Juan Jesús Garza Onofre coordinadores
Estamos frente al proceso electoral más grande en la historia contemporánea de México y, más ... Estamos frente al proceso electoral más grande en la historia contemporánea de México y, más allá del reto administrativo que representa su organización y las preferencias ideológicas que existen, consideramos relevante hacer un análisis del estado de la democracia mexicana, inmersa en un complejo contexto social, económico y político, que se ve influida por una dinámica global no más sencilla. En pocas palabras, intentaremos problematizar y analizar nuestros dilemas democráticos más allá de la coyuntura. Coordinan el blog José Pablo Abreu Sacramento y Juan Jesús Garza Onofre. (Leer más)
¿Por qué los jueces electorales deben tener entre sus virtudes el valor? Un repaso filosófico
¿Cómo trabajar de manera imparcial, autónoma e independiente ante estos nuevos fenómenos que ponen en riesgo la estabilidad y existencia de un sistema electoral?
Por Felipe de la Mata Pizaña
2 de octubre, 2021
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Para ser valiente (…) no se requieren calificaciones excepcionales, ni magia, ni fórmula ninguna, tampoco combinación especial de tiempo, lugar y circunstancia. Es una oportunidad que tarde o temprano se nos presenta a todos”.

John F. Kennedy1

 

 

La pluralidad de la vida política mexicana se puede ver cada día en los diarios y en las legislaturas, en las declaraciones de nuestros gobernantes y de los líderes políticos de la oposición. Esta vida política a veces se ve limitada por la violencia verbal, escrita, visual o simbólica de algunas personas que participan en ella; sin embargo, esto lamentablemente forma parte del proceso democrático del país.

De alguna manera, parte de la nueva cultura jurídica electoral es que las partes justiciables insulten, presionen y hostiguen públicamente a los jueces electorales que resuelven sus casos, tanto en medios de comunicación como en redes sociales, para intentar obtener un resultado favorable a sus pretensiones o como una forma de buscar revancha.

Sin embargo, como nos enseñó Don Leonel Castillo hace más de veinte años: “No hay presiones sino presionados”. La libertad de espíritu y la toma de la decisión no pueden estar influidas por indecisión, miedo, nerviosismo o ánimo de caer bien y ser popular para las partes justiciables que amenazan y acosan públicamente a los jueces electorales.

He estado meditando teóricamente la pregunta que a lo largo de estos años me ha dado vueltas: ¿cómo trabajar de manera imparcial, autónoma e independiente ante estos nuevos fenómenos que ponen en riesgo la estabilidad y existencia de un sistema electoral?

Existe un equilibrio de fuerzas entre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Esto evita que exista un Estado totalitario o, bien, un gobierno autoritario. La fuerza de los políticos hace contrapeso a la ley y a sus jueces. Como la dialéctica descrita por Hegel y Kierkegaard entre inteligencia y voluntad, dos facultades propias de la naturaleza humana. Al ver cómo Napoleón Bonaparte entraba triunfal en territorio alemán, Hegel y Beethoven lo describieron como la voluntad del espíritu absoluto, mientras que ellos representaban la inteligencia.

La confianza y la responsabilidad que cualquier estado moderno y democrático ha delegado en su judicatura no debe ser traicionada en ninguna circunstancia. Los jueces electorales deben de actuar conforme a sus propios criterios e íntima convicción y resolver conforme a la sana crítica y las máximas de la experiencia, justificando mediante argumentos racionales su toma de decisión. Deben actuar subjetivamente sin interferencias y presiones de los juicios políticos o mediáticos.

Un juez electoral no es un político ni debe buscar la popularidad. Por definición, su labor es contra mayoría.

Ante este escenario, es importante rescatar nuestra actuación ética y las virtudes que se proyectan en las funciones de impartición de justicia. La misma ley general del Sistema Nacional Anticorrupción establece que las funcionarias y los funcionarios del Tribunal Electoral -en su carácter de servidores públicos-, bajo su propia responsabilidad, deben operar en el espacio ético las responsabilidades públicas que nos confiere la ley.

Entre las principales virtudes jurisdiccionales destaca la valentía judicial pues, mediante su ejercicio, todas las personas que impartimos justicia encontramos la fuerza interior que nos permite enfrentar y superar amenazas, miedos y presiones para seguir cumpliendo con nuestro deber, a pesar de las repercusiones y críticas. Ser valiente significa cumplir con los compromisos y deberes propios del cargo. El juez electoral debe ser moderado y respetuoso de su investidura. Un juez, al igual que los toreros, no sólo ha de serlo sino también parecerlo.

La personalidad y las virtudes judiciales de las mujeres y hombres que integramos el sistema electoral son clave esencial de una adecuada impartición de justicia. El jurista alemán Eugene Ehrlich afirmó que no existe otra forma de garantizar la justicia salvo lo que hace la personalidad del juzgador.

Por su parte, el juez Louis Bandeis dijo: “(Aquellos que ganaron nuestra independencia) creían que la libertad era el secreto de la felicidad y la valentía, a su vez era el secreto de la libertad”.

La legítima toma de decisión judicial electoral jamás debe ser orientada por intereses ideológicos, políticos o dogmáticos, ni por grupos de interés o gobernantes. El auténtico actuar de la judicatura es impartir justicia como un producto social comprensible por la razón y los criterios jurisdiccionales, de tal modo que, por encima de lo meramente legal o lo señalado por los gobernantes, se busca alcanzar lo justo.

Por esta razón, tal y como lo señaló Platón en la Apología de Sócrates: “A los jueces hay que informarlos y persuadirlos de lo justo, porque su deber es juzgar, no el de conceder favores a nadie.” La virtud de la valentía judicial es un contrafuerte que sirve para sostener otras virtudes judiciales como la independencia, la imparcialidad y la templanza judicial.

Efectivamente, la independencia está estrechamente relacionada con la valentía judicial e implica que un juez no debe ser influenciado por factores externos, acoso público o presiones. Esta virtud es particularmente necesaria en los casos en los que la opinión pública es fuerte o se involucran gobernantes, empresarios, partidos y coaliciones poderosas.

Por otra parte, la templanza judicial es una capacidad de autocontrol y autoabstención para no dejarse influir por impulsos personales, miedos, dudas, necesidades, deseos y sentimientos. Las partes justiciables pueden (y lo harán) insultar, acosar o presionar públicamente, pero el juez debe tener la templanza necesaria para no reaccionar en modo alguno.

La virtud de la prudencia electoral indica que un juez está dispuesto a asegurar los valores de la moralidad constitucional tal como se instauran en la ley establecida y los valores de trasfondo.

A su vez, la imparcialidad significa distanciarse de sus apegos en la vida diaria al abordar un caso. Un juez imparcial está dispuesto a reconocer e ignorar las consideraciones derivadas de posibles intereses, prejuicios, pasiones y compromisos subjetivos. Esto, por supuesto, no es equivalente a renunciar a experiencias personales, compromisos e inquietudes, o renunciar a su personalidad; pero al resolver debe apartarse de ellos.

Los estándares internacionales de la práctica jurisdiccional establecen que los jueces que cumplen su labor de manera correcta y pertinente deben encontrar argumentos legales para la decisión correcta, y las normas legales se interpretarán de acuerdo con las expectativas morales de la sociedad.

Los principios básicos de las Naciones Unidas, al igual que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos y la Corte Interamericana de Derechos Humanos consideran necesario en los Estados democráticos garantizar la independencia judicial para hacer frente a toda clase de presiones externas. Además, deberán resolver los asuntos que conozcan basándose en los hechos, y tomar decisiones con base el derecho sin someterse a influencias, alicientes, presiones, amenazas o intromisiones.

Algunos teóricos de la ética judicial consideran que en realidad no hay jueces valientes, sino jueces que cumplen con su deber. Y es que la fortaleza y la valentía judicial son factores clave en el desempeño del auténtico ejercicio de la labor jurisdiccional.

Es necesario que las juezas y los jueces mantengan una posición apartidista y apolítica en su actividad profesional. Su único faro de orientación racional deben ser las reglas, las normas y los principios jurídicos vinculados a un sano pensamiento crítico, y su experiencia acumulada bajo las pautas de las máximas de la experiencia jurisdiccional.

El pensamiento político y la razón que lo fundamenta nunca ha sido suficiente ratio iuris. Es la verdadera prudencia jurisdiccional la que descubre en lo correcto aquello que es pertinente, prudente y adecuado para la impartición de justicia. Y, sin duda, es en la personalidad valerosa de los jueces electorales que se encuentra el fundamento de la libertad en el Estado democrático de derecho.

Es así como la judicatura electoral debe ser valiente para asegurar el equilibrio de poderes en el Estado democrático y no temer a nada. La razón orientada por una recta voluntad nos hará comprender que toda declaración política, en el fondo, forma parte del desarrollo democrático de México, y que el papel de la judicatura, en gran medida, impone racionalidad en el campo de la política mediante el transparente desarrollo de la impartición de justicia.

En mis cursos de Teoría de la Constitución, les digo a mis alumnas y alumnos que tradicionalmente se ha dicho que las virtudes más importantes de un juez son la prudencia y la sabiduría, pero, para mí, además, es la valentía, porque de nada sirven los conocimientos ni distinguir lo correcto de lo que no lo es, si no se tiene la fuerza para pensar, resolver y actuar de manera congruente desde la conciencia. Ser juez electoral es una investidura que nos responsabiliza de estar valientemente a la altura del encargo. México nos lo demanda.

* Felipe de la Mata Pizaña es magistrado de la Sala Superior del Tribunal Electoral.

 

 

1 John F Kennedy, Profiles in Courage, 50th Anniversary ed (New York: Harper Perennial Modern Classics, 2006) p. 225.

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